¿Cuándo fue la última vez que diste un beso sin prisa, sin expectativa, sin intención de convencer, seducir o retener… solo de estar?
No hablo del beso automático, social, aprendido. Hablo de ese beso que nace cuando dos mundos se reconocen, aunque sea por un instante. Ese beso que no pide nada, pero lo dice todo.
A lo largo de mi vida —como ingeniero, empresario, mentor, esposo, padre y, sobre todo, como ser humano en permanente aprendizaje— he comprendido que los grandes quiebres de conciencia no siempre llegan con discursos largos ni decisiones monumentales. A veces llegan en silencio. A veces llegan en forma de un gesto simple. Y pocas cosas son tan simples y, a la vez, tan profundas como un beso.
Vivimos en una cultura que ha sobrecargado al beso de interpretaciones, expectativas y juicios. El beso romántico, el beso prohibido, el beso de despedida, el beso que promete, el beso que traiciona. Lo curioso es que, en medio de tantas etiquetas, olvidamos lo esencial: un beso es un acto de presencia absoluta. Es el instante en el que dos sistemas nerviosos, dos historias, dos energías vitales, se encuentran sin palabras.
Desde la biología lo sabemos: un beso activa neurotransmisores como la oxitocina, la dopamina y la serotonina. Desde la psicología lo sentimos: un beso puede regular emociones, calmar ansiedades, despertar memorias profundas. Desde la espiritualidad lo intuimos: hay besos que sanan más que mil conversaciones. Y desde la experiencia empresarial y humana, también lo afirmo: la calidad de nuestros vínculos define la calidad de nuestras decisiones, y la calidad de nuestros gestos define la calidad de nuestros vínculos.
He acompañado durante décadas a líderes, emprendedores y familias empresarias que pueden negociar contratos complejos, diseñar arquitecturas tecnológicas robustas o escalar organizaciones enteras… pero que no saben dar ni recibir afecto sin miedo. Personas brillantes que entienden métricas, indicadores y estrategias, pero que se desconectaron del lenguaje más antiguo del ser humano: el contacto consciente.
Recuerdo una conversación con un empresario exitoso, de esos que “lo tienen todo” según los estándares externos. Facturación sólida, reconocimiento, equipos grandes. Me decía, casi en susurro: “Julio, no recuerdo la última vez que besé a mi esposa sin estar pensando en otra cosa”. Esa frase me marcó. No por el beso en sí, sino por lo que revelaba: cuando perdemos la capacidad de estar presentes en lo íntimo, también la perdemos en lo estratégico, en lo ético, en lo humano.
Un beso no es solo un gesto afectivo. Es una declaración de coherencia interna. Cuando besas desde la presencia, tu cuerpo, tu mente y tu espíritu están alineados. Y esa alineación —lo he visto una y otra vez— es la misma que permite tomar mejores decisiones, liderar con conciencia y construir empresas con alma.
En términos de eneagrama, podríamos decir que el beso revela desde dónde nos movemos: desde el miedo, desde el deseo de control, desde la necesidad de aprobación o desde la autenticidad. En numerología, y lo digo desde mi propio Camino de Vida 3, el beso es expresión pura: comunicación sin palabras, creatividad emocional, verdad encarnada. No se puede fingir un beso consciente. El cuerpo no miente.
También hay una dimensión cultural profunda. En muchas tradiciones antiguas, el beso era un ritual sagrado. Un intercambio de aliento, de vida, de esencia. En otras, era un acto de respeto, de reconocimiento mutuo. Hoy, en cambio, vivimos una paradoja: estamos hiperconectados digitalmente, pero profundamente desconectados en lo humano. Besamos pantallas con los dedos, pero evitamos el contacto real por miedo a sentir demasiado.
La tecnología —y aquí hablo desde mi rol de ingeniero y consultor— no es el problema. El problema es cuando usamos la tecnología para anestesiarnos del sentir. La inteligencia artificial puede ayudarnos a optimizar procesos, pero jamás reemplazará la inteligencia emocional que se activa en un gesto auténtico. Ningún algoritmo puede simular lo que ocurre cuando dos personas se encuentran sin máscaras.
He visto besos que sellan despedidas definitivas y besos que inauguran procesos de sanación. Besos entre padres e hijos que reparan silencios de años. Besos entre parejas que no buscan salvar una relación, sino volver a verse de verdad. Y también he visto la ausencia de besos como síntoma de relaciones que se volvieron funcionales, pero dejaron de ser vivas.
En el mundo empresarial hablamos mucho de propósito, cultura organizacional, liderazgo consciente. Pero pocas veces hablamos del cuerpo, del afecto, de la ternura como indicadores de salud sistémica. Y, sin embargo, están ahí. Un líder que no sabe dar un gesto genuino difícilmente crea entornos seguros. Una organización que reprime lo humano termina enfermando, aunque sea rentable.
No se trata de romantizar el beso ni de idealizarlo. Se trata de devolverle su lugar como lenguaje esencial. Un beso no es obligatorio, no es moneda de cambio, no es herramienta de manipulación. Es una elección. Y como toda elección consciente, habla de quién eres y desde dónde te relacionas con el mundo.
En lo personal, he aprendido que los besos más importantes no siempre son los más intensos, sino los más honestos. Un beso en la frente que dice “estoy aquí”. Un beso lento que no busca nada más que compartir el momento. Un beso de despedida que no promete eternidad, pero sí verdad.
Tal vez por eso este tema, aparentemente sencillo, toca capas tan profundas. Porque nos confronta con una pregunta incómoda: ¿desde dónde nos vinculamos? ¿Desde la prisa o desde la presencia? ¿Desde el miedo a perder o desde la libertad de sentir?
Si algo he aprendido en este camino de más de tres décadas acompañando procesos humanos y empresariales, es que la transformación real no empieza en la mente, sino en la coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Y un beso consciente —dado o recibido— es una de las formas más claras de esa coherencia.
Quizás hoy no necesites grandes cambios, ni nuevas estrategias, ni más información. Tal vez solo necesites volver a gestos simples, pero verdaderos. Gestos que te devuelvan al cuerpo, al presente, a la humanidad compartida. Porque cuando recuperamos la capacidad de sentir sin miedo, todo lo demás —las relaciones, los proyectos, las empresas— empieza a ordenarse desde un lugar más sano.
Y si este texto te incomodó un poco, si te removió recuerdos o silencios, no lo ignores. Ahí hay información valiosa. La incomodidad, bien leída, es una invitación a crecer.
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Si este texto te llevó a pensar en tus relaciones, en tu forma de estar con otros o contigo mismo, no lo dejes ahí. A veces una conversación consciente abre más caminos que mil lecturas. Si sientes que es el momento, puedes agendar una charla conmigo y profundizarlo:Y si conoces a alguien que necesita recordar que lo humano sigue siendo esencial, comparte este mensaje. A veces, ese también es un beso silencioso que llega justo a tiempo.
