¿En qué momento normalizamos que la intimidad se convirtiera en mercancía y la confianza en un arma contra nosotros mismos? No lo pregunto desde el juicio, sino desde una inquietud profunda que me acompaña desde hace años, mientras observo cómo la tecnología —que nació para acercarnos— también puede amplificar nuestras sombras cuando no está guiada por criterio, conciencia y humanidad.
El fenómeno del e-whoring, del que hoy se habla con mayor frecuencia en medios y conversaciones digitales, no es solo una estafa más. Es un síntoma. Un reflejo incómodo de una sociedad cansada, fragmentada, ansiosa por reconocimiento y validación inmediata. Desde mi experiencia como ingeniero de sistemas, administrador de empresas y mentor de líderes desde 1988, he aprendido que los problemas verdaderamente complejos nunca son solo técnicos: siempre son humanos, culturales y espirituales.
He visto de cerca cómo personas jóvenes —y no tan jóvenes— terminan atrapadas en dinámicas digitales que prometen dinero rápido, atención o afecto, y que luego derivan en chantaje, manipulación emocional y daño profundo a la autoestima. No siempre comienza con una mala intención. Muchas veces inicia con una conversación aparentemente inofensiva, con alguien que escucha, valida, acompaña. Luego viene la solicitud “especial”, la confianza mal puesta, el archivo enviado, y finalmente el miedo. El miedo a ser expuesto. El miedo a perder reputación, familia, trabajo, dignidad.
En mis años de consultoría he acompañado casos reales —algunos desde el silencio— donde profesionales, estudiantes, madres y padres de familia han llegado rotos, no solo por la estafa económica, sino por la culpa y la vergüenza. Y aquí es donde quiero detenerme con especial cuidado: la vergüenza paraliza, aísla y enferma. El error puede corregirse; la dignidad no se pierde por haber confiado. Se pierde cuando dejamos de mirarnos con compasión y responsabilidad.
Como sociedad hemos delegado demasiado en la tecnología sin fortalecer la educación emocional y digital. Sabemos usar plataformas, pero no siempre sabemos cuidarnos en ellas. Enseñamos a “no dar clic en enlaces sospechosos”, pero no a reconocer vínculos tóxicos, dinámicas de manipulación o señales tempranas de abuso digital. Y el e-whoring se alimenta precisamente de esas grietas: la soledad, la necesidad de aprobación, la urgencia económica, la ausencia de conversación honesta sobre límites y autocuidado.
Desde una mirada espiritual —no religiosa, sino profundamente humana— creo que este fenómeno nos invita a una revisión colectiva. ¿Qué vacíos estamos intentando llenar con validación externa? ¿Qué conversaciones no estamos teniendo en casa, en la escuela, en la empresa? En el Eneagrama, el Camino de Vida 3 —con el que me identifico— habla del valor de la expresión auténtica. Pero cuando la expresión se desconecta del amor propio, se convierte en una máscara que otros pueden usar en nuestra contra.
También hay una responsabilidad empresarial y tecnológica. Las plataformas no son neutrales. Los algoritmos amplifican comportamientos, y cuando el negocio se basa solo en atención y consumo, el ser humano queda relegado. Por eso, desde Todo En Uno.Net y desde mi trabajo en protección de datos y cultura digital responsable, insisto en que la transformación digital sin transformación humana es una trampa elegante. No basta con cumplir normas; hay que formar criterio.
He aprendido que la verdadera prevención no nace del miedo, sino del conocimiento con sentido. Hablar de estos temas sin morbo, sin señalar, sin minimizar. Entender que pedir ayuda es un acto de valentía. Que denunciar es un derecho. Que acompañar es una responsabilidad colectiva. Y que la tecnología, bien usada, también puede ser un canal de sanación, educación y reconstrucción de confianza.
Si algo me han enseñado casi cuatro décadas de vida profesional y personal es que toda crisis trae una oportunidad de conciencia. El e-whoring nos confronta con preguntas incómodas, pero necesarias. Nos recuerda que la intimidad es sagrada, que la dignidad no se negocia y que el criterio es hoy una de las habilidades más urgentes del siglo XXI.
No escribo esto para alarmar, sino para despertar. Para que conversemos más, juzguemos menos y actuemos con mayor responsabilidad. Para que acompañemos a quienes han caído sin revictimizarlos. Para que eduquemos desde el ejemplo. Y para que recordemos que, incluso en la era digital, seguimos siendo profundamente humanos.
Porque cuando la tecnología avanza más rápido que la conciencia, el precio siempre lo paga el ser humano. Y ese es un costo que, como sociedad, ya no podemos seguir ignorando.
Si este mensaje resonó contigo o con alguien que amas, no lo guardes en silencio. Conversemos. A veces una charla a tiempo puede evitar una herida profunda o ayudar a sanar una ya existente. Puedes agendar un espacio de conversación consciente conmigo o compartir este texto con quien lo necesite hoy. La prevención comienza con una conversación honesta.
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