Cuando la mente no ve imágenes: lo invisible también construye realidad



Hay una pregunta que hago con frecuencia en mis charlas y mentorías, y casi siempre genera silencio: ¿alguna vez has supuesto que todos piensan, sienten y perciben el mundo de la misma forma que tú? La mayoría asiente sin decirlo, porque damos por hecho que nuestra manera de imaginar, recordar y proyectar es universal. Sin embargo, no lo es. Descubrirlo no solo transforma la forma como entendemos la mente humana, sino también cómo lideramos, educamos, acompañamos y diseñamos empresas en un mundo cada vez más complejo y diverso.

Hace algunos años conocí el término afantasía. No desde un artículo científico, sino desde una conversación cotidiana. Una persona brillante, estratégica, metódica, me confesó algo que me dejó pensando durante semanas: “Julio, cuando tú hablas de visualizar, yo no veo nada. No es metáfora. No veo imágenes en mi mente”. Al principio pensé que se trataba de una forma de hablar, pero no. Era literal. Su mente no generaba imágenes mentales. No podía “ver” recuerdos, ni imaginar escenarios, ni proyectarse visualmente en el futuro. Y aun así, era profundamente inteligente, sensible y funcional.

Con el tiempo comprendí que la afantasía no es una enfermedad en el sentido clásico, sino una condición neurológica en la que la capacidad de crear imágenes mentales está ausente o muy limitada. No implica falta de imaginación, creatividad o emoción. Implica algo más profundo: una forma distinta de habitar la mente. Y cuando uno lo entiende desde la experiencia humana, no desde la etiqueta clínica, el tema deja de ser médico y se vuelve existencial, cultural y hasta espiritual.

Vivimos en una sociedad obsesionada con la visualización. “Visualiza tus metas”, “imagina el éxito”, “mírate logrando tus sueños”. En el mundo del desarrollo personal, del liderazgo y del emprendimiento, la imagen mental se ha convertido casi en un dogma. Pero ¿qué ocurre con quienes no pueden visualizar? ¿Están condenados a no soñar? ¿A no crear? ¿A no trascender? Mi respuesta, desde la experiencia de vida y trabajo con cientos de personas, es clara: no solo no están limitados, sino que muchas veces desarrollan capacidades que otros no tienen.

He acompañado empresarios que no pueden imaginar una escena, pero que razonan con una claridad conceptual impresionante. Personas que no recuerdan rostros, pero que entienden patrones, sistemas y relaciones de causa y efecto con una profundidad admirable. En ellos, la memoria no es visual, sino semántica, emocional o lógica. No “ven” el pasado, pero lo comprenden. No “ven” el futuro, pero lo estructuran. Y eso cambia por completo la manera de liderar, de enseñar y de construir equipos.

Desde mi formación como ingeniero de sistemas, siempre he creído que la mente humana funciona como un ecosistema, no como un módulo único. No todos los sistemas procesan la información igual, y eso no los hace mejores o peores. Los hace distintos. La afantasía nos recuerda algo que en las empresas olvidamos con frecuencia: diseñamos procesos, capacitaciones y estrategias pensando que todos procesan igual la información. Y no es así. Algunos piensan en imágenes, otros en palabras, otros en sensaciones, otros en estructuras. La diversidad cognitiva no es un discurso inclusivo bonito; es una realidad operativa que impacta resultados.

Desde lo espiritual, este tema me ha llevado a una reflexión aún más profunda. Durante años se ha asociado la espiritualidad con la visualización: imaginar luz, escenas, símbolos, rostros. Pero la espiritualidad no es imagen; es conciencia. Hay personas que no ven imágenes, pero sienten con una profundidad inmensa. Otras no sienten emociones intensas, pero tienen una ética y una coherencia que conmueven. La conexión con lo trascendente no pasa por la retina interna, sino por la presencia, el sentido y la intención. Lo invisible no siempre se ve; muchas veces se vive.

En el Eneagrama, herramienta que he integrado de forma consciente en mi trabajo, he observado algo interesante: personas de distintos tipos procesan la realidad de maneras radicalmente distintas, independientemente de si tienen afantasía o no. Un Camino de Vida 3, como el mío desde la numerología, suele expresarse, comunicar y crear desde la palabra y la acción. Para alguien así, la imagen puede ser secundaria. Esto me ha llevado a cuestionar muchos modelos de desarrollo personal que imponen una sola forma de “hacerlo bien”, sin respetar la diversidad neurológica y existencial del ser humano.

La inteligencia artificial ha abierto una ventana fascinante en este tema. Hoy, personas con afantasía pueden apoyarse en herramientas que traducen conceptos en imágenes externas, no mentales. No para “corregirse”, sino para ampliar su repertorio. Y aquí aparece una lección clave para las empresas y la educación: la tecnología, bien usada, no reemplaza la mente humana; la complementa. Cuando entendemos cómo piensa cada persona, podemos usar la tecnología para potenciar, no para homogeneizar.

He visto líderes frustrados porque su equipo “no visualiza la visión”. Y he visto equipos brillantes bloqueados porque el líder solo sabe comunicar en imágenes motivacionales vacías. Cuando cambiamos el lenguaje y pasamos de “imagina” a “comprende”, de “visualiza” a “estructura”, de “siente la imagen” a “entiende el propósito”, algo se desbloquea. La inclusión cognitiva no es adaptar el mensaje para que suene bonito; es adaptar el mensaje para que llegue de verdad.

Culturalmente, también hay una lección poderosa. En muchas culturas orales, la transmisión del conocimiento no ha dependido de imágenes mentales, sino de relatos, símbolos verbales, ritmos y significados compartidos. La humanidad no avanzó solo porque imaginó imágenes, sino porque construyó sentido. Y el sentido no siempre es visual. A veces es narrativo, a veces es ético, a veces es silencioso.

En lo personal, este tema me confrontó con mi propia manera de acompañar. Durante años hablé de visualizar el futuro, de imaginar escenarios, de “verse” logrando metas. Hoy sigo creyendo en la intención y en la proyección, pero he aprendido a expresarlas de formas más amplias. No todos necesitan ver para avanzar. Algunos necesitan comprender, otros necesitan sentir seguridad, otros necesitan coherencia. El verdadero liderazgo no impone una forma de pensar; crea espacio para que todas las formas florezcan.

Cerrar los ojos y ver una imagen no es sinónimo de conciencia. Hay personas que ven mucho y entienden poco. Y hay personas que no ven nada y comprenden profundamente. La afantasía nos recuerda que la mente humana no es un molde único, y que medir a todos con la misma regla es una forma silenciosa de exclusión. En la empresa, en la educación, en la espiritualidad y en la vida, la verdadera evolución ocurre cuando dejamos de suponer y empezamos a escuchar.

Si algo me ha enseñado el camino, desde 1988 hasta hoy, es que lo humano no se define por lo que falta, sino por lo que se manifiesta de formas distintas. No ver imágenes no es estar incompleto. A veces es simplemente ver el mundo desde otro lugar, igual de válido, igual de profundo y, muchas veces, sorprendentemente lúcido.

Si este texto resonó contigo, tal vez no fue una imagen lo que se activó, sino una comprensión. Si sientes que lideras, educas o acompañas personas y quieres hacerlo desde una mirada más humana y consciente, conversemos. A veces una charla cambia más que mil visualizaciones. Puedes agendar un espacio conmigo o compartir este mensaje con alguien que necesite sentirse comprendido, no encasillado.

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Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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