Ascender al mejor puede ser la peor decisión



Hay personas extraordinarias haciendo su trabajo que terminan convertidas en jefes mediocres, no porque hayan dejado de ser buenas, sino porque alguien confundió desempeño con capacidad para liderar.

Esta es una de esas decisiones empresariales que parecen tan lógicas que casi nadie se detiene a cuestionarlas.

Hay una vacante para dirigir un equipo comercial. ¿A quién ascendemos? Al vendedor que más vende.

Necesitamos un jefe de producción. ¿Quién debería ocupar el cargo? El operario que mejor conoce la máquina.

Hace falta un coordinador administrativo. ¿A quién miramos primero? A quien lleva más años y conoce todos los procedimientos.

Sobre el papel parece razonable.

Incluso parece justo.

La persona ha trabajado bien, ha demostrado compromiso, conoce la empresa y posiblemente lleva años esperando una oportunidad de crecimiento.

Entonces llega el ascenso.

Y meses después aparece una realidad incómoda: perdimos a un excelente trabajador y ganamos un jefe que no sabe qué hacer con personas.

El problema no necesariamente está en quien fue ascendido.

Muchas veces está en la lógica con la cual decidimos ascenderlo.

Hacer bien una tarea y lograr que otros la hagan bien son cosas distintas

El artículo que dio origen a esta reflexión plantea precisamente el caso del mejor vendedor convertido en jefe y recuerda una distinción fundamental: vender y dirigir vendedores son trabajos diferentes.

Quiero llevar esa reflexión un poco más lejos.

Porque esto no ocurre solamente en ventas.

Ocurre prácticamente en todas las áreas de una organización.

El excelente técnico puede convertirse en un pésimo director técnico.

El contador más preciso puede tener enormes dificultades para dirigir un departamento contable.

El mejor programador puede fracasar administrando desarrolladores.

El trabajador que resuelve personalmente todos los problemas puede convertirse, paradójicamente, en el jefe que impide que los demás aprendan a resolverlos.

¿Por qué?

Porque durante años fue reconocido por hacer.

Ahora necesita aprender a hacer que otros puedan hacer.

Y esa diferencia parece pequeña hasta que uno tiene personas bajo su responsabilidad.

Cuando soy responsable únicamente de mi trabajo, puedo controlar buena parte del resultado mediante mi conocimiento, disciplina, experiencia y esfuerzo.

Cuando lidero, mi resultado depende también de personas que piensan diferente, aprenden diferente, tienen ritmos diferentes, interpretan las instrucciones de maneras diferentes y poseen motivaciones que no necesariamente coinciden con las mías.

Ya no basta con saber.

Hay que saber enseñar.

Ya no basta con ejecutar.

Hay que saber delegar.

Ya no basta con resolver.

Hay que permitir que otro aprenda a resolver.

Y quizá lo más difícil para alguien que siempre fue extraordinariamente competente: aceptar que los demás no harán las cosas exactamente como él las hacía.

Ahí comienza el verdadero cambio.

El ascenso puede convertirse en un castigo disfrazado de reconocimiento

Hay algo profundamente humano detrás de este problema.

Las organizaciones necesitan reconocer a quienes hacen bien su trabajo.

Y como muchas empresas tienen estructuras jerárquicas, la manera tradicional de reconocer a una persona ha sido ascenderla.

Más cargo.

Más responsabilidad.

Más autoridad.

Más salario.

Más personas a su cargo.

Pero pocas veces hacemos una pregunta elemental:

¿Esa persona quiere realmente convertirse en jefe?

No me refiero a si quiere ganar más dinero.

Tampoco a si quiere tener una oficina mejor, un cargo más importante en su firma de correo electrónico o mayor reconocimiento dentro de la empresa.

Pregunto algo diferente:

¿Quiere dedicar una parte importante de su vida laboral a desarrollar personas?

Porque dirigir implica eso.

Escuchar problemas que uno no creó.

Resolver conflictos que preferiría no tener.

Corregir sin destruir.

Reconocer sin generar privilegios.

Tomar decisiones impopulares.

Aceptar que alguien a quien formamos posiblemente se irá algún día.

Explicar varias veces algo que nosotros comprendimos a la primera.

Responder por errores que físicamente cometió otra persona.

Y, sobre todo, comprender que el protagonismo empieza a desplazarse.

Antes podía decir:

“Yo logré este resultado”.

Ahora tendrá que aprender a sentirse satisfecho diciendo:

“Mi equipo logró este resultado”.

No todo el mundo desea vivir así.

Y no tiene nada de malo.

Una persona puede querer convertirse en un extraordinario especialista durante toda su vida profesional sin tener ninguna aspiración de dirigir personas.

El problema aparece cuando nuestra estructura empresarial le dice silenciosamente:

“Si quieres crecer, tienes que convertirte en jefe”.

Entonces terminamos obligando a excelentes especialistas a abandonar precisamente aquello en lo que eran extraordinarios.

