Cuando el picante revela lo que somos: cuerpo, carácter y conciencia en lo que elegimos consumir



¿Alguna vez te has preguntado por qué hay personas que no pueden vivir sin el picante y otras que lo evitan como si fuera una amenaza? No es solo una cuestión de gusto. Tampoco es únicamente biológica. En mi experiencia de vida —como ingeniero, empresario, mentor y, sobre todo, como observador profundo del comportamiento humano— he aprendido que lo que comemos habla de cómo vivimos, de cómo gestionamos el placer, el dolor, la disciplina y la conciencia. El picante, ese pequeño fuego que entra por la boca y sacude el cuerpo, es una metáfora poderosa de nuestra relación con los excesos, los límites y la sabiduría.

Crecí en una cultura donde la comida no era solo alimento, sino encuentro, conversación, identidad. En Colombia, el picante no siempre ha sido protagonista, pero sí ha estado presente como desafío, como aderezo opcional que algunos buscan con pasión y otros miran con desconfianza. Con los años, viajando, asesorando empresas, compartiendo con líderes de distintas culturas y, sobre todo, escuchando cuerpos y emociones, entendí que el picante no se trata solo de capsaicina, metabolismo o endorfinas. Se trata de conciencia.

Desde lo físico, es innegable que el picante tiene efectos interesantes. Estimula la digestión en ciertas personas, activa la circulación, genera una sensación de bienestar momentáneo gracias a la liberación de endorfinas. He conocido ejecutivos que, en medio de jornadas extenuantes, recurren al picante como una forma de “sentirse vivos”, de romper la monotonía, de provocar una reacción inmediata en el cuerpo cuando la mente está saturada. Sin embargo, también he visto el otro lado: personas con gastritis crónica, estrés no resuelto y una vida acelerada que usan el picante como un castigo silencioso al cuerpo, ignorando señales claras de agotamiento.

Y aquí es donde entra la mirada humanista. El cuerpo siempre habla, pero no siempre lo escuchamos. En consultorías empresariales he visto organizaciones enteras funcionar igual que un estómago irritado: exceso de presión, decisiones impulsivas, poca escucha interna. El picante, cuando se consume sin conciencia, puede agravar inflamaciones, generar dependencia al estímulo fuerte y enmascarar desequilibrios más profundos. Exactamente lo mismo ocurre en la vida y en los negocios cuando confundimos intensidad con propósito.

Recuerdo un caso muy puntual. Un empresario del sector tecnológico, brillante, visionario, pero completamente desconectado de su cuerpo. Comía rápido, siempre picante, siempre fuerte, siempre “al límite”. Su discurso era claro: “si no arde, no sirve”. Esa misma filosofía la llevaba a su empresa: metas agresivas, poca empatía, alta rotación de personal. Cuando su salud empezó a quebrarse, no fue el picante el enemigo real, fue la falta de equilibrio. El picante solo era el síntoma visible de una vida vivida en modo guerra permanente.

Desde la psicología y la inteligencia emocional —campos que he integrado con la ingeniería y la administración durante décadas— sabemos que la búsqueda constante de estímulos intensos suele estar asociada a personalidades que necesitan sentir control, poder o validación externa. En el Eneagrama, ciertos perfiles buscan la intensidad como forma de sentirse vivos, mientras otros la evitan para no perder estabilidad. Ninguno es mejor que otro. El problema aparece cuando no hay conciencia del porqué.

La numerología, particularmente el Camino de Vida 3 que me acompaña, habla de expresión, disfrute, creatividad y comunicación. Para mí, el picante ha sido siempre una elección ocasional, consciente, celebratoria. No una necesidad diaria. Y eso mismo promuevo en la vida: disfrutar sin depender, saborear sin destruir, experimentar sin perder el centro. La espiritualidad auténtica no niega el placer, pero tampoco lo idolatra.

Culturalmente, el picante también nos enseña algo profundo. En muchas tradiciones ancestrales, el picante se usaba como medicina, como ritual, como elemento de purificación. No era consumo indiscriminado, era uso consciente. Hoy, en una sociedad acelerada, hemos perdido ese respeto por los ritmos del cuerpo. Comemos lo que sea, cuando sea, como sea, y luego pretendemos que una pastilla o una dieta milagro solucione lo que la desconexión causó.

Desde la tecnología y la inteligencia artificial, algo similar está ocurriendo. Buscamos sistemas cada vez más potentes, más rápidos, más “picantes”, sin preguntarnos si nuestra cultura organizacional, nuestra ética y nuestra conciencia están preparadas para gestionarlos. El exceso de estímulo —sea alimentario, digital o emocional— termina saturando. La IA, como el picante, puede ser medicina o veneno, dependiendo de cómo, cuándo y para qué se use. De esto he reflexionado en varias ocasiones en mis espacios de formación y en contenidos que comparto en mis blogs personales y profesionales.

En la empresa, en la familia y en la vida personal, he aprendido que el verdadero liderazgo no está en aguantar más picante que otros, sino en saber cuándo es suficiente. Saber decir “hasta aquí” es un acto de madurez espiritual y estratégica. El cuerpo que se respeta es el mismo que puede sostener proyectos a largo plazo. La mente que escucha es la que innova con sentido. El alma que se honra es la que lidera sin destruir.

No se trata de satanizar el picante ni de glorificarlo. Se trata de observarnos. ¿Por qué lo elijo? ¿Qué busco sentir? ¿Qué estoy tapando? Las mismas preguntas aplican a nuestras decisiones financieras, tecnológicas, emocionales y espirituales. Cuando no escuchamos, el cuerpo grita. Cuando no reflexionamos, la vida nos frena.

Hoy, después de más de tres décadas acompañando procesos humanos y empresariales, puedo decirlo con serenidad: la conciencia es el verdadero ingrediente que transforma cualquier experiencia. Comer, trabajar, amar, liderar… todo mejora cuando hay presencia. El picante, como la vida, se disfruta mejor cuando no quema por dentro, sino que despierta.

Cierro con una reflexión que nace de la vivencia, no de la teoría: no necesitas más intensidad, necesitas más sentido. No necesitas probar cuánto aguantas, sino cuánto te escuchas. Cuando aprendes a honrar tu cuerpo, tu historia y tu propósito, incluso el picante encuentra su lugar justo, sin excesos, sin culpas, sin daños.

Si este texto te llevó a pensar en tus propios excesos, en cómo te tratas y en cómo lideras tu vida, quizás sea momento de una conversación honesta. Puedes agendar una charla conmigo, unirte a nuestras comunidades de reflexión consciente, o simplemente compartir este mensaje con alguien que esté viviendo demasiado “al límite”. A veces, una lectura a tiempo también sana.
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Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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