El error no siempre cuesta: a veces cuesta más evitarlo


Hay decisiones que no tomamos porque creemos estar evitando un error, cuando en realidad estamos eligiendo otro que todavía no podemos ver.

La pregunta “¿y qué pasa si me equivoco?” parece prudente. Incluso responsable. Nos la hacemos antes de aceptar un cargo, invertir dinero, cambiar una estrategia, terminar una relación profesional, contratar a alguien, emprender, introducir una nueva tecnología, delegar una responsabilidad o reconocer que una decisión anterior ya no tiene sentido.

El problema no está en formularla.

El problema aparece cuando esa pregunta deja de ayudarnos a pensar y empieza a impedirnos decidir.

Porque detrás del miedo a equivocarnos no siempre existe un análisis riguroso del riesgo. Muchas veces hay algo más humano: miedo a perder dinero, reputación, autoridad, reconocimiento, tranquilidad o la imagen que hemos construido de nosotros mismos.

Y entonces confundimos prudencia con inmovilidad.

Una persona puede pasar meses analizando una decisión y seguir llamando “responsabilidad” a lo que ya se convirtió en aplazamiento. Una empresa puede solicitar más informes, más reuniones, más presentaciones y más escenarios, no porque necesite realmente información adicional, sino porque nadie quiere asumir el costo político de decidir.

La incertidumbre no desaparece por acumular documentos.

En algunos casos, solamente se vuelve más sofisticada.

Hoy esta tensión es especialmente visible en las organizaciones. Los líderes disponen de cantidades enormes de información, herramientas analíticas y sistemas capaces de producir escenarios en minutos. Al mismo tiempo, deben decidir en contextos donde cambian la tecnología, los mercados, las regulaciones, las expectativas de los clientes y las condiciones competitivas.

Harvard Business Review advertía en 2025 precisamente sobre esta paradoja: los líderes cuentan con más información que nunca, pero enfrentan también una complejidad creciente; esperar hasta que desaparezca la incertidumbre puede significar entregar oportunidades mientras otros avanzan.

Por eso conviene cambiar la pregunta.

No solamente:

¿Qué pasa si me equivoco?

También:

¿Qué pasa si no decido?

Ahí comienza una conversación diferente.

Nos enseñaron a asociar equivocación con incapacidad

Desde muy temprano aprendemos que acertar tiene premio y equivocarse tiene consecuencias.

La respuesta correcta obtiene reconocimiento. La incorrecta se marca.

Esa lógica es útil para aprender ciertas cosas, pero trasladada sin reflexión a la vida adulta produce un problema: empezamos a creer que una persona competente es aquella que acierta siempre.

Y eso es imposible.

Un empresario que lleva décadas tomando decisiones sabe que muchas de las variables verdaderamente importantes solamente se revelan después de actuar. Podemos estudiar el mercado, analizar los números, escuchar expertos, conversar con personas de confianza y construir escenarios razonables.

Aun así, nunca tendremos toda la información.

La experiencia no elimina la incertidumbre.

Lo que debería hacer es enseñarnos a relacionarnos mejor con ella.

Hay una diferencia profunda entre tomar una decisión irresponsable y tomar una buena decisión que produce un resultado adverso.

Las confundimos constantemente.

Si evaluamos todas nuestras decisiones únicamente por el resultado posterior, terminaremos construyendo una visión muy pobre del criterio.

Imagine dos empresarios.

El primero analiza una oportunidad de inversión, estudia los riesgos, revisa su liquidez, consulta personas competentes, establece límites claros y decide invertir. Meses después aparece una circunstancia externa imprevisible y pierde parte del capital.

El segundo invierte impulsivamente, sin analizar nada, porque alguien le aseguró que el negocio era extraordinario. Por casualidad obtiene una ganancia importante.

¿Quién tomó la mejor decisión?

El resultado podría hacernos responder que el segundo.

El criterio debería decirnos otra cosa.

El éxito ocasional no convierte una mala forma de decidir en una buena práctica. Del mismo modo, un resultado negativo no demuestra automáticamente que el proceso utilizado haya sido incorrecto.

Esta distinción es fundamental para cualquier persona que tenga responsabilidades sobre dinero, equipos, empresas o familias.

Porque cuando no la hacemos, aprendemos las lecciones equivocadas.

El miedo no siempre nos hace más cuidadosos

Nos gusta pensar que ante el riesgo nos volvemos racionales.

