Hay preguntas que no te dejan dormir: ¿en qué momento dejamos de creer? ¿cuándo nos convertimos en espectadores cansados de un mundo que prometía tanto y terminó anestesiándonos con likes, métricas y productividad sin alma? A veces siento que vivimos un desencanto global, una especie de fatiga existencial que va más allá de las redes sociales o del trabajo, y se instala en la forma en que nos relacionamos con el otro y con nosotros mismos. Lo he visto en empresarios exitosos que llegan a mi consultoría y, a pesar de los balances positivos, confiesan sentirse vacíos; lo he visto en jóvenes que nacieron con la tecnología en las manos y, aun así, sienten que nada los sorprende. Ese desencanto es un lenguaje universal, silencioso, y al mismo tiempo una invitación urgente a replantearnos el sentido.
Cuando hablo de desencantados no hablo solo de frustración personal; hablo de la desconexión con lo esencial. Vivimos en un sistema que nos exige resultados inmediatos, mientras las personas necesitamos procesos para madurar, transformar y sanar. La cultura empresarial en Colombia y en el mundo ha empujado a muchos a competir sin descanso, a innovar sin pausa, a liderar desde la presión y no desde la inspiración. Pero hay una buena noticia: el desencanto, cuando se observa con honestidad, es también un portal. No es un final, es un umbral. Es la grieta que permite que entre la luz, como decía Leonard Cohen.
Yo mismo, en mis casi cuarenta años de vida empresarial y académica, he experimentado ese vacío. Después de fundar Todo En Uno.Net en 1995 y de asesorar a cientos de empresas en Colombia, llegó un punto en que las métricas y los éxitos ya no me satisfacían. Entonces comprendí que el verdadero liderazgo no es solo técnico ni estratégico, es profundamente humano y espiritual. Me acerqué al Eneagrama para entender mis patrones de comportamiento, exploré la numerología para identificar mi Camino de Vida 3 y descubrí que, al integrar inteligencia emocional e inteligencia artificial, podía recuperar la magia de acompañar a otros a ver lo invisible y actuar en lo práctico. Esa integración me devolvió la chispa, y desde entonces mi propósito no ha sido vender consultorías, sino acompañar procesos de transformación real.
En las organizaciones que asesoro veo patrones similares. Un gerente que lleva 20 años en el sector financiero y siente que su vida se volvió un algoritmo de KPIs. Una emprendedora del Eje Cafetero que soñó con una empresa humanista y terminó esclava de su propio negocio. Un estudiante brillante de sistemas que, a pesar de dominar el lenguaje de las máquinas, no sabe hablar con su propio corazón. Todos, de alguna forma, “desencantados”. Y sin embargo, cuando abrimos espacio para el diálogo, para el silencio consciente, para mirar con honestidad nuestras luces y sombras, ocurre algo extraordinario: la gente recupera el brillo en la mirada. Se dan cuenta de que su experiencia tiene sentido más allá de la utilidad inmediata.
Esto no significa renunciar al mundo tecnológico ni a la empresa; significa habitarlos desde otro lugar. Por ejemplo, cuando hablamos de automatización en Todo En Uno.Net, no lo hacemos por moda. Lo hacemos para liberar tiempo y energía humana, para que las personas vuelvan a lo que de verdad importa. Cuando hablamos de Habeas Data y protección de datos, no es solo por cumplir la Ley 1581 de 2012, sino porque creemos en la dignidad y la privacidad como pilares de la libertad humana. Cuando asesoramos en contabilidad y tributación en Mi Contabilidad, no es únicamente por números, sino por confianza, transparencia y sostenibilidad. Esa es la diferencia entre hacer negocios y hacer servicio.
Creo firmemente que la inteligencia artificial, si se usa con consciencia, puede ayudarnos a salir del desencanto. No para reemplazar el alma humana, sino para recordarnos lo esencial: delegar lo mecánico para enfocarnos en lo significativo. He visto cómo la IA bien aplicada transforma empresas familiares, moderniza procesos y reduce costos, pero sobre todo libera a los equipos para que se escuchen, creen y colaboren. Esa es la tecnología que me interesa: la que nos humaniza, no la que nos sustituye.
También necesitamos reconciliarnos con nuestra espiritualidad. Y no hablo de religiones en particular, sino de esa dimensión interior que da sentido. Cuando integramos prácticas de mindfulness en una reunión directiva, cuando llevamos la conversación sobre ética a los comités de innovación, cuando entendemos que la diversidad no es un check-list sino una fuente de riqueza, el desencanto empieza a disolverse. Porque lo que nos quita la magia no es el fracaso ni la dificultad; es la desconexión. Y lo que nos la devuelve es la coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.
Hoy quiero invitarte a preguntarte: ¿en qué parte de tu vida te sientes desencantado? ¿en tu negocio, en tus relaciones, en tu propósito? Date permiso de reconocerlo sin vergüenza. El desencanto es la señal de que tu alma está lista para algo más. Usa esa incomodidad como brújula para reorientar tus pasos. Haz una pausa consciente, revisa tus rutinas, escucha a tu equipo, invierte en procesos de formación y en conversaciones honestas. A veces no se necesita cambiar de empresa ni de carrera, sino de mirada.
En mis blogs personales, como Mensajes Sabatinos o Amigo de ese Ser Supremo, he explorado este mismo tema desde la fe y la espiritualidad cotidiana. En Organización Todo En Uno hablo de estrategias empresariales, pero siempre con el trasfondo humano. Porque mi convicción es que no hay estrategia sostenible sin sentido. Y no hay tecnología que valga si no expande nuestra humanidad.
Cuando integramos espiritualidad + tecnología + empresa, dejamos de estar desencantados y pasamos a ser arquitectos conscientes del futuro. No es un camino rápido, pero sí es profundamente transformador. A veces comienza con una conversación sencilla, con una lectura, con un taller, con un acto de gratitud. Lo importante es dar ese primer paso.
Termino esta reflexión con algo que me gusta recordar en cada conferencia: lo contrario del desencanto no es el optimismo ingenuo, es la esperanza consciente. Una esperanza que se construye con hábitos, con redes de apoyo, con aprendizaje permanente, con gratitud. Somos una generación que puede elegir entre el ruido y la profundidad. Yo elijo la profundidad, y te invito a hacerlo también.
Si esta reflexión resonó contigo y sientes que es momento de reencontrar el sentido en tu empresa, en tu equipo o en tu vida personal, te invito a agendar una charla conmigo para conversar de manera auténtica y humana. Podemos explorar juntos herramientas, caminos y soluciones que devuelvan la magia y la coherencia a tu proyecto o propósito.
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