Nunca habíamos tenido tantas herramientas para transformar el mundo y, al mismo tiempo, tantas razones para preguntarnos qué clase de mundo estamos construyendo.
Vivimos rodeados de evidencias de progreso.
Podemos comunicarnos instantáneamente con alguien al otro lado del planeta. Tenemos acceso, desde un teléfono, a una cantidad de conocimiento que habría resultado inimaginable para generaciones anteriores. La medicina prolonga vidas que hace algunas décadas probablemente se habrían perdido. Las empresas procesan millones de datos en segundos. La inteligencia artificial comienza a realizar tareas que hasta hace muy poco considerábamos exclusivamente humanas.
Y, sin embargo, algo no termina de encajar.
Porque una sociedad puede avanzar tecnológicamente sin necesariamente madurar humanamente.
Puede tener mejores sistemas de comunicación y personas que ya casi no conversan.
Puede disponer de más información y desarrollar menos criterio.
Puede aumentar su productividad mientras deteriora la calidad de vida de quienes producen.
Puede crear inteligencia artificial mientras descuida algo mucho más elemental: la inteligencia necesaria para convivir con otros seres humanos.
Ese es, quizás, uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo.
Una reflexión publicada por Erik Fabian Rico Castillo plantea precisamente algunas de estas tensiones: vivimos una época de enormes transformaciones y, paradójicamente, necesitamos recuperar cuestiones tan antiguas como la empatía, el respeto, la solidaridad y el cuidado de la vida.
Pero quisiera llevar esa reflexión un poco más lejos.
Porque tal vez el verdadero problema no consiste en determinar si estamos viviendo un cambio de época o simplemente una época llena de cambios.
La pregunta que me parece mucho más importante es otra:
¿estamos desarrollando como seres humanos la capacidad necesaria para administrar todo aquello que hemos sido capaces de crear?
El progreso no garantiza evolución
Durante muchos años hemos utilizado dos conceptos casi como si fueran sinónimos: progreso y evolución.
No necesariamente lo son.
El progreso puede medirse en infraestructura, productividad, conocimiento, conectividad, capacidad científica, tecnología o crecimiento económico.
La evolución humana resulta bastante más difícil de medir.
Tiene que ver con nuestra capacidad para comprender al otro, administrar nuestras emociones, aceptar diferencias, reconocer errores, cuidar relaciones, ejercer poder responsablemente y tomar decisiones pensando no solamente en la consecuencia inmediata sino también en aquello que dejamos después de nosotros.
Podemos fabricar una máquina extraordinariamente sofisticada y seguir siendo incapaces de resolver una diferencia sin destruir una relación.
Podemos construir organizaciones llenas de tecnología mientras mantenemos culturas empresariales basadas en el miedo.
Podemos utilizar inteligencia artificial para comunicarnos mejor con miles de personas y, simultáneamente, perder la capacidad de escuchar a quien tenemos sentado enfrente.
Ahí aparece una contradicción incómoda.
Nuestra capacidad instrumental está creciendo más rápido que nuestra capacidad para decidir qué hacer con ella.
Y eso cambia completamente la discusión.
El problema nunca ha sido únicamente qué podemos hacer.
La pregunta importante siempre termina siendo:
¿qué deberíamos hacer?
Tener más posibilidades también aumenta nuestra responsabilidad
Cada herramienta amplía nuestra capacidad de acción.
Pero también amplía nuestra capacidad de equivocarnos.
Un martillo permite construir y también destruir. Una empresa puede generar prosperidad o explotación. Una red social puede acercar comunidades o amplificar odio. Un algoritmo puede mejorar decisiones o reproducir injusticias. La inteligencia artificial puede liberar tiempo para actividades humanas más valiosas o convertirse simplemente en otra maquinaria para exigir más productividad.
La herramienta no resuelve el dilema.
Lo desplaza hacia nosotros.
Por eso me preocupa cuando escucho conversaciones sobre tecnología planteadas exclusivamente desde la capacidad.
“Ahora podemos hacer esto”.
“Ahora podemos automatizar aquello”.
“Ahora podemos reemplazar este proceso”.
“Ahora podemos producir diez veces más contenido”.
Perfecto.
Pero falta una pregunta.
¿Para qué?
Después de tantos años trabajando alrededor de empresas y tecnología, he terminado convencido de algo que parece sencillo pero que con frecuencia olvidamos: una herramienta solamente tiene sentido cuando cumple una función humana u organizacional comprensible.
Nunca la tecnología por la tecnología en sí misma.
Ese principio resulta todavía más importante ahora.
Porque cuanto mayor es la capacidad tecnológica disponible, mayor debe ser nuestro criterio para utilizarla.
Tenemos acceso a información, pero seguimos necesitando sabiduría
Hay otra paradoja fascinante de nuestra época.
Nunca había sido tan sencillo obtener una respuesta.
Durante buena parte de la historia humana, el conocimiento fue escaso, costoso y difícil de transportar.
Hoy puedo formular una pregunta y recibir una explicación en segundos.
Eso representa un avance extraordinario.
