¿Y si te dijera que hay un gimnasio al que entras todos los días, pero casi nunca entrenas de forma consciente? No tiene espejos ni máquinas, no huele a sudor ni a metal, y no te exige una membresía mensual. Está contigo desde que naciste. Vive en tu cuerpo, en tu historia, en tu memoria emocional y en tu forma de amar, de desear, de vincularte. Ese gimnasio —del que poco se habla con honestidad— es el del placer, del autocuidado íntimo, del respeto por el propio cuerpo y por el cuerpo del otro. Y como todo gimnasio que se abandona, cuando no se entrena con conciencia, termina pasando factura.
He acompañado a personas durante décadas en procesos empresariales, tecnológicos, humanos y espirituales. He visto líderes brillantes quebrarse por dentro, parejas exitosas en lo económico pero rotas en lo íntimo, seres humanos disciplinados en el trabajo pero desconectados de su propio cuerpo. Y he aprendido algo que hoy afirmo con serenidad: no existe transformación real si el cuerpo queda excluido del proceso de conciencia. No existe liderazgo sano cuando el deseo se vive desde la culpa, el miedo o el automatismo. No existe espiritualidad profunda cuando se niega la experiencia corporal.
Durante muchos años, en nuestra cultura latinoamericana —y especialmente en Colombia— aprendimos a dividirlo todo. El cuerpo por un lado, la mente por otro, la espiritualidad en un cajón aparte y la sexualidad, si acaso, en el rincón del silencio o del chiste incómodo. Se nos enseñó a trabajar duro, a producir, a cumplir, pero no a sentir, no a escuchar el cuerpo, no a entrenar el placer desde la conciencia. Y como todo lo que no se nombra, termina manifestándose de formas torcidas: ansiedad, compulsiones, infidelidades, adicciones, vacío, desconexión.
He visto personas que pueden sostener reuniones de ocho horas, dirigir equipos de cientos de personas, implementar tecnologías complejas, pero que no saben leer una señal básica de su propio cuerpo. No saben cuándo están tensos, cuándo están cansados emocionalmente, cuándo su deseo está apagado o desbordado. No saben pedir, no saben recibir, no saben habitar el silencio compartido. Y eso no es un problema menor. Es una señal clara de analfabetismo corporal y emocional.
El cuerpo no es un accesorio del alma. Es su territorio. Es el primer lenguaje que aprendimos a hablar. Antes de pensar, sentimos. Antes de razonar, respiramos. Antes de decidir, el cuerpo ya sabía. Pero nos entrenaron para ignorarlo. Nos dijeron que sentir demasiado era debilidad, que el placer distraía, que el deseo debía reprimirse o desbordarse sin conciencia. Nadie nos habló del entrenamiento fino, paciente y respetuoso del deseo. Nadie nos enseñó que la intimidad también se cultiva, que el erotismo se entrena, que la conexión profunda requiere presencia, no rendimiento.
En más de una conversación privada, hombres y mujeres —líderes, profesionales, emprendedores— me han confesado algo que se repite con una frecuencia inquietante: “Julio, tengo éxito afuera, pero por dentro me siento desconectado”, “Cumplo, pero no disfruto”, “Estoy con alguien, pero no estoy presente”. Y no lo dicen con morbo ni con culpa, lo dicen con tristeza. Con esa tristeza silenciosa de quien intuye que la vida podría sentirse más viva.
Aquí es donde entra una mirada más amplia, más humana y más honesta. El deseo no es solo sexual. Es energía vital. Es impulso creativo. Es capacidad de encuentro. Cuando el deseo se bloquea o se distorsiona, también se afecta la creatividad, la toma de decisiones, la forma de liderar, la manera de relacionarnos con el dinero, con el tiempo, con los otros. Un líder desconectado de su cuerpo suele ser un líder desconectado de su equipo. Un emprendedor que vive en tensión permanente termina construyendo empresas tensas. Un ser humano que no se permite sentir termina automatizando su vida.
Desde una mirada espiritual madura —no dogmática, no culposa— el cuerpo no es enemigo del alma. Es su vehículo. El problema no es el placer; el problema es la inconsciencia. No es el deseo lo que nos pierde, es la falta de presencia. Y esto lo he confirmado tanto en conversaciones íntimas como en procesos de mentoría empresarial. La conciencia corporal no te quita foco, te lo devuelve. No te debilita, te enraíza. No te dispersa, te habita.
Vivimos en una época paradójica. Hablamos de inteligencia artificial, de automatización, de datos, de algoritmos, pero seguimos siendo analfabetas emocionales. Sabemos optimizar procesos, pero no sabemos escuchar el cuerpo. Sabemos medir indicadores, pero no sabemos leer señales internas. Y la tecnología, bien entendida, no viene a reemplazar lo humano; viene a recordarnos lo que no puede ser automatizado: la presencia, el contacto real, la intimidad consciente, el encuentro genuino.
En mis propios procesos personales he aprendido —a veces con dolor, a veces con gratitud— que el cuerpo guarda memoria. Guarda historias no dichas, afectos no resueltos, deseos postergados, miedos heredados. Ignorarlo no lo hace desaparecer. Escucharlo con respeto lo transforma. El entrenamiento íntimo no tiene que ver con técnicas vacías, sino con atención plena. Con respiración consciente. Con honestidad emocional. Con la capacidad de estar sin prisa. Con aprender a habitar el silencio sin huir.
Y aquí quiero ser claro: no hablo de exhibicionismo, ni de banalización, ni de consumo rápido del placer. Hablo de responsabilidad emocional. Hablo de madurez. Hablo de aprender a estar en el cuerpo con la misma disciplina con la que entrenamos la mente o el negocio. Porque cuando el cuerpo se integra, la vida se ordena de otra manera. Las decisiones se vuelven más coherentes. Las relaciones más honestas. El liderazgo más humano.
He visto personas sanar relaciones cuando dejaron de exigirse rendimiento y empezaron a entrenar presencia. He visto líderes recuperar creatividad cuando aprendieron a bajar la guardia corporal. He visto parejas reencontrarse cuando dejaron de repetir guiones aprendidos y se permitieron escucharse de verdad. Nada de eso ocurre por casualidad. Ocurre cuando se entrena lo invisible.
Tal vez por eso este tema incomoda. Porque nos confronta con una verdad simple: nadie nos enseñó a entrenar el cuerpo desde la conciencia. Nos dejaron solos con el deseo, con la culpa o con el exceso. Y hoy, como adultos, nos toca reaprender. Con humildad. Con paciencia. Con respeto por nuestra historia y la del otro.
Si algo he aprendido como ingeniero, administrador, mentor y ser humano, es que los sistemas más frágiles son los que niegan partes de sí mismos. Lo mismo ocurre con las personas. Integrar no es mezclarlo todo sin criterio. Integrar es darle a cada dimensión su lugar. El cuerpo no manda, pero tampoco obedece ciegamente. Dialoga. Avisa. Acompaña. Cuando lo escuchamos, se convierte en aliado.
Quizá este sea un buen momento para hacerte una pregunta honesta, sin juicio y sin prisa: ¿cómo está hoy tu relación con tu propio cuerpo? ¿Lo habitas o solo lo usas? ¿Lo escuchas o lo silencias? ¿Lo entrenas desde la conciencia o desde la exigencia? No necesitas responderle a nadie más. Solo a ti.
Porque al final, el verdadero gimnasio no es el que fortalece músculos visibles, sino el que fortalece la capacidad de estar presente en tu propia vida. Y ese entrenamiento, aunque nadie te lo haya enseñado, aún estás a tiempo de empezarlo.
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