Desde
el punto de vista de un conocido Instructor, los requisitos para
la formación del cuerpo son:
- Eliminar los restos de indiferencia para
con la suprema Fuente de Vida.
- Concentrar la aspiración en la más alta
belleza y armonía.
En la frase mántrica: “Quiero, Señor, sentir la pulsación
de la grandeza del cosmos” se encuentran claves poderosas para
que esto se haga efectivo; claves de Voluntad-Poder.
El nacimiento de este
nuevo cuerpo se da por una combinación de la energía de la mónada con la del
alma y la del núcleo consciente del ser. De ese modo, una vibración unificada
reúne aspirante, aspiración y Fuente hacia la cual esa aspiración es
canalizada.
La humanidad de
superficie de la Tierra se mantuvo hasta hoy inmersa en una realidad limitada,
circunscripta a lo que es perceptible a los sentidos externos y a la mente
común. Sin embargo, hay un universo invisible que ha de ser reconocido, cuya
irradiación torna plena la acción en la vida material y colma el espacio de
luz.
El ser humano se
aproxima a niveles de energía más elevados cuando percibe que todo el cosmos
respira bajo un mismo impulso de vida. Así comienza una nueva etapa en su
escalada evolutiva, etapa que incluye la formación y el perfeccionamiento del
cuerpo de luz. Se trata de un proceso oculto, por el cual todo el planeta está
pasando. Llegar al estado de vacío debe tornarse una firme intención del ser,
pues es fundamental para que se desarrolle ese proceso profundamente sutil.
En esta época, en
muchos se está consumando la maduración del alma (o yo superior), en el nivel
mental abstracto. A medida que esto ocurre, la consciencia del alma busca
rendirse libremente a la regencia monádica, del mismo modo que el yo consciente
despierto se empeña en el cumplimiento de la voluntad interior. A partir de ese
punto, el cuerpo de luz comienza a resplandecer. Para el yo consciente, esta
etapa de formación superior se revela como un fuerte impulso en dirección a lo
abstracto, a la trascendencia de las expresiones concretas y de las
estructuras.
El despertar del
cuerpo de luz está ocurriendo en la esencia de la humanidad terrestre, aunque
todavía no se refleje en su vida exterior. La maduración del núcleo causal ya
se produjo en un número suficiente de seres para que sobre la humanidad como un
todo sobrevenga la energía de disolución de las ilusiones resultantes de la
identificación con la forma.
Este impulso que lleva
al contacto con la esencia de la vida, que es también la esencia de la materia,
incide sobre la Tierra, conduciendo a las consciencias que evolucionan en ella
a sumergirse en mundos de pura energía. Esto equivale a una reformulación de
toda la expresión de la vida. La luz despierta y silenciosamente impregna las
formas, remodelándolas en consonancia con los nuevos patrones que ellas deben
expresar. En todo ese proceso está presente el toque invisible de los tres
aspectos del Logos planetario:
- el aspecto
luz correspondiente a la consciencia que rige la evolución
de la materia, sustentando la renovación de las formas.
- el aspecto
amor correspondiente al Cristo, promoviendo el despertar
de la vida verdadera en el interior de cada partícula.