Después de una liquidación, ¿se acaba el camino… o empieza el verdadero?



¿Y si perder un empleo no fuera el final de nada, sino el punto exacto donde por fin comienza tu vida profesional consciente? Esta pregunta no es cómoda. Nunca lo ha sido. Porque cuando una persona recibe una carta de liquidación, lo primero que se rompe no es el contrato, es la identidad. Se rompe la narrativa interna de seguridad, de pertenencia, de “yo soy porque trabajo aquí”. Y lo sé no por teoría, sino por experiencia propia y por haber acompañado a cientos de personas durante más de tres décadas, desde 1988, en procesos de quiebre, reconstrucción y renacimiento profesional.

En nuestra cultura latinoamericana —y muy especialmente en Colombia— el empleo ha sido durante décadas una extensión del valor personal. Nos enseñaron que la estabilidad era sinónimo de éxito, que durar muchos años en una empresa era una medalla moral, y que salir “liquidado” era casi una mancha silenciosa que había que explicar con cuidado. Pero el mundo cambió. Y no cambió poco. Cambió radicalmente. Lo que no ha cambiado al mismo ritmo es nuestra forma de entendernos a nosotros mismos frente al trabajo.

He visto personas brillantes quedarse paralizadas después de una liquidación. Ingenieros, contadores, gerentes, líderes con una hoja de vida impecable que, de repente, no saben cómo responder cuando alguien les pregunta: “¿Y ahora qué estás haciendo?”. No es falta de capacidad. Es una herida emocional no atendida. Porque una liquidación no es solo un evento administrativo; es un duelo. Y como todo duelo, si no se transita, se enquista.

Recuerdo el caso de una mujer —llamémosla Marta— con más de veinte años en una multinacional. Salió en un recorte “estructural”, con indemnización completa, buenas referencias y una carta elegante que decía que no era personal. Pero su cuerpo no lo interpretó así. Su energía se apagó. Durante meses envió hojas de vida desde el miedo, no desde la conciencia. Cada entrevista era una súplica silenciosa por volver a sentirse válida. Y eso, aunque no se diga, se percibe. El mercado laboral es profundamente intuitivo: no contrata solo competencias, contrata estados emocionales.

Aquí hay una verdad incómoda que pocas veces se dice: muchas personas no consiguen empleo después de una liquidación no porque estén “sobrecalificadas” o porque el mercado esté difícil, sino porque siguen hablando desde el personaje que se quedó sin escenario. Siguen definiéndose por lo que fueron, no por lo que pueden ser. Y el mundo actual no está buscando currículos estáticos; está buscando seres humanos en proceso, con criterio, con consciencia y con capacidad de adaptación real.

Desde mi mirada como ingeniero de sistemas y administrador de empresas, pero también como pensador espiritual y mentor humano, puedo decirlo con claridad: el empleo ya no es el centro de la vida productiva, es solo una de sus formas. Hoy existen múltiples maneras de aportar valor, de generar ingresos, de construir propósito. Pero para verlas, primero hay que soltar la vieja identidad. Y soltar duele. Duele porque nos confronta con el vacío. Pero ese vacío no es castigo, es espacio.

En numerología, el Camino de Vida 3 —que me acompaña— habla de expresión, creatividad y comunicación consciente. Y curiosamente, eso es lo primero que se bloquea tras una liquidación: la capacidad de expresarse con verdad. Las personas empiezan a decir lo que creen que el mercado quiere oír, no lo que realmente son. Se esconden detrás de títulos, de cargos pasados, de logros antiguos. Pero el mundo ya no contrata pasado. Contrata presencia.

La reflexión de Liz Sarmina, que inspira este texto, toca un punto clave: sí es posible conseguir empleo después de una liquidación, pero no desde el mismo lugar interno. Y aquí quiero ir más profundo. Porque no se trata solo de “cómo explicarlo en una entrevista”. Se trata de cómo te explicas tú lo que pasó. Si internamente sigues sintiéndote descartado, el lenguaje no verbal, la energía, incluso la forma de mirar, lo va a transmitir. Pero si logras resignificar la liquidación como un cierre necesario para una evolución pendiente, todo cambia.

He acompañado procesos donde una liquidación fue el empujón que la vida necesitaba para que una persona dejara un rol que ya no le correspondía. Personas que estaban agotadas, desalineadas, sobreviviendo más que viviendo. El sistema las sostuvo, sí, pero también las anestesió. Cuando el sistema se cae, aparece la pregunta esencial: ¿quién soy sin este cargo? Y esa pregunta, aunque incómoda, es profundamente espiritual.

Desde la inteligencia emocional sabemos que no podemos avanzar sin integrar la emoción. Desde la inteligencia artificial sabemos que el mundo valora cada vez más la capacidad de aprender, desaprender y reaprender. Y desde la espiritualidad sabemos que todo cierre trae una semilla si se mira con conciencia. El problema no es la liquidación. El problema es intentar volver al mismo molde en un mundo que ya no existe.

También he visto el otro extremo: personas que, después de una liquidación, despiertan. Se forman, se actualizan, revisan su historia, descubren talentos olvidados y redefinen su narrativa. No niegan lo que pasó, pero no se quedan atrapadas ahí. Hablan con serenidad, con madurez, sin resentimiento. Y eso, créanme, se siente poderoso en cualquier proceso de selección o de creación de proyectos propios.

En este punto es importante decir algo con total honestidad: no todas las personas necesitan “otro empleo”. Algunas necesitan un rediseño profundo de su relación con el trabajo. En Todo En Uno.Net, desde hace años, hablamos de arquitecturas empresariales y de vida, porque entendimos que seguir parchando estructuras viejas no funciona. A veces el alma pide coherencia, no estabilidad. Y eso requiere valentía.

Culturalmente nos enseñaron a agradecer cualquier empleo. Espiritualmente, estamos llamados a servir desde donde somos más auténticos. Tecnológicamente, el mundo nos ofrece herramientas impensables hace diez años. Empresarialmente, el valor ya no está solo en ejecutar, sino en pensar, decidir y crear con criterio. Todo converge en un punto: la liquidación no te define; lo que haces después, sí.

Si estás leyendo esto y pasaste por una liquidación, quiero que sepas algo: no estás roto. Estás en transición. Y las transiciones, aunque incómodas, son sagradas. Son esos momentos donde la vida te quita el ruido para que puedas escucharte. Donde el miedo convive con la posibilidad. Donde el ego se resiste, pero la conciencia empieza a hablar.

No minimices lo que sientes, pero tampoco te quedes ahí. Honra tu historia, pero no te encierres en ella. El mundo necesita personas íntegras, no currículos perfectos. Necesita seres humanos capaces de mirarse, reinventarse y aportar desde un lugar más consciente. Y eso, paradójicamente, muchas veces solo ocurre después de una caída.

Cierro con una reflexión que acompaño a muchos líderes y emprendedores: a veces la vida no te quita el empleo; te quita la excusa para no vivir tu verdadero propósito. Y cuando entiendes eso, el miedo se transforma en camino.

Si este texto resonó contigo, no lo guardes solo para ti. Compártelo con alguien que hoy esté viviendo una transición silenciosa. Y si sientes que es momento de conversar, de ordenar ideas o de rediseñar tu camino con criterio y consciencia, puedes agendar una charla conmigo. No para darte respuestas rápidas, sino para ayudarte a hacer las preguntas correctas.

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Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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