Pero tener respuestas disponibles no significa saber formular las preguntas correctas.
Y ahí está una diferencia enorme.
La información responde.
El criterio pregunta.
La información muestra posibilidades.
El criterio establece límites.
La información puede decirnos cómo hacer algo.
La consciencia debe ayudarnos a decidir si vale la pena hacerlo.
Por eso no creo que el gran desafío de la inteligencia artificial sea simplemente aprender a utilizarla.
Eso probablemente ocurrirá.
Las herramientas serán cada vez más fáciles, intuitivas y poderosas.
El verdadero desafío será aprender a pensar cuando pensar parezca menos necesario.
Porque allí existe un riesgo silencioso.
Cuando una herramienta comienza a resolver nuestras tareas, podemos utilizar el tiempo liberado para pensar mejor.
O podemos dejar también de pensar.
Son futuros completamente diferentes.
La velocidad nos está cobrando una factura
Hay algo adicional que caracteriza nuestra época: la velocidad.
Todo parece urgente.
Los mensajes.
Los negocios.
Las decisiones.
Las noticias.
Las respuestas.
Los resultados.
La actualización tecnológica.
Incluso el descanso comienza a administrarse como una actividad productiva.
Dormimos para rendir mejor.
Meditamos para producir mejor.
Hacemos ejercicio para trabajar mejor.
Y quizás deberíamos preguntarnos cuándo dejamos de considerar algunas actividades valiosas simplemente porque forman parte de estar vivos.
No todo tiene que producir un rendimiento.
Una conversación puede existir simplemente porque queremos escuchar a alguien.
Una tarde puede no producir nada.
Una amistad no necesita tener utilidad.
Una persona no debería tener que demostrar permanentemente su valor económico para justificar su existencia.
Cuando convertimos toda la vida en productividad terminamos haciendo algo profundamente contradictorio:
utilizamos las herramientas que deberían servirnos para terminar nosotros sirviendo a las herramientas.
También ocurre dentro de las empresas
Este problema no pertenece únicamente a la filosofía.
Lo veo reflejado constantemente en el mundo empresarial.
Empresas que compran tecnología antes de comprender sus procesos.
Organizaciones que automatizan ineficiencias.
Directivos que buscan inteligencia artificial cuando todavía existen responsabilidades mal definidas.
Equipos que reciben más plataformas para comunicarse cuando el verdadero problema es que nadie escucha.
Empresas obsesionadas con indicadores mientras pierden personas valiosas.
Organizaciones que hablan permanentemente de transformación, pero no permiten cuestionar ninguna de sus costumbres.
Eso demuestra algo fundamental.
Transformarse no significa incorporar cosas nuevas.
Transformarse significa revisar seriamente aquello que hacemos, por qué lo hacemos y qué consecuencias produce.
La tecnología puede acompañar esa transformación.
Pero no puede sustituirla.
Quizás estamos confundiendo conexión con vínculo
Tenemos cientos o miles de contactos.
Seguidores.
Grupos.
Comunidades digitales.
Reuniones virtuales.
Mensajes permanentes.
Notificaciones durante todo el día.
Pero cantidad de conexiones no equivale necesariamente a profundidad de relaciones.
Podemos estar permanentemente comunicados y sentirnos profundamente solos.
Porque vincularnos exige algo que ninguna plataforma puede automatizar completamente: presencia.
Escuchar sin estar preparando inmediatamente la respuesta.
Acompañar sin necesidad de solucionar.
Preguntar porque realmente queremos conocer la respuesta.
Reconocer al otro incluso cuando piensa distinto.
Aceptar que no todas las conversaciones necesitan terminar con un ganador.
Eso parece elemental.
Pero precisamente allí puede encontrarse una de las mayores necesidades de nuestro tiempo.
La humanidad quizás no necesita únicamente mejores tecnologías de comunicación.
Necesita recuperar la capacidad de comunicarse humanamente.
No idealicemos tampoco el pasado
Sería injusto convertir esta reflexión en nostalgia.
El pasado tampoco fue necesariamente mejor.
La humanidad ha atravesado guerras, epidemias, discriminaciones, pobreza extrema, explotación y enormes desigualdades.
Muchos avances científicos, sociales y tecnológicos han permitido mejorar de manera extraordinaria las condiciones de vida de millones de personas.
No deberíamos romantizar épocas anteriores.
Pero reconocer nuestros avances tampoco obliga a cerrar los ojos frente a nuestras contradicciones.
Podemos celebrar aquello que hemos construido y simultáneamente preguntarnos qué estamos perdiendo.
Eso es madurez.
No negar el progreso.
Pero tampoco adorarlo.
El problema comienza cuando dejamos de mirar al otro
Una sociedad empieza a deteriorarse cuando las personas dejan de reconocerse mutuamente como personas.
Cuando alguien se convierte solamente en cliente.
Empleado.
Votante.
Usuario.
Competidor.
Dato.
Perfil.
Segmento.
Número.
Ahí ocurre algo peligroso.
Porque resulta mucho más sencillo perjudicar a una categoría que a una persona.
