Llega la Navidad y con ella, una vez más, el momento de hacer balance del año que ahora termina y de pensar en buenos propósitos para el que está a punto de iniciarse.
Para los padres llegan días de vacaciones escolares, de mucha actividad familiar, de interminables tardes de televisión con las películas de siempre, de sueños de lotería y de alguna que otra carrera en busca de ese juguete imposible de encontrar y que tanta ilusión le hace a nuestro hijo!!
La Navidad nos trae tiempos para recordar, para disfrutar y también para educar. Son días para:
- Pasar con nuestros hijos todo ese tiempo que tanto hemos añorado durante el resto del año: no tengo tiempo para nada!! y que en muchas ocasiones hemos dejado pasar, a nuestro lado, sin saber aprovecharlo. La Navidad nos tiene que traer días para compartir, “patear” juntos nuestra ciudad, pueblo… y sobre todo para hablar de las cosas importantes y de las no importantes, de esas cosas cotidianas que compartimos cada día y que van generando un deposito emocional al que podamos aferrarnos en los momentos más difíciles de la relación con nuestros hijos.
- Son días para que nuestros hijos tengan tiempo para estar consigo mismos. Para que aprendan el valor de la calma y la tranquilidad. En un mundo en continuo cambio que ha hecho suyo el discutible slogan educativo de ser más, tener más… para no quedarte atrás… muchos de nuestros hijos viven en una especie de permanente “gimkana” en la que “pierden” y quedan eliminados del juego si no consiguen superar todas las pruebas: idiomas, informática, deportes y hasta un poco de liderazgo y oratoria… El silencio, el poder conocerse mejor a sí mismos, también educa (aunque sea desde el “aburrimiento”).
- Para ayudarles a entender que la búsqueda de la felicidad en el tener tiene un recorrido muy corto y que solamente en el ser encontrarán un modo de vivir auténtico conforme a sus propios principios y valores, en el que sean ellos y no otros, los verdaderos protagonistas de su vida. Un modo de ser y estar en el mundo que busca encontrar nuestra propia felicidad haciendo felices a los que nos rodean. La Navidad es un buen momento para enseñar a nuestros hijos (y también a nosotros mismos) a ser felices con las pequeñas cosas de la vida.
- Sin olvidarnos de aquellos menos afortunados con los que tenemos la responsabilidad de compartir no solamente nuestros buenos deseos, sino también esas necesidades materiales básicas de las que carecen. Sin dejar nunca de pensar en esos niños que no van a poder pedir ni ese juguete imposible de encontrar… ni ningún otro.. y que no están en “mundos lejanos” sino ahí al lado, a la vuelta de una esquina que podemos recorrer juntos para llevarles uno de los juguetes de su lista a los que nuestros hijos pueden renunciar. Uno de esos juguetes que probablemente, entre la “montaña” de regalos, nunca van a abrir y disfrutar. Porque de lo que si disfrutarán seguro, es de haber aprendido el valor de la solidaridad.
- Y si en algo no podemos dejar nunca de educar en Navidad es en el optimismo. Aprender a vivir sin dejarnos arrastrar por esa imagen pesimista que tanto vende y a la que parecen abonados muchos medios de comunicación. Vivir de un modo proactivo sintiéndose capaces de avanzar, de superar de un modo optimista las muchas dificultades a las que, sin ninguna duda, les enfrentará su vida. Vivir sin culpar siempre al “inevitable destino” aprendiendo a abrir las ventanas, cuando las puertas se cierran.
El mismo optimismo que necesitamos los padres desde la paciencia de saber que los resultados de muchas de las cosas que hacemos y les decimos a nuestros hijos no son visibles a corto plazo. Pero su momento llegará y por eso no podemos nunca renunciar, pese a las dificultades, a nuestra responsabilidad de educarles, también en Navidad.
Ojalá que este año, en estos días para educar, a nuestros buenos propósitos nos les ocurra como a los de dejar de fumar, hacer deporte… y se hagan realidad.