Hay una pregunta que me acompaña desde hace años, incluso antes de que la tecnología, los algoritmos y la inteligencia artificial ocuparan buena parte de nuestras conversaciones diarias: ¿en qué momento dejamos de confiar en la sabiduría del cuerpo y comenzamos a vivir gobernados por el miedo? No hablo de un miedo abstracto, sino de ese miedo cotidiano que se infiltra en lo que comemos, en cómo respiramos, en las decisiones pequeñas y grandes que tomamos cada día. El miedo a enfermarnos, a fallar, a no encajar, a no cumplir con lo que otros consideran “correcto”.
Durante décadas nos han dicho qué comer, qué evitar, qué es bueno y qué es malo, casi siempre desde titulares llamativos, estudios sacados de contexto o discursos que simplifican lo complejo. Hoy se demoniza un alimento; mañana se redime; pasado mañana vuelve a ser culpable. En medio de ese vaivén informativo, el ser humano —ese ser integral que piensa, siente, trabaja, ama y crea— queda desorientado, desconectado de su propio criterio y de su experiencia vital.
El huevo es un ejemplo perfecto. Un alimento tan antiguo como la humanidad misma, presente en casi todas las culturas, asociado simbólicamente al origen, a la vida, al potencial. Y sin embargo, durante años fue señalado como enemigo del corazón, casi como si llevara implícita una sentencia silenciosa. Recuerdo conversaciones familiares, asesorías empresariales e incluso charlas informales donde alguien decía con convicción: “Yo dejé de comer huevos, eso sube el colesterol”. Y lo decía sin rabia, pero también sin conciencia, repitiendo una idea que había heredado, no vivido.
Desde mi experiencia como ingeniero, administrador, empresario y, sobre todo, como observador profundo del comportamiento humano, he aprendido que el verdadero problema rara vez está en el alimento. Está en la relación que construimos con él. Está en el contexto, en el equilibrio, en la forma como escuchamos —o ignoramos— las señales del cuerpo. Así como en las empresas no es una sola decisión la que las quiebra o las salva, en la salud no es un solo alimento el que define el destino de una persona.
He visto ejecutivos obsesionados con dietas “perfectas” que viven inflamados de estrés, duermen mal, trabajan sin pausas y luego se sorprenden cuando el cuerpo pasa factura. También he visto campesinos, obreros y emprendedores que desayunan huevos todos los días, trabajan con sentido, descansan cuando pueden, ríen, conversan, viven… y llegan a edades avanzadas con una vitalidad que no se compra en ninguna farmacia. No es romanticismo; es observación honesta.
El cuerpo humano es un sistema inteligente, mucho más sofisticado que cualquier software que hayamos desarrollado. Pero como todo sistema complejo, necesita coherencia. El colesterol, por ejemplo, no es un villano; es una sustancia esencial para la vida. Participa en la formación de hormonas, en la estructura de las células, en el funcionamiento del cerebro. El problema no es su existencia, sino el desorden metabólico que se genera cuando vivimos desconectados de nosotros mismos, comemos sin conciencia, nos movemos poco y pensamos demasiado.
Aquí es donde mi visión espiritual y humanista se cruza con la ciencia. En muchas tradiciones antiguas, la comida no era solo nutrición física; era acto sagrado, ritual, momento de presencia. Comer implicaba gratitud, pausa, conexión. Hoy comemos frente a pantallas, con prisa, con culpa, con miedo. Y luego buscamos culpables externos para un malestar que es, en gran parte, interno.
En el mundo empresarial ocurre algo similar. Muchas organizaciones buscan soluciones rápidas para problemas estructurales: cambian el software, contratan consultores, adoptan modas de gestión, pero no revisan su cultura, su liderazgo, su coherencia interna. Después se preguntan por qué los resultados no llegan. El cuerpo y la empresa se parecen más de lo que creemos: ambos responden a la calidad de las decisiones sostenidas en el tiempo.
Consumir huevos —uno, dos o tres— no es una decisión aislada. Es parte de un estilo de vida. Es diferente hacerlo desde la conciencia que desde la ansiedad. Es distinto comerlos como parte de una alimentación real, variada y sencilla, que hacerlo en medio de ultraprocesados, exceso de azúcar, sedentarismo y estrés crónico. Pretender que el huevo sea el problema en ese contexto es como culpar a un empleado por una falla sistémica de la organización.
En mi camino personal he aprendido a escuchar más y a dogmatizar menos. He cambiado hábitos no por moda, sino por observación. He integrado tecnología para medir, analizar y mejorar procesos, pero siempre con criterio humano. La inteligencia artificial puede ayudarnos a procesar datos, pero nunca reemplazará la sabiduría que nace de la experiencia vivida. Lo mismo ocurre con la nutrición: los estudios son valiosos, pero no sustituyen la escucha consciente del propio cuerpo.
Desde una mirada simbólica, el huevo representa el potencial no manifestado. La vida en pausa, esperando las condiciones adecuadas para desplegarse. Quizá por eso genera tanta polémica: nos recuerda que no todo es blanco o negro, que la vida es matiz, proceso, equilibrio. Y que el verdadero riesgo para el corazón no siempre está en lo que comemos, sino en cómo vivimos, cómo sentimos y cómo gestionamos nuestras emociones.
He acompañado a líderes que cuidan obsesivamente su dieta, pero viven en conflicto constante consigo mismos y con los demás. He acompañado a otros que, sin ser perfectos, viven con sentido, propósito y coherencia, y su salud —física y emocional— lo refleja. El corazón no solo bombea sangre; procesa emociones. Y un corazón saturado de miedo, culpa o autoexigencia desmedida también enferma.
Por eso creo firmemente que necesitamos recuperar el criterio. En la alimentación, en la empresa, en la tecnología, en la vida. Criterio para discernir información, para no caer en extremos, para integrar conocimiento científico con sabiduría interior. El camino de vida 3, desde la numerología, habla de expresión, comunicación y alegría. No es casual que cuando recuperamos la alegría de vivir, el cuerpo responde mejor. La risa, la conversación honesta, el descanso consciente también son medicina.
No escribo esto para convencer a nadie de comer huevos o dejar de hacerlo. Lo escribo para invitar a una reflexión más profunda: ¿desde dónde tomamos nuestras decisiones? ¿Desde el miedo o desde la conciencia? ¿Desde la repetición automática o desde la comprensión? La verdadera salud —como la verdadera empresa— se construye desde adentro hacia afuera.
Tal vez el mayor riesgo para el corazón no sea un alimento específico, sino vivir desconectados de lo que somos, de lo que sentimos y de lo que realmente necesitamos. Cuando alineamos pensamiento, emoción y acción, el cuerpo suele encontrar su equilibrio natural. Y cuando no lo hace, al menos tenemos la serenidad de saber que estamos escuchando.
La vida no nos pide perfección; nos pide presencia. No nos exige dietas impecables ni empresas infalibles, sino coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Tal vez ahí esté la verdadera prevención, la que no se vende en titulares, pero transforma profundamente.
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