Por eso la humanización no es una palabra decorativa.
Tiene consecuencias económicas, empresariales, políticas y tecnológicas.
Detrás de cada dato existe alguien.
Detrás de cada decisión empresarial hay personas que vivirán sus consecuencias.
Detrás de cada automatización puede haber alguien cuyo trabajo cambiará.
Detrás de cada publicación existe una mente que recibirá el mensaje.
Detrás de cada indicador hay una realidad que el indicador nunca logra representar completamente.
Recordarlo cambia nuestra manera de decidir.
La empatía tampoco significa renunciar al criterio
Existe otra confusión frecuente.
Ser humano no significa aceptar todo.
Empatía no significa ausencia de límites.
Respeto no significa estar de acuerdo.
Solidaridad no significa irresponsabilidad.
Una organización necesita decisiones difíciles.
Una persona necesita aprender a decir no.
Una sociedad necesita normas.
Una empresa debe ser sostenible económicamente.
La humanidad no consiste en eliminar esas realidades.
Consiste en administrar nuestras decisiones reconociendo que afectan vidas.
Eso exige criterio.
Y precisamente por eso considero que uno de los grandes desafíos contemporáneos es recuperar el criterio como una capacidad esencial.
No reaccionar inmediatamente.
No compartir cualquier cosa.
No creer automáticamente.
No seguir tendencias solamente porque todos parecen seguirlas.
No adoptar tecnologías únicamente porque son nuevas.
No medir nuestra vida utilizando exclusivamente los parámetros que otros han establecido.
Detenerse también es una decisión.
Pensar también es una acción.
Tal vez la verdadera transformación sea menos espectacular
Nos hemos acostumbrado a imaginar el futuro lleno de grandes acontecimientos.
Robots.
Inteligencia artificial.
Ciudades inteligentes.
Nuevas formas de energía.
Exploración espacial.
Medicina personalizada.
Todo eso probablemente seguirá transformando nuestra existencia.
Pero existe otra transformación mucho menos visible que puede resultar todavía más importante.
Aprender nuevamente a conversar.
Escuchar.
Cuidar.
Cumplir la palabra.
Reconocer errores.
Respetar diferencias.
Agradecer.
Construir empresas donde las personas no tengan que elegir permanentemente entre vivir y trabajar.
Crear tecnología que resuelva problemas reales.
Educar para pensar y no solamente para repetir.
Aceptar que nuestras decisiones tienen consecuencias que quizá nosotros mismos nunca lleguemos a ver.
Nada de eso parece revolucionario.
Precisamente por eso podemos subestimarlo.
El futuro no llegará terminado
A veces hablamos del futuro como si fuera un lugar al cual inevitablemente vamos a llegar.
No funciona así.
El futuro se construye todos los días mediante decisiones aparentemente pequeñas.
Qué compramos.
Qué enseñamos.
Qué toleramos.
Qué publicamos.
Qué premiamos.
Qué rechazamos.
Qué tecnología adoptamos.
Qué comportamientos normalizamos.
Cómo administramos nuestras empresas.
Cómo tratamos a quienes dependen de nuestras decisiones.
Cómo utilizamos nuestro tiempo.
La historia no solamente la escriben gobiernos, grandes empresarios o científicos.
También la escriben millones de decisiones cotidianas que terminan convirtiéndose en cultura.
Por eso nuestra responsabilidad es mayor de lo que imaginamos.
La pregunta que realmente importa
No sé si estamos entrando en una nueva era.
Tampoco sé si dentro de cincuenta años alguien describirá nuestro tiempo como el comienzo de una transformación comparable con la Revolución Industrial.
Probablemente quienes vivimos dentro de una transformación somos precisamente quienes menos perspectiva tenemos para comprenderla completamente.
Pero sí podemos decidir algo.
Podemos decidir qué clase de personas queremos ser mientras ocurre.
Porque finalmente ninguna inteligencia artificial, ningún sistema económico, ninguna plataforma tecnológica y ninguna transformación empresarial podrá responder por nosotros una pregunta profundamente humana:
¿qué estamos haciendo con la extraordinaria capacidad que tenemos entre las manos?
Quizás esa sea la pregunta de nuestro tiempo.
No cuánto podemos producir.
No cuánto podemos automatizar.
No cuánto podemos acumular.
No cuánto podemos acelerar.
Sino si toda esa capacidad nos está ayudando a construir una existencia más digna, más consciente y más humana.
Y si la respuesta alguna vez comienza a ser no, tendremos que tener el valor suficiente para revisar el rumbo.
Porque avanzar más rápido nunca servirá de mucho si hemos dejado de preguntarnos hacia dónde vamos.
Si esta reflexión le lleva a revisar alguna decisión personal, empresarial o tecnológica desde otra perspectiva, podemos continuar la conversación en:
Mensaje final
Quizás el mayor riesgo de nuestro tiempo no sea que las máquinas lleguen a parecerse demasiado a nosotros, sino que nosotros olvidemos aquello que ninguna máquina debería enseñarnos a ser.
