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No somos recursos: somos personas con historia, conciencia y propósito

¿En qué momento aceptamos, casi sin darnos cuenta, que nos llamaran “recursos”? ¿En qué instante normalizamos que la vida humana pudiera ser tratada como una línea más en un Excel, como un costo optimizable, como una variable prescindible dentro de un modelo de eficiencia? Esta pregunta no es retórica. Es incómoda. Y precisamente por eso es necesaria.

He pasado más de tres décadas caminando organizaciones, empresas, instituciones públicas y privadas, emprendimientos nacientes y compañías maduras. He visto balances financieros impecables sostenidos sobre equipos rotos por dentro. He acompañado líderes bien intencionados que, sin notarlo, se desconectaron de la humanidad de quienes los rodeaban. Y también he sido testigo de organizaciones que, al poner a la persona en el centro, lograron resultados extraordinarios sin sacrificar el alma en el camino.

No hablo desde la teoría. Hablo desde la vivencia. Desde la observación profunda de lo humano en contextos de presión, cambio tecnológico acelerado, crisis económicas, transformaciones culturales y, ahora, irrupciones masivas de inteligencia artificial. Todo eso me ha llevado a una convicción firme: cuando una empresa olvida que trabaja con personas y no con “recursos”, comienza un deterioro silencioso que tarde o temprano pasa factura.

El lenguaje no es inocente. Las palabras crean realidades. Cuando llamamos “recurso humano” a una persona, la estamos ubicando en el mismo plano semántico que una máquina, un insumo o un activo depreciable. No importa cuántos discursos de bienestar se pronuncien después; el mensaje profundo ya quedó sembrado. Y lo he visto repetirse una y otra vez: procesos impecables, indicadores verdes, pero seres humanos emocionalmente agotados, desconectados de su propósito, sobreviviendo a la semana laboral como quien espera el final de una tormenta.

Recuerdo una empresa mediana, familiar, con más de veinte años de historia. Creció rápido, se profesionalizó, contrató consultores, implementó metodologías ágiles, tableros de control, OKR y KPIs. Todo parecía ir bien… hasta que empezó la rotación silenciosa. No renunciaban los menos competentes, renunciaban los más conscientes. Los que hacían preguntas incómodas. Los que pedían coherencia. Cuando conversé con algunos de ellos, una frase se repetía: “Aquí ya no somos personas, somos funciones”. Esa empresa no tenía un problema técnico. Tenía un problema humano.

Desde la psicología, la neurociencia y la experiencia organizacional sabemos algo elemental: las personas no se comprometen con sistemas, se comprometen con sentidos. El cerebro humano necesita significado, reconocimiento, pertenencia. No basta con salario, no basta con beneficios. Cuando el trabajo pierde sentido, el cuerpo va, pero el alma se retira. Y una organización llena de cuerpos sin alma puede operar un tiempo, pero no puede innovar, ni sostener cultura, ni crear futuro.

Aquí es donde mi mirada humanista se cruza con la tecnología. Porque muchos creen que hablar de humanidad es hablar de algo “blando”, opuesto a la eficiencia o al progreso. Nada más lejos de la realidad. La verdadera transformación digital no comienza con software, comienza con conciencia. He visto implementaciones tecnológicas fracasar no por la herramienta, sino porque se ignoró el factor humano: miedos, resistencias, historias, heridas, talentos no escuchados. La tecnología amplifica lo que ya somos. Si somos deshumanizados, la tecnología acelera la deshumanización. Si somos conscientes, la tecnología se convierte en aliada del bienestar y la evolución.

En estos años también he integrado herramientas como el Eneagrama y la inteligencia emocional no como modas, sino como mapas profundos de comprensión humana. Entender que no todos sentimos, decidimos o reaccionamos igual cambia por completo la forma de liderar. Un líder que se conoce a sí mismo deja de proyectar sus sombras sobre su equipo. Un líder que entiende al otro deja de exigir desde la ceguera. Esto no es espiritualidad abstracta; es gestión consciente aplicada.

Y sí, aquí entra la espiritualidad, no como religión, sino como conexión con sentido. Espiritualidad es recordar que cada persona que entra a una organización trae consigo una historia completa: alegrías, duelos, sueños, miedos, talentos dormidos. Nadie deja su humanidad en la puerta al fichar. Pretenderlo es una ficción peligrosa. Cuando una empresa honra esa totalidad, ocurre algo casi invisible pero poderoso: la gente empieza a florecer. Y cuando las personas florecen, los resultados llegan como consecuencia, no como imposición.

También he visto el otro extremo: empresas que hablan de “personas” solo en el discurso, pero toman decisiones desde el miedo, el control y la desconfianza. Ahí el lenguaje se vuelve maquillaje. Y las personas lo sienten. El ser humano percibe la incoherencia con una precisión asombrosa. No hace falta explicarla; se vive en el ambiente, en las miradas, en los silencios, en las conversaciones de pasillo.

Hoy, con la inteligencia artificial entrando en todos los niveles de la organización, esta reflexión es más urgente que nunca. La pregunta no es si la IA reemplazará tareas. Eso ya está ocurriendo. La pregunta profunda es: ¿qué lugar ocupará lo humano en organizaciones cada vez más automatizadas? Si seguimos pensando a las personas como recursos, la respuesta será fría y funcional. Si empezamos a verlas como personas con conciencia, la IA puede liberar tiempo, energía y creatividad para lo verdaderamente humano: pensar, crear, cuidar, decidir con ética.

Desde mi camino de vida —que la numerología define como un Camino 3, asociado a la expresión consciente, la comunicación y la creatividad— he entendido que estamos en una etapa histórica donde se nos pide decir lo que durante años se calló. Nombrar lo obvio. Recordar lo esencial. Las empresas no se sostienen solo con capital financiero; se sostienen con capital humano consciente, emocional y espiritual.

No propongo romantizar las organizaciones. Propongo humanizarlas con madurez. Humanizar no es permisividad, es responsabilidad compartida. Es entender que la exigencia sin sentido destruye y que el propósito bien comunicado eleva. Es pasar del control a la confianza consciente. Del miedo a la corresponsabilidad. De la gestión de “recursos” al acompañamiento de personas.

Cuando una organización hace este giro, algo profundo cambia. Las conversaciones se vuelven más honestas. El error se convierte en aprendizaje. El liderazgo deja de ser un cargo y se convierte en servicio. Y lo más importante: las personas vuelven a sentirse vistas. Y un ser humano que se siente visto rara vez se desconecta.

Si algo he aprendido desde 1988 hasta hoy es esto: las empresas que trascienden no son las que exprimen más, sino las que comprenden mejor. Las que entienden que cada persona es un universo y no una pieza intercambiable. Las que saben que cuidar a la gente no es un costo, es una inversión ética y estratégica.

Tal vez el verdadero avance no sea tecnológico ni económico, sino semántico y cultural. Tal vez todo comience cuando dejemos de preguntar cómo gestionar recursos humanos y empecemos a preguntarnos cómo acompañar personas en su desarrollo, dentro y fuera de la organización. Porque cuando una persona crece, todo crece con ella.

Y si este mensaje resuena contigo, no es casualidad. Es señal de que algo dentro de ti también pide ser nombrado.

Si sientes que es momento de transformar la forma en que lideras, trabajas o acompañas a otros, conversemos. A veces una charla honesta abre caminos que ningún manual logra. Puedes agendar un espacio conmigo, unirte a nuestras comunidades o simplemente compartir este mensaje con alguien que lo necesite hoy.


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Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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