¿Qué pasa cuando una organización, una empresa o incluso una vida entera se construye más sobre una narrativa que sobre una verdad vivida?
La respuesta no suele ser inmediata. De hecho, casi nunca lo es. Los imperios no caen cuando mienten una vez, caen cuando necesitan mentirse todos los días para seguir existiendo.
He leído con atención el texto que inspira este tema, y más allá del caso puntual, me llevó a un lugar mucho más profundo, uno que conozco bien después de casi cuatro décadas acompañando procesos empresariales, humanos y espirituales: el punto exacto en el que el relato deja de ser visión y se convierte en autoengaño.
Desde 1988 he visto nacer empresas con una fuerza admirable, impulsadas por una idea poderosa, por una historia que lograba unir personas, recursos y voluntades. El relato, cuando es auténtico, es una herramienta sagrada. Nos da sentido, nos conecta, nos permite caminar juntos. El problema nunca ha sido el relato. El problema aparece cuando el relato no evoluciona al ritmo de la realidad, cuando se vuelve rígido, cuando se defiende más que se vive.
En tecnología lo sabemos bien. Un sistema que no se actualiza se vuelve vulnerable. No importa cuán sólido haya sido en su origen. En empresa ocurre exactamente lo mismo. Y en lo humano, aún más.
He trabajado con líderes que hablaban de innovación mientras castigaban el error, que hablaban de personas mientras tomaban decisiones deshumanizadas, que hablaban de propósito mientras vivían agotados y desconectados. No eran malas personas. Eran personas atrapadas en un personaje que alguna vez les funcionó, pero que ya no les pertenecía.
Aquí es donde entra una de las grandes trampas del éxito: cuando confundes coherencia con permanencia. Crees que ser coherente es sostener siempre el mismo discurso, cuando en realidad la coherencia profunda exige evolucionar, ajustar, reconocer límites y, muchas veces, desmontar partes de la historia que ya no son verdad.
Desde una mirada espiritual —no religiosa, sino profundamente humana— esto es evidente. Todo lo vivo se transforma. Nada auténtico permanece igual. Cuando intentamos congelar una identidad, una cultura o un liderazgo, lo que hacemos es matar lentamente aquello que decimos amar.
En el Eneagrama, el Camino de Vida 3 —que he estudiado y vivido— nos habla del logro, de la imagen, del reconocimiento. Pero también nos advierte del riesgo de vivir para sostener una apariencia. El aprendizaje profundo de este camino no es brillar, es ser. No es convencer, es encarnar. No es contar una historia bonita, es vivir una historia verdadera.
He acompañado procesos de transformación donde la empresa no necesitaba más estrategia, ni más tecnología, ni siquiera más ventas. Necesitaba silencio. Necesitaba verdad. Necesitaba que alguien se atreviera a decir: “Esto ya no somos”. Y créame, decir eso requiere más liderazgo que lanzar cualquier campaña exitosa.
En la Organización Empresarial Todo En Uno.Net hemos aprendido —a veces con aciertos, otras con errores— que el relato solo sirve si está al servicio del criterio. El criterio es lo que permite tomar decisiones cuando el guion no está escrito, cuando el mercado cambia, cuando la tecnología irrumpe, cuando la inteligencia artificial nos obliga a repensarlo todo. Sin criterio, el relato se vuelve marketing vacío. Con criterio, el relato se convierte en brújula.
Hoy vemos empresas obsesionadas con contar historias, con construir marca personal, con posicionar discursos inspiradores en redes sociales. Y no está mal. Lo peligroso es cuando la energía se va toda en la narrativa y se descuida la práctica diaria, la cultura interna, la ética invisible, las decisiones pequeñas que nadie aplaude pero que lo sostienen todo.
He visto “imperios” romperse no por falta de talento, sino por exceso de ficción. Por creer que el relato era la realidad y no apenas un mapa. Y confundir el mapa con el territorio siempre termina mal.
La inteligencia artificial, por ejemplo, nos enfrenta hoy a una verdad incómoda: ya no basta con decir que somos expertos, estratégicos o innovadores. Los sistemas aprenden rápido. Los datos no mienten. La coherencia —o su ausencia— se vuelve evidente. La tecnología está desnudando organizaciones, liderazgos y modelos de negocio. Y eso, aunque incomode, es una bendición.
Porque nos devuelve a lo esencial: ¿qué estamos construyendo de verdad? ¿Una imagen o una estructura? ¿Un discurso o una cultura? ¿Un imperio de palabras o una comunidad de sentido?
En lo personal, he tenido que desmontar mis propios relatos más de una vez. El ingeniero. El empresario. El mentor. El fundador. Todos esos roles son ciertos, pero ninguno me define por completo. Cuando me he aferrado a alguno, he sentido la rigidez, el desgaste, la desconexión. Cuando he soltado, aparece algo más profundo: el servicio.
Y ahí está, para mí, la clave de todo este tema. Los imperios que se sostienen no son los que cuentan la mejor historia, sino los que sirven mejor a la vida. A las personas. A la realidad cambiante. A la verdad incómoda.
El relato auténtico no se defiende. Se ajusta. Se escucha. Se transforma. Y cuando deja de servir, se honra… y se suelta.
Tal vez hoy no necesitamos más discursos inspiradores. Tal vez necesitamos más líderes capaces de revisar su propia narrativa y preguntarse, con humildad: ¿esto que digo, realmente lo estoy viviendo?
Porque al final, todo imperio que se rompe por su relato no cayó por falta de comunicación, cayó por falta de coherencia. Y todo proyecto que perdura lo hace no porque grite más fuerte, sino porque camina más alineado.
Si este tema resuena contigo, puede que no sea casualidad. A veces, cuando algo incomoda, es porque está señalando el siguiente nivel de verdad que estamos llamados a habitar.
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