También existe una trampa psicológica

Hay otro fenómeno que pocas veces reconocemos.

Quien ha sido el mejor suele haber construido parte de su identidad alrededor de ser precisamente eso: el mejor.

El que vende más.

El que sabe más.

El que resuelve más rápido.

El que conoce al cliente.

El que siempre tiene la respuesta.

El que llaman cuando aparece un problema.

Durante años recibió reconocimiento por esa capacidad.

Después lo ascendemos y le pedimos algo psicológicamente mucho más complejo:

que deje de demostrar permanentemente que es el mejor.

Imagine al antiguo vendedor estrella acompañando a un vendedor nuevo.

El cliente formula una objeción.

El nuevo vendedor intenta responder.

El jefe sabe perfectamente qué decir.

Lo ha hecho cientos de veces.

Tiene dos posibilidades.

Puede intervenir inmediatamente y cerrar la venta.

O puede permitir que el nuevo vendedor piense, se equivoque parcialmente, aprenda y desarrolle criterio.

La primera alternativa probablemente produzca un resultado mejor hoy.

La segunda puede producir un equipo mejor mañana.

Eso es liderazgo.

Y requiere una paciencia que no necesariamente estaba incluida dentro de las competencias que hicieron extraordinario al vendedor.

Incluso puede aparecer algo todavía más humano.

El nuevo jefe puede sentir inconscientemente que necesita seguir demostrando que sabe más que todos.

Entonces corrige constantemente.

Interrumpe.

Centraliza.

Revisa cada detalle.

Toma nuevamente las cuentas importantes.

Resuelve personalmente los problemas difíciles.

Poco a poco el equipo aprende una peligrosa lección:

“Para qué voy a decidir si finalmente el jefe decidirá por mí”.

Y aparece una organización dependiente.

La empresa termina pagando dos veces

Cuando un ascenso de este tipo sale mal, normalmente pensamos únicamente en el desempeño del nuevo jefe.

Pero el costo organizacional es mucho mayor.

Primero perdimos capacidad operativa.

Aquel vendedor que generaba resultados extraordinarios ahora dedica buena parte de su tiempo a reuniones, informes, seguimiento, conflictos, presupuestos y administración.

Después podemos perder capacidad directiva porque esa persona todavía no sabe liderar.

Es decir, debilitamos dos posiciones con una sola decisión.

Pero existe un tercer costo mucho menos visible.

El equipo empieza a deteriorarse.

Las personas dejan de proponer.

Los buenos empleados pueden marcharse.

La comunicación se vuelve defensiva.

Los problemas empiezan a ocultarse.

Y la dirección termina concluyendo:

“Ese equipo no funciona”.

Quizá el equipo sí podía funcionar.

Lo que falló fue la arquitectura de la decisión que colocó a una persona en una responsabilidad para la cual nunca fue preparada.

Aquí encuentro una lección que trasciende completamente el caso del vendedor.

Las empresas no deberían diseñar cargos alrededor de premios. Deberían diseñarlos alrededor de responsabilidades y capacidades.

Un ascenso no puede ser una medalla.

Es una decisión organizacional.

La antigüedad tampoco garantiza liderazgo

He visto durante décadas otra versión de esta misma lógica.

“Lleva veinte años con nosotros”.

Y eso se convierte prácticamente en argumento suficiente para entregar una responsabilidad mayor.

La antigüedad merece reconocimiento.

La lealtad merece reconocimiento.

El conocimiento acumulado merece reconocimiento.

Pero ninguna de esas condiciones demuestra automáticamente capacidad para dirigir personas.

Una persona puede conocer extraordinariamente bien una empresa después de veinte años y continuar teniendo dificultades para escuchar, delegar, comunicar, enseñar o manejar conflictos.

También puede suceder lo contrario.

Alguien con menos antigüedad puede tener una extraordinaria capacidad para comprender personas, ordenar procesos, comunicar objetivos y construir confianza.

Aquí las organizaciones enfrentan una decisión incómoda.

¿Premiamos trayectoria o seleccionamos capacidad?

La respuesta correcta no debería obligarnos a despreciar ninguna de las dos.

Lo que necesitamos son mecanismos diferentes para reconocer cosas diferentes.

Porque cuando utilizamos los cargos directivos como premios, inevitablemente terminamos confundiendo reconocimiento con estructura organizacional.

El liderazgo no comienza cuando entregamos el cargo

También cometemos otro error.

Nombramos al nuevo jefe el viernes.

El lunes esperamos que se comporte como líder.

Le entregamos equipo, indicadores, presupuesto y responsabilidades.

Quizá hacemos una reunión de presentación.

“Felicitaciones. Confiamos mucho en usted”.

Y comienza.

Pero ¿quién le enseñó a sostener una conversación difícil?

¿Quién le explicó cómo delegar?

¿Quién le enseñó a diferenciar seguimiento de persecución?

¿Quién le mostró cómo establecer expectativas?