No necesariamente.

Las investigaciones sobre comportamiento y toma de decisiones llevan décadas mostrando que nuestra interpretación de la realidad está influenciada por sesgos, emociones, experiencias previas y formas incompletas de procesar la información.

Un análisis publicado en 2026 sobre economía conductual aplicada a Colombia y América Latina recuerda, entre otros fenómenos, cómo la percepción del riesgo puede estar condicionada por heurísticos, anclajes y aversión a las pérdidas.

Esto tiene una implicación incómoda.

Cuando decimos:

“Prefiero no arriesgarme.”

Eso no significa necesariamente que hayamos escogido la alternativa menos riesgosa.

Significa que escogimos aquella cuyo riesgo podemos tolerar psicológicamente mejor.

Y son cosas diferentes.

Supongamos que una empresa conserva durante años un sistema tecnológico obsoleto.

Cambiarlo implica inversión, interrupciones, aprendizaje, resistencia interna y posibilidad de fallas.

Mantenerlo parece inicialmente más seguro.

No requiere una gran decisión. No produce tensión inmediata. Nadie tiene que explicar ante una junta por qué se gastará dinero en algo que aparentemente todavía funciona.

Pero cada año aparecen otros costos: mantenimiento, incompatibilidades, procesos manuales, dependencia de determinadas personas, dificultad para integrar nuevas soluciones, riesgos operacionales y menor capacidad de responder al mercado.

El riesgo de cambiar es visible.

El riesgo de no cambiar se acumula silenciosamente.

Por eso solemos subestimar este último.

No decidir también es decidir

Esta idea merece más atención de la que normalmente recibe.

Cuando postergamos una decisión, las condiciones continúan moviéndose.

El dinero sigue teniendo un costo.

Los colaboradores siguen interpretando nuestros silencios.

Los clientes continúan comparándonos.

La competencia continúa actuando.

Las relaciones siguen cambiando.

La tecnología continúa evolucionando.

El tiempo no se detiene mientras nosotros buscamos certeza.

Por eso la ausencia de decisión no conserva necesariamente el estado actual.

Muchas veces lo deteriora.

Piense en una conversación difícil dentro de una empresa.

Un líder sabe desde hace meses que existe un problema con una persona del equipo. No necesariamente por falta de talento, sino quizá por comportamiento, alineación, confianza o desempeño.

Decide esperar.

No quiere equivocarse.

Busca otra oportunidad.

Luego otra.

Mientras tanto, el resto del equipo observa.

Algunos compensan el trabajo que no se está haciendo. Otros concluyen que determinadas conductas no tienen consecuencias. Los mejores empiezan a preguntarse por qué se les exige más que a otros.

El líder cree que está aplazando una decisión sobre una persona.

En realidad está tomando decisiones todos los días sobre todas las demás.

Ese es uno de los costos ocultos de la indecisión: rara vez afecta únicamente aquello que creemos estar posponiendo.

También hay una dimensión del ego

Aceptar la posibilidad de equivocarnos exige algo más que capacidad analítica.

Exige identidad suficientemente sólida para soportar una revisión.

Hay personas que pueden modificar una decisión sin sentir que están perdiendo autoridad.

Otras necesitan defenderla incluso cuando la evidencia empieza a demostrar que ya no funciona.

Esta diferencia tiene enormes consecuencias.

Porque cuando una decisión se convierte en una extensión de nuestra identidad, dejamos de examinarla objetivamente.

Ya no estamos preguntando:

“¿Sigue siendo correcta esta estrategia?”

Estamos preguntando, aunque no lo reconozcamos:

“¿Qué dice de mí admitir que estaba equivocado?”

Entonces aparecen las justificaciones.

Invertimos más dinero porque ya invertimos demasiado.

Mantenemos una alianza porque fuimos nosotros quienes la propusimos.

Conservamos un producto porque defendimos públicamente su lanzamiento.

Sostenemos una estructura porque cambiarla implicaría reconocer que aquella reorganización que lideramos no produjo lo esperado.

Seguimos una dirección no porque sea la mejor, sino porque regresar nos parece humillante.

Y cada decisión adicional se convierte en una defensa de la anterior.

Allí el problema dejó de ser estratégico.

Se volvió psicológico.

Un buen líder no necesita ser infalible

Hay una idea de liderazgo que considero particularmente peligrosa: creer que quien dirige debe tener siempre la respuesta.

