¿Y si te dijera que muchas de las molestias que cargamos a diario no son normales, sino mensajes que el cuerpo lleva años intentando decirnos en voz baja… y que no hemos querido escuchar? Dolor, inflamación, cansancio persistente, cambios de humor, problemas digestivos, niebla mental. Vivimos medicados, ocupados, productivos, pero desconectados. Y en esa desconexión, el cuerpo se convierte en el último recurso para pedir coherencia.
Durante años, como ingeniero de sistemas, administrador de empresas y mentor de líderes, aprendí a escuchar indicadores, métricas, alertas tempranas y fallos sistémicos en organizaciones complejas. Con el tiempo —y con la vida— entendí que el cuerpo humano funciona con una lógica muy similar a cualquier sistema crítico: cuando una alerta se ignora, el sistema escala el problema. Primero avisa, luego insiste y finalmente colapsa. No por castigo, sino por supervivencia.
En ese contexto, comprender la diferencia entre una alergia y una intolerancia alimentaria deja de ser un dato médico aislado y se convierte en una lección profunda sobre conciencia, responsabilidad y autoconocimiento.
Una alergia alimentaria es una reacción del sistema inmunológico. El cuerpo identifica un alimento como una amenaza real y responde de forma inmediata y, a veces, violenta. Es un “esto no puede entrar aquí”. Las intolerancias, en cambio, no activan el sistema inmune, pero generan un conflicto silencioso: el cuerpo no logra procesar correctamente ciertos alimentos, y esa incapacidad se traduce en malestar progresivo. No hay emergencia inmediata, pero sí desgaste constante.
Y aquí aparece una metáfora poderosa para la vida personal y empresarial: hay situaciones que son claramente tóxicas y deben eliminarse de inmediato, y hay otras que no son mortales, pero que lentamente nos drenan la energía, la claridad y la paz. No todo lo que no nos mata nos hace más fuertes; algunas cosas simplemente nos enferman despacio.
He visto empresarios exitosos con agendas llenas y cuerpos agotados. Líderes brillantes con sistemas digestivos colapsados. Personas espiritualmente inquietas, pero físicamente inflamadas. Y cuando uno empieza a profundizar, aparecen patrones: comidas rápidas para agendas rápidas, decisiones automáticas, poca escucha interna, mucha exigencia externa. El cuerpo, como la empresa, empieza a pagar los costos de una mala arquitectura.
La intolerancia no siempre se manifiesta de inmediato. A veces tarda años. Como los errores de diseño en una organización que solo se evidencian cuando el crecimiento ya es insostenible. Y lo más peligroso es la normalización del malestar: “siempre me siento así”, “es estrés”, “es la edad”. No. Muchas veces es información no atendida.
Desde una mirada humanista y espiritual, el cuerpo no es un enemigo ni una máquina defectuosa. Es un aliado profundamente sabio. En muchas tradiciones ancestrales, el alimento no solo nutre el cuerpo, sino también la conciencia. Comer es un acto espiritual, cultural y emocional. No solo ingerimos nutrientes, también historias, hábitos familiares, ritmos sociales y decisiones inconscientes.
Recuerdo conversaciones familiares donde ciertos alimentos estaban cargados de afecto, pero también de exceso. Recuerdo épocas de trabajo intenso donde comer era un trámite, no un acto de presencia. Y recuerdo el momento en que entendí que escuchar al cuerpo no era una debilidad, sino una forma elevada de liderazgo personal.
La intolerancia alimentaria también tiene una dimensión emocional. El cuerpo puede volverse intolerante cuando hemos aprendido a tolerar demasiado en otros planos: relaciones, entornos, ritmos que no nos corresponden. El sistema digestivo es, simbólicamente, el lugar donde “procesamos” la vida. No es casual que muchas personas con conflictos digestivos vivan atrapadas entre lo que sienten y lo que callan.
Desde la inteligencia emocional y el Eneagrama, sabemos que ciertos perfiles tienden a exigirse, a complacer, a postergarse. El cuerpo entonces se convierte en el límite que la mente no supo poner. Y desde la numerología, en mi propio camino de vida 3, he aprendido que la expresión auténtica es salud, y el silencio forzado, enfermedad.
Hoy, incluso la inteligencia artificial nos enseña algo similar: los sistemas aprenden de los datos que reciben. Si se alimentan de información errónea, generan resultados distorsionados. El cuerpo humano no es distinto. Lo que comes, lo que piensas, lo que toleras, lo que repites, todo se convierte en datos que tu sistema procesa. Y los resultados se sienten.
No se trata de vivir con miedo a los alimentos ni de caer en modas extremas. Se trata de conciencia. De observar. De hacerse preguntas honestas. ¿Cómo me siento después de comer esto? ¿Qué patrones se repiten? ¿Qué me cuesta soltar? ¿Dónde me estoy forzando a encajar?
He acompañado procesos donde, al ajustar la alimentación, también se transformaron decisiones de vida. Personas que al dejar un alimento que les hacía daño, se animaron a dejar un trabajo que también lo hacía. Cuerpos que al desinflamarse, permitieron que la mente recuperara claridad y el espíritu, calma.
La diferencia entre alergia e intolerancia no es solo médica. Es una invitación a distinguir entre lo que debe eliminarse de inmediato y lo que debe revisarse con honestidad. A entender que no todo conflicto grita, pero muchos susurran durante años.
Escuchar al cuerpo es un acto de humildad. Es reconocer que no lo sabemos todo, que necesitamos ajustar, que el verdadero crecimiento no siempre está en sumar, sino en depurar. En la empresa, en la vida y en el plato.
Porque al final, liderarse a uno mismo es el primer acto de liderazgo consciente. Y ningún proyecto, por grande que sea, vale más que un cuerpo que pide atención y coherencia.
Si este texto resonó contigo, no lo ignores. Tal vez tu cuerpo, como tu vida, está pidiendo ajustes y no más exigencia. Si quieres conversar, reflexionar o iniciar un proceso de mayor coherencia personal y profesional, puedes agendar una charla conmigo o unirte a nuestras comunidades. A veces, compartir una conversación a tiempo también sana.
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