¿En qué momento normalizamos vivir rodeados de cosas que usamos unos minutos y tardan siglos en desaparecer? Esta pregunta me ha acompañado durante años, mucho antes de que hablar de sostenibilidad se volviera una tendencia, un hashtag o una obligación legal. La prohibición del plástico de usar y tirar —los pitillos, los cubiertos, los vasos desechables— no es solo una noticia más del mundo moderno; es un espejo incómodo que nos obliga a mirarnos como sociedad, como empresarios, como padres, como seres humanos que dicen amar la vida, pero que muchas veces actúan como si el planeta fuera descartable.
He aprendido, desde mi experiencia como ingeniero de sistemas, administrador de empresas y mentor de líderes desde 1988, que las transformaciones reales no comienzan en las leyes, sino en la conciencia. Las normas llegan después, cuando ya es evidente que seguir igual nos conduce al colapso. El plástico de un solo uso es, en esencia, una metáfora perfecta de nuestra cultura: rápido, cómodo, barato en apariencia, pero profundamente costoso en el largo plazo. Y no solo en términos ambientales, sino éticos, espirituales y culturales.
Durante años acompañé organizaciones obsesionadas con la eficiencia inmediata. Reducir costos, acelerar procesos, vender más, producir más. Nada de eso es malo en sí mismo; el problema surge cuando el propósito desaparece y el impacto deja de importar. Vi empresas crecer financieramente mientras empobrecían su entorno. Vi ríos convertidos en vertederos invisibles, comunidades resignadas a convivir con residuos que no generaron, y líderes convencidos de que “eso no es problema nuestro”. Ahí entendí que la sostenibilidad no es un asunto ambiental, sino profundamente humano.
Cuando hoy se habla de prohibir plásticos de un solo uso, muchos reaccionan desde la incomodidad: “¿y ahora qué hacemos?”, “esto encarece todo”, “otra carga más para el empresario”. Lo comprendo, porque he estado ahí. Pero también sé, con la misma certeza, que toda incomodidad es una invitación a evolucionar. Lo mismo ocurrió cuando se habló de protección de datos, de seguridad de la información, de transformación digital. Al principio parecía una imposición; con el tiempo, se convirtió en ventaja competitiva para quienes entendieron el fondo del asunto. En eso profundizo constantemente desde https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/, porque proteger datos y proteger el planeta parten del mismo principio: respeto por lo que no nos pertenece del todo.
La espiritualidad, lejos de ser un discurso etéreo, nos recuerda algo esencial: no somos dueños de nada, somos custodios temporales. Cada pitillo que usamos cinco minutos y tiramos sin pensar es una decisión espiritual, aunque no lo parezca. Es una declaración silenciosa sobre cómo nos relacionamos con la vida. Desde el Eneagrama, el Camino de Vida 3 que me acompaña me ha enseñado el poder de comunicar y crear conciencia, no desde la culpa, sino desde la inspiración. No se trata de señalar al consumidor, sino de invitarlo a despertar.
He visto pequeños negocios transformarse cuando deciden eliminar el plástico de un solo uso, no porque la ley los obligue, sino porque entendieron que su marca también comunica valores. Un café que cambia el pitillo plástico por uno reutilizable no solo reduce residuos; cuenta una historia. Y hoy, más que nunca, las marcas que cuentan historias auténticas sobreviven. De esto hablo con frecuencia en https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/, donde el liderazgo consciente deja de ser discurso y se convierte en práctica cotidiana.
La tecnología, bien entendida, no es enemiga de la sostenibilidad. Al contrario, es una gran aliada. Innovación en materiales, trazabilidad de residuos, economía circular, inteligencia artificial aplicada a procesos más limpios. El problema no es la tecnología, es la intención que la dirige. Una IA sin conciencia puede optimizar la producción de plástico; una IA consciente puede ayudar a reducirlo, medir su impacto y proponer alternativas viables. La diferencia está en quién toma las decisiones y desde dónde lo hace.
Culturalmente, venimos de generaciones educadas para “no desperdiciar”, pero paradójicamente adoptamos una cultura del descarte. Nuestros abuelos reutilizaban todo; nosotros lo tiramos todo. No porque seamos peores, sino porque el sistema nos enseñó que lo nuevo vale más que lo duradero. Prohibir los plásticos de un solo uso no es ir contra el progreso; es recuperar una sabiduría antigua con herramientas modernas. Es unir pasado y futuro en un presente más responsable.
Desde mi vivencia personal, he tenido que revisar hábitos incómodos. No desde la perfección, sino desde la coherencia. Cambiar no siempre es cómodo, pero siempre es revelador. Cada vez que elijo conscientemente, siento que estoy alineando lo que pienso, lo que digo y lo que hago. Esa alineación es, para mí, la verdadera espiritualidad aplicada a la empresa y a la vida.
Este debate no es solo ambiental, es profundamente ético. ¿Qué mundo estamos diseñando con cada decisión cotidiana? ¿Qué legado dejamos cuando priorizamos la comodidad sobre la responsabilidad? La prohibición del plástico de usar y tirar es solo un paso, pero un paso simbólico y poderoso. Nos recuerda que no todo lo legal es suficiente y que lo correcto va más allá de la norma.
Si algo he aprendido en estos años es que las transformaciones más duraderas no se imponen, se comprenden. Y cuando se comprenden, se abrazan. Hoy no te invito a estar de acuerdo con todo, sino a reflexionar. A mirar ese objeto cotidiano que usas y preguntas: ¿realmente lo necesito? ¿Qué impacto tiene? ¿Qué historia cuenta de mí?
Porque al final, cuidar el planeta no es una moda verde ni una obligación estatal. Es un acto de amor silencioso hacia la vida que continúa después de nosotros. Y cuando ese amor se integra a la empresa, a la tecnología y a la espiritualidad, deja de ser sacrificio y se convierte en propósito.
Si este texto resonó contigo, quizá no fue casualidad. Tal vez es momento de conversar, de cuestionar hábitos, de repensar tu liderazgo o tu empresa desde un lugar más consciente. Puedes agendar una charla conmigo, unirte a nuestra comunidad o simplemente compartir este mensaje con alguien que lo necesite hoy. A veces, una conversación a tiempo también cambia el mundo.
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