Ese modelo produce organizaciones silenciosas.

Si el jefe necesita demostrar que sabe, quienes lo rodean aprenderán rápidamente qué información conviene presentar y cuál es mejor guardar.

La calidad de una decisión colectiva depende también de la posibilidad real de disentir.

Una investigación de 2026 sobre errores en decisiones bajo incertidumbre señala que los sesgos individuales pueden combinarse con estructuras jerárquicas, dinámicas de grupo y presiones de conformidad hasta debilitar el juicio colectivo mucho antes de que una crisis haga visible el problema.

La consecuencia debería preocupar a cualquier empresario.

Podemos tener personas inteligentes alrededor de una mesa y aun así tomar decisiones mediocres.

No porque falte talento.

Porque falta permiso para contradecir.

La seguridad psicológica tampoco significa ausencia de exigencia. Significa que una persona puede señalar un problema, reconocer una equivocación, hacer una pregunta incómoda o cuestionar una hipótesis sin sentir que por hacerlo está poniendo en peligro su posición.

Harvard Business Review ha señalado recientemente que la ausencia de esa seguridad reduce la franqueza en equipos directivos y deteriora la calidad de las decisiones.

Aquí aparece una responsabilidad del líder que va mucho más allá de “aceptar errores”.

Debe crear condiciones para detectarlos temprano.

Porque un error que puede mencionarse cuando cuesta cien es muy distinto de un error que solamente puede mencionarse cuando cuesta cien mil.

Equivocarse no es el verdadero aprendizaje

Hay una frase que repetimos demasiado: “de los errores se aprende”.

No necesariamente.

De los errores también podemos salir resentidos, asustados, culpando a otros o repitiendo exactamente el mismo patrón.

El error por sí solo no enseña.

Lo que enseña es la capacidad de examinarlo.

¿Qué supuse?

¿Qué información tenía?

¿Qué ignoré?

¿Qué señales estaban presentes?

¿Qué confundí con evidencia?

¿Qué parte dependía de mí?

¿Qué apareció después y no podía razonablemente conocer?

¿Qué haría diferente si enfrentara nuevamente una situación similar?

Estas preguntas convierten una experiencia en criterio.

Sin ellas, solamente tenemos una anécdota.

Y hay personas con treinta años de experiencia que, en realidad, han repetido un año treinta veces.

La antigüedad no garantiza aprendizaje.

La reflexión sí puede producirlo.

La inteligencia artificial tampoco eliminará el riesgo de equivocarnos

Esta conversación adquiere otra dimensión con la expansión de la inteligencia artificial.

Hoy podemos pedirle a una herramienta que compare alternativas, encuentre contradicciones, analice documentos, simule escenarios, identifique patrones o nos ayude a formular preguntas que quizá no habíamos considerado.

Eso puede elevar significativamente la calidad del análisis.

Pero sería un error convertir esa capacidad en una nueva fantasía de certeza.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a pensar.

No puede asumir nuestra responsabilidad.

Puede producir una recomendación extremadamente convincente y aun así partir de información incompleta, supuestos incorrectos o criterios que no representan aquello que para nosotros realmente importa.

Además, una decisión humana contiene dimensiones que no siempre caben en una hoja de cálculo.

Confianza.

Historia.

Reputación.

Cultura.

Impacto sobre personas.

Momento.

Valores.

Consecuencias de segundo y tercer orden.

PwC señalaba en 2026, al analizar decisiones en juntas directivas, que incluso dentro de estructuras formales de gobierno las decisiones siguen siendo tomadas por personas influenciadas por emociones, sesgos y dinámicas sociales.

La tecnología puede ampliar nuestra inteligencia.

No reemplaza nuestro juicio.

Y utilizar inteligencia artificial para evitar la responsabilidad de decidir sería repetir con una herramienta nueva un comportamiento muy antiguo: buscar a quién atribuirle la decisión para no cargar con sus consecuencias.

Antes era el consultor.

Luego fue el comité.

Después la hoja de cálculo.

Ahora podría ser el algoritmo.

La herramienta cambia.

La evasión puede seguir siendo la misma.

Entonces, ¿cómo decidir cuando podemos equivocarnos?

No necesitamos eliminar el error.

Necesitamos mejorar nuestra relación con él.

