¿En qué momento aceptamos, casi sin darnos cuenta, que traer vida al mundo podía convertirse en un freno para los sueños, los talentos y las trayectorias profesionales de una mujer? ¿Cuándo normalizamos que la maternidad fuera vista como un “riesgo laboral” y no como una expresión profunda de humanidad, continuidad y propósito? Estas preguntas no son retóricas; son heridas abiertas que atraviesan empresas, hogares y culturas enteras, y que hoy vuelven al centro del debate con la propuesta de una licencia parental que busca que el embarazo no frene la carrera de las mujeres.
He vivido lo suficiente —y trabajado lo suficiente— para ver cómo este tema ha sido tratado desde extremos igualmente peligrosos: desde la negación silenciosa, donde se espera que la mujer “se las arregle”, hasta discursos bien intencionados pero desconectados de la realidad organizacional y humana. Por eso, cuando escucho esta propuesta, no la leo solo como una iniciativa legal o política. La leo como un espejo. Un espejo que nos obliga a preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo y, sobre todo, qué tipo de empresas decimos liderar.
Durante décadas he acompañado organizaciones, líderes y emprendedores. He visto mujeres extraordinarias abandonar proyectos que amaban porque la maternidad se convirtió en una culpa, en una carga o en una amenaza velada. También he visto hombres que querían estar presentes, pero a quienes nadie les dio el permiso cultural para hacerlo. Y he visto empresas perder talento valioso no por falta de capacidad, sino por falta de conciencia.
Aquí es donde quiero detenerme un momento, porque este tema no se resuelve solo con leyes, aunque las leyes sean necesarias. Se resuelve con un cambio de paradigma. Con entender que la vida no compite con la productividad, sino que la sostiene. Que una organización que no sabe integrar la vida termina vaciándose de sentido, aunque sus indicadores financieros luzcan impecables.
Desde una mirada humanista —y profundamente espiritual, aunque algunos se incomoden con la palabra— la maternidad y la paternidad no son interrupciones del camino profesional, sino momentos de expansión de la conciencia. Traer vida transforma. Amplía la empatía, reordena prioridades, despierta una inteligencia emocional que ningún MBA enseña. ¿Por qué, entonces, seguimos tratando este proceso como una anomalía que hay que “administrar”?
Recuerdo el caso de una gerente brillante, con resultados sobresalientes, que al quedar embarazada empezó a notar cambios sutiles: reuniones a las que ya no la invitaban, proyectos estratégicos que “casualmente” se reasignaban, comentarios disfrazados de preocupación. Nadie la despidió. Nadie fue explícito. Simplemente, el sistema empezó a cerrarse. Cuando hablamos de que el embarazo frena carreras, hablamos de esto. De silencios, de decisiones pequeñas, de culturas que dicen una cosa y hacen otra.
Y aquí entra un elemento que pocas veces se menciona: la tecnología. Estamos en una era donde el trabajo remoto, los esquemas híbridos, la automatización y la inteligencia artificial permiten rediseñar el trabajo de formas impensables hace apenas diez años. Insistir en modelos rígidos, presenciales y deshumanizados ya no es un problema de viabilidad técnica; es un problema de mentalidad. Hoy sí es posible crear entornos laborales que acompañen la maternidad y la paternidad sin sacrificar resultados. Lo que falta no es capacidad, es voluntad consciente.
Desde mi experiencia como ingeniero de sistemas, he visto cómo la tecnología se implementa para optimizar costos, acelerar procesos y aumentar control. Pero cuando se usa con conciencia, también puede humanizar. Puede permitir que una madre no tenga que elegir entre amamantar y cumplir, que un padre pueda estar presente sin sentir que está “fallando” al trabajo, que los equipos se midan por impacto y no por horas sentadas frente a una pantalla.
Aquí también aparece una dimensión cultural profunda, especialmente en contextos como el nuestro. En Latinoamérica, y particularmente en Colombia, seguimos cargando creencias heredadas: la mujer cuidadora, el hombre proveedor, la empresa como espacio separado de la vida personal. Estas creencias no solo son antiguas; son ineficientes. Y más grave aún, son injustas.
Desde una mirada simbólica —que integra herramientas como el Eneagrama o la numerología— estamos en un momento de tránsito colectivo. El Camino de Vida 3, que tanto resuena conmigo, habla de expresión, creatividad y comunicación auténtica. Tal vez esta conversación sobre licencias parentales sea una invitación a expresarnos como sociedad, a decir en voz alta que queremos modelos laborales más humanos, más coherentes con la vida real.
No se trata de “favorecer” a las mujeres. Se trata de dejar de penalizar la vida. Se trata de entender que cuidar no es lo opuesto a producir, sino una forma más profunda de sostener lo que producimos. Una empresa que no sabe cuidar a quienes dan vida —literal o simbólicamente— tarde o temprano se vuelve estéril.
También quiero decir algo incómodo: las licencias, por sí solas, no bastan. Si no van acompañadas de una transformación cultural, de líderes conscientes, de políticas claras y de conversaciones honestas, se quedarán en el papel. He visto organizaciones cumplir la norma mientras perpetúan el prejuicio. Y he visto otras, sin grandes discursos, crear entornos donde la maternidad no se vive como una amenaza, sino como parte natural del ciclo humano.
Este es un llamado, especialmente, a quienes lideran. Liderar no es solo tomar decisiones estratégicas; es modelar humanidad. Es preguntarse cómo nuestras políticas impactan vidas reales. Es atreverse a rediseñar estructuras que ya no sirven. Es entender que el verdadero liderazgo no se mide solo en utilidades, sino en la huella que dejamos en las personas.
Si este tema resuena contigo desde una perspectiva organizacional, he compartido reflexiones similares sobre liderazgo consciente y transformación humana en espacios como https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/ y desde una mirada más personal en https://juliocmd.blogspot.com/. No como recetas, sino como invitaciones a pensar distinto.
Quiero cerrar con una reflexión que me acompaña hace años: una sociedad que obliga a elegir entre la vida y el trabajo ha perdido el rumbo. Una empresa que no sabe integrar ambas cosas puede ser eficiente, pero difícilmente será sabia. Y hoy, más que eficiencia, necesitamos sabiduría aplicada.
Que esta conversación no se quede en titulares. Que llegue a las salas de juntas, a las políticas internas, a las decisiones cotidianas. Que entendamos, de una vez por todas, que la vida no es un obstáculo para la carrera; es su razón más profunda.
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