Hay una pregunta que llevo años haciéndome, y que hoy cobra más sentido que nunca: ¿qué tanto vale realmente el trabajo humano cuando se traslada de la oficina al hogar? No hablo solo de costos, de facturas o de normas laborales. Hablo de dignidad, de coherencia y de la manera en que las empresas deciden relacionarse con las personas que sostienen su propósito todos los días, incluso cuando el escritorio está en una sala, una habitación o una mesa compartida con la vida familiar.
Desde finales de los años 80 he acompañado procesos empresariales, tecnológicos y humanos en Colombia. He visto modas pasar, discursos transformarse y tecnologías prometer más de lo que cumplen. Pero hay algo que siempre permanece: la relación entre empresa y persona es un reflejo directo de la conciencia con la que se lidera. El teletrabajo, o el trabajo en casa, no es una excepción; es, de hecho, un espejo mucho más honesto.
Cuando el trabajo se trasladó masivamente a los hogares, muchas organizaciones reaccionaron con rapidez técnica pero con poca reflexión humana. Se habló de productividad, de continuidad del negocio, de ahorro en arriendos y servicios. Pocos se detuvieron a pensar en lo evidente: el hogar no es una extensión gratuita de la empresa. Es un espacio íntimo, emocional, energético, y también económico. Allí hay consumo de energía, de internet, de mobiliario, de tiempo y de atención. Y sobre todo, allí hay personas intentando equilibrar su vida mientras cumplen con responsabilidades laborales.
La normativa colombiana ha avanzado, es cierto. Hoy existe claridad sobre qué costos deben asumir las empresas cuando un trabajador presta sus servicios desde casa: conectividad, energía, herramientas, equipos, incluso algunos aspectos ergonómicos. Pero más allá del marco legal, lo que realmente me interesa es la pregunta ética: ¿desde dónde se toman esas decisiones? ¿Desde el mínimo cumplimiento o desde una visión integral del ser humano?
He trabajado con empresarios que entendieron muy rápido que cubrir esos costos no era un gasto, sino una inversión en confianza. Recuerdo un caso concreto, una empresa mediana del sector servicios, que decidió asumir no solo el auxilio de conectividad, sino también acompañar a sus colaboradores con formación en autocuidado digital, pausas conscientes y adecuación básica de espacios de trabajo. El resultado no fue solo un mejor clima laboral; fue una mejora real en la calidad de las decisiones, en la lealtad y en el sentido de pertenencia. La gente dejó de “cumplir” y empezó a “responder”.
También he visto el otro lado. Empresas que trasladaron todos los costos al trabajador bajo el discurso de la flexibilidad, como si trabajar desde casa fuera un privilegio que se paga con silencio. En esos casos, la productividad puede sostenerse un tiempo, pero algo se quiebra por dentro. Aparece el desgaste, la desconexión emocional, la sensación de ser usado. Y cuando eso ocurre, ninguna herramienta tecnológica compensa la pérdida de sentido.
Desde mi formación como ingeniero de sistemas siempre he defendido que la tecnología es neutra; lo que la vuelve humana o deshumanizante es la intención con la que se usa. El teletrabajo es una tecnología social, no solo digital. Bien gestionado, puede ser una oportunidad para reconciliar la vida personal con la laboral, para reducir tiempos muertos, para pensar mejor. Mal gestionado, se convierte en una invasión constante, en una oficina sin paredes ni horarios claros.
Aquí es donde entra mi mirada humanista y espiritual. El trabajo no es solo un intercambio económico; es una expresión de quiénes somos y de cómo servimos al mundo. Cuando una empresa reconoce los costos reales del trabajo en casa, está diciendo algo profundo: “veo tu realidad, respeto tu espacio y asumo mi parte”. Eso, aunque no siempre se mida en indicadores financieros, tiene un impacto directo en la salud emocional y mental de las personas.
Culturalmente, en Colombia todavía estamos aprendiendo a separar presencia de compromiso. Durante décadas se creyó que el control visual garantizaba productividad. Hoy sabemos que no es así. El teletrabajo nos obliga a confiar, y la confianza no se decreta, se construye. Cubrir los costos asociados al trabajo en casa es una forma concreta de construirla, mucho más poderosa que cualquier discurso motivacional.
Desde la perspectiva empresarial, además, hay un punto que muchos pasan por alto: la coherencia. No es coherente hablar de innovación, bienestar y sostenibilidad mientras se descargan los costos operativos sobre el trabajador. No es coherente hablar de transformación digital sin transformación cultural. Las empresas que realmente están preparadas para el futuro son aquellas que entienden que el cuidado no es debilidad, es estrategia.
En varios de mis escritos en espacios como https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/ y https://todoenunonet.blogspot.com/ he insistido en una idea que hoy reafirmo: la empresa del futuro no se construye solo con tecnología avanzada, sino con criterio, conciencia y responsabilidad compartida. El teletrabajo es uno de esos escenarios donde esa visión se pone a prueba.
Desde mi Camino de Vida 3, marcado por la comunicación, la creatividad y la expresión consciente, creo profundamente que estos temas deben hablarse sin miedo. No para señalar, sino para evolucionar. No para imponer, sino para invitar a pensar. Cuando una empresa asume los costos del trabajo en casa, no está haciendo un favor; está alineándose con una lógica más madura del liderazgo.
Y cuando un líder entiende esto, algo cambia en su manera de decidir. Empieza a preguntarse no solo “¿qué dice la ley?”, sino “¿qué dice mi conciencia?”. Empieza a ver al colaborador no como un recurso, sino como un ser humano completo, con contexto, familia y límites. Y desde ahí, curiosamente, los resultados suelen mejorar.
Quisiera cerrar con una reflexión que nace tanto de la experiencia empresarial como de la espiritual: todo lo que no se asume conscientemente, se paga de otra forma. Las empresas que no asumen los costos visibles del teletrabajo terminan pagando costos invisibles en rotación, desmotivación y pérdida de sentido. Las que sí lo hacen, construyen algo mucho más valioso que la eficiencia: construyen confianza.
El trabajo en casa no es el problema. El problema es cómo decidimos habitarlo como sociedad y como empresas. Y esa decisión, aunque parezca técnica, es profundamente humana.
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