Antes de una decisión importante, conviene separar tres cosas que solemos mezclar: lo que sabemos, lo que suponemos y lo que tememos.

Parece sencillo.

No lo es.

Podemos descubrir, por ejemplo, que aquello que presentamos como una certeza es apenas una interpretación.

O que un riesgo al que estamos asignando enorme importancia tiene poca probabilidad de ocurrir, mientras ignoramos otro porque emocionalmente nos resulta menos visible.

También conviene preguntarnos por la reversibilidad.

No todas las decisiones merecen el mismo proceso.

Hay decisiones que pueden corregirse rápidamente y con poco costo. Otras comprometen capital, reputación, personas o años de trabajo.

Tratar todas como irreversibles conduce a la parálisis.

Tratar todas como experimentos conduce a la irresponsabilidad.

El criterio está precisamente en distinguirlas.

También necesitamos establecer previamente qué evidencia nos haría cambiar de opinión.

Esta pregunta es poderosa porque evita que nuestra identidad secuestre posteriormente la decisión.

“Si ocurre A, B o C, revisaremos esta estrategia.”

Cuando esas condiciones se definen antes, cambiar de dirección deja de sentirse como una derrota personal.

Se convierte en parte del proceso.

PwC ha insistido en la importancia de procesos estructurados de decisión que incorporen criterios objetivos y evidencia, precisamente para reducir el exceso de confianza y la subjetividad que pueden aparecer incluso en líderes experimentados.

Eso no significa convertir cada decisión en una burocracia.

Significa que mientras mayor sea el impacto potencial, menos deberíamos depender solamente de una intuición no examinada.

Hay errores que debemos impedir y errores que debemos poder soportar

Una organización madura no puede aspirar a que nadie se equivoque.

Debe decidir dónde no puede permitirse determinados errores y dónde necesita permitir experimentación.

No es lo mismo equivocarse en el color de una campaña que en un procedimiento relacionado con seguridad.

No es igual probar un nuevo mensaje comercial con cien clientes que comprometer la liquidez de una compañía.

No es comparable modificar un proceso reversible que poner en riesgo información crítica.

El liderazgo responsable establece límites.

Dentro de ellos, permite movimiento.

Fuera de ellos, exige controles.

Esta diferenciación evita dos extremos frecuentes: la empresa donde nadie se mueve sin autorización y aquella donde cualquier improvisación se justifica diciendo que hay que innovar.

La innovación sin criterio puede destruir valor.

El control excesivo también.

Gobernar consiste, en buena medida, en encontrar dónde debe existir libertad y dónde deben existir barreras.

La pregunta más madura es otra

Después de muchos años tomando decisiones, uno puede descubrir que la pregunta inicial estaba incompleta.

No basta con preguntarnos qué sucederá si nos equivocamos.

Quizás deberíamos preguntarnos:

¿Estoy preparado para descubrir que estaba equivocado y corregir antes de que mi orgullo haga más costosa la corrección?

Eso cambia todo.

Porque desplaza el centro desde la perfección hacia la responsabilidad.

La persona madura no es aquella que nunca se equivoca.

Es aquella que no necesita convertir cada decisión en una defensa de sí misma.

Puede escuchar.

Puede revisar.

Puede reconocer nueva evidencia.

Puede pedir otra mirada.

Puede distinguir entre una mala decisión y un mal resultado.

Puede asumir las consecuencias que le corresponden.

Y puede modificar el rumbo sin convertir esa modificación en una humillación.

En los negocios, en las relaciones y en la vida, probablemente seguiremos tomando decisiones con información incompleta.

No existe un sistema que elimine completamente esa condición.

Lo que sí podemos construir es una manera más consciente de decidir.

Porque quizá el verdadero peligro nunca fue equivocarnos.

Tal vez sea vivir de tal manera que el miedo a equivocarnos termine tomando nuestras decisiones por nosotros.

Y cuando eso ocurre, paradójicamente, dejamos de asumir riesgos conscientemente para empezar a asumirlos sin darnos cuenta.

Si esta reflexión toca una decisión que hoy necesita ser examinada con mayor profundidad, una conversación estratégica, una conferencia o una masterclass pueden abrir un espacio para verla desde otra perspectiva:

https://t.mtrbio.com/JCMD

Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

No necesitamos tener razón para siempre.
Necesitamos conservar la capacidad de reconocer cuándo la realidad dejó de dárnosla.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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