¿En qué momento nos enseñaron que mover el cuerpo debía doler, que comer debía generar culpa y que cuidarnos era una tarea más en la lista interminable de exigencias? Esta pregunta me acompaña desde hace años, pero se volvió especialmente nítida una mañana cualquiera, muy temprano, cuando entendí que no era el cansancio lo que me pesaba, sino la forma como me estaba relacionando conmigo mismo.
Durante décadas he trabajado con empresas, líderes, emprendedores y equipos humanos. He visto organizaciones crecer, colapsar y reinventarse. Y si algo he aprendido —no desde los libros, sino desde la vida— es que los mismos patrones que enferman a las empresas, también enferman a las personas. La desconexión, la exigencia sin sentido, la productividad sin conciencia, la culpa como motor y el cuerpo reducido a una máquina que solo sirve mientras rinda.
Durante mucho tiempo yo también caí ahí. Como ingeniero, administrador y empresario desde 1988, fui formado para optimizar, medir, exigir y avanzar. El cuerpo era un medio, no un mensaje. El ejercicio era algo que “había que hacer” y la alimentación un campo minado de reglas, prohibiciones y remordimientos. Hasta que el cuerpo, sabio como siempre, empezó a hablar más fuerte.
He acompañado líderes brillantes que no podían subir una escalera sin agotarse, emprendedores exitosos que no dormían bien, profesionales admirados que comían con ansiedad y se castigaban después con rutinas extremas. Y no lo digo desde el juicio, lo digo desde la empatía, porque yo mismo he estado ahí.
En nuestra cultura latinoamericana, y particularmente en la empresarial, nos enseñaron a aguantar. A resistir. A seguir incluso cuando algo dentro ya gritaba que no. El cuerpo se volvió un enemigo al que había que dominar, no un aliado al que escuchar. Por eso no me sorprende que hoy tantas personas digan: “sé lo que tengo que hacer, pero no soy capaz de sostenerlo”.
El problema no es la falta de disciplina. El problema es el enfoque. Cuando el movimiento nace desde la obligación, se vuelve castigo. Cuando la alimentación nace desde la culpa, se vuelve guerra interna. Y ninguna guerra interna se gana sin perder algo esencial.
Con el tiempo —y con mucha conversación honesta conmigo mismo— entendí que el cuerpo no necesita imposición, necesita sentido. El día que dejé de preguntarme “qué rutina debería hacer” y empecé a preguntarme “qué tipo de movimiento me devuelve la vida”, algo cambió. No de golpe, no de manera heroica, sino de forma profunda y sostenible.
He visto cómo pequeños cambios conscientes transforman más que cualquier plan radical. Personas que empiezan caminando diez minutos sin culpa, solo por sentir el aire. Otras que vuelven a cocinar sin contar calorías, pero escuchando su energía después de comer. No se trata de perfección, se trata de presencia.
Desde la psicología, la neurociencia y también desde la espiritualidad, sabemos que el cuerpo registra todo. El estrés crónico, la autoexigencia constante y la desconexión emocional alteran nuestros sistemas internos. No es casual que tantas decisiones empresariales se tomen desde el agotamiento. En más de una ocasión he trabajado con gerentes que no necesitaban una nueva estrategia, sino descanso, movimiento amable y silencio interior.
El Eneagrama me enseñó algo clave: cada tipo de personalidad se relaciona distinto con su cuerpo. Algunos lo ignoran, otros lo controlan, otros lo usan como refugio emocional. Entender esto cambia la conversación. No todos necesitan lo mismo, ni el mismo ritmo, ni la misma narrativa. Lo mismo pasa en las empresas: no todos los equipos responden igual al mismo modelo. La conciencia siempre precede a la transformación.
Y aquí entra un elemento que hoy no puedo ignorar: la tecnología y la inteligencia artificial. Vivimos en una era donde medimos pasos, calorías, sueño y rendimiento. Eso puede ser una bendición o una trampa. He visto personas obsesionadas con los datos, pero desconectadas de la experiencia. La tecnología debería ayudarnos a escucharnos mejor, no a silenciarnos con métricas.
Cuando hablo de liderazgo consciente, también hablo de liderazgo corporal. No se puede liderar bien desde un cuerpo en guerra. No se puede decidir con claridad desde un sistema nervioso saturado. Y no se puede construir futuro desde la desconexión presente. Esto aplica tanto a la vida personal como a la empresarial, algo que he desarrollado en varios espacios de reflexión estratégica en la Organización Empresarial Todo En Uno y que conecta profundamente con lo que comparto en mi blog personal.
Recuerdo una conversación con un empresario del Eje Cafetero que me dijo: “Julio, yo hago ejercicio todos los días, pero lo odio”. Esa frase fue más reveladora que cualquier examen médico. ¿Qué sentido tiene sostener algo que te violenta por dentro? Ajustamos el enfoque, no el objetivo. Cambió el tipo de movimiento, el horario, la intención. Meses después no solo estaba más saludable, estaba más lúcido para decidir.
Mover el cuerpo no debería ser una penitencia, debería ser un acto de gratitud. Alimentarnos no debería ser una transacción moral, sino un diálogo honesto con nuestra energía. Cuando esto se entiende, los hábitos dejan de ser una lucha y se vuelven una consecuencia natural.
Desde mi camino espiritual, he aprendido que el cuerpo no es un estorbo para el alma, es su casa. Y como toda casa, necesita cuidado, respeto y presencia. No extremos. No castigos. No comparaciones. Cada cuerpo tiene su historia, su ritmo y su proceso.
Hoy, después de tantos años de acompañar procesos humanos y empresariales, puedo decir con tranquilidad que el verdadero cambio no viene de hacer más, sino de hacer con conciencia. Cuando el movimiento nace del gusto, se sostiene. Cuando la alimentación nace del respeto, se ordena. Y cuando la relación con el cuerpo se vuelve amable, todo lo demás empieza a alinearse.
Si este tema resuena contigo, quizá también te interese explorar reflexiones más profundas sobre coherencia, decisión y vida consciente que he compartido en https://juliocmd.blogspot.com/ o en espacios más organizacionales desde https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/, donde la conversación sobre bienestar, liderazgo y futuro se conecta con la realidad empresarial.
No necesitas empezar mañana, ni hacerlo perfecto. Tal vez solo necesitas escucharte hoy. El cuerpo siempre sabe. Solo espera que dejemos de exigirle y empecemos a acompañarlo.
Tal vez el verdadero hábito que necesitamos crear no es movernos más ni comer mejor, sino tratarnos con más verdad y menos juicio. Cuando eso ocurre, el cuerpo deja de resistirse… y empieza a caminar con nosotros.
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