¿Quién le enseñó a evaluar desempeño sin convertir la evaluación en una amenaza?

¿Quién le explicó cómo actuar cuando dos miembros valiosos del equipo entran en conflicto?

¿Quién lo preparó para dirigir a alguien mayor, más experimentado o técnicamente mejor que él?

Con demasiada frecuencia la respuesta es nadie.

Entonces aprende como puede.

Reproduce lo que hicieron sus antiguos jefes.

Imita comportamientos.

Prueba.

Se equivoca.

Y algunas personas sobreviven a ese proceso y terminan convirtiéndose en buenos líderes.

Otras no.

Pero resulta injusto responsabilizar completamente al individuo cuando la organización jamás diseñó una transición.

Ascender debería implicar formación.

No como curso ceremonial.

Como proceso real.

La tecnología tampoco puede resolver este problema por nosotros

Hoy podemos medir prácticamente todo.

Ventas.

Productividad.

Cumplimiento.

Tiempos.

Indicadores.

CRM.

Tableros.

Analítica.

Inteligencia artificial capaz de identificar patrones de desempeño.

Todo eso puede ayudarnos extraordinariamente.

Pero existe un peligro: creer que aquello que podemos medir fácilmente es necesariamente aquello que debemos valorar más.

Es mucho más sencillo identificar quién vendió 800 millones que determinar quién ayudó a tres compañeros a mejorar.

Es más fácil medir cierres que capacidad de escucha.

Es más fácil contar operaciones que observar madurez.

Es más fácil construir un ranking que comprender quién tiene la capacidad de hacer crecer a otros.

La tecnología puede ofrecernos información.

La decisión continúa siendo humana.

Y precisamente por eso necesitamos criterio.

Nunca deberíamos permitir que un tablero de indicadores sustituya la comprensión profunda de aquello que exige un cargo.

Tal vez necesitamos otra manera de entender el crecimiento

Durante demasiado tiempo construimos carreras profesionales como escaleras.

Auxiliar.

Analista.

Coordinador.

Jefe.

Director.

Gerente.

Parecería que avanzar significa inevitablemente tener cada vez más personas debajo.

Pero una organización madura debería permitir otras formas de crecimiento.

Especialistas extraordinarios.

Expertos senior.

Mentores técnicos.

Profesionales de altísimo nivel sin responsabilidad administrativa sobre personas.

Carreras donde sea posible mejorar ingresos, reconocimiento e influencia sin convertirse obligatoriamente en jefe.

Eso también es arquitectura empresarial.

Porque una estructura organizacional saludable no obliga a todos a crecer en la misma dirección.

Reconoce que existen talentos diferentes.

Hay personas extraordinarias construyendo.

Otras enseñando.

Otras coordinando.

Otras imaginando.

Otras ejecutando.

Otras relacionándose.

Y algunas tienen una capacidad especial para lograr que todas esas diferencias trabajen juntas.

Esas últimas posiblemente tengan condiciones para liderar.

Pero incluso ellas necesitan preparación.

La pregunta correcta cambia completamente la decisión

Cuando aparece una vacante de liderazgo, quizá deberíamos dejar de preguntar:

“¿Quién es el mejor del equipo?”

Y comenzar con otra pregunta:

“¿Qué necesita este equipo de la persona que lo va a dirigir?”

La diferencia es enorme.

Porque la primera pregunta mira hacia atrás.

Busca quién acumuló mejores resultados.

La segunda mira hacia adelante.

Busca quién puede construir los resultados que todavía no existen.

Después podremos preguntarnos quién escucha.

Quién enseña.

Quién genera confianza.

Quién sabe exigir sin humillar.

Quién acepta responsabilidad.

Quién puede tomar decisiones difíciles.

Quién reconoce cuando no sabe.

Quién permite que otros brillen.

Quién comprende el negocio más allá de su propia función.

Y también algo fundamental:

quién quiere realmente asumir esa responsabilidad.

Entonces posiblemente descubriremos que el mejor vendedor sí puede ser el mejor jefe.

Claro que puede.

Pero no porque sea el mejor vendedor.

Será buen jefe si además posee —o está dispuesto a desarrollar— las capacidades necesarias para dirigir.

Esa diferencia conceptual puede evitar mucho sufrimiento dentro de una organización.

A veces promover significa permitir que alguien siga haciendo lo que ama

Hay una última reflexión que considero profundamente humana.

Nos han enseñado a interpretar el progreso siempre como movimiento hacia arriba.

Más cargo.

Más dinero.

Más poder.

Más responsabilidad.

Pero quizá progresar también pueda significar profundizar.

Saber más.

Hacer mejor.

Convertirse en referente.

Enseñar desde la experiencia sin necesidad de administrar personas.

Tener mayor autonomía.

Participar en decisiones importantes.

Recibir una mejor remuneración por un conocimiento extraordinario.

No todos necesitamos convertirnos en jefes para demostrar que hemos avanzado.

Y las organizaciones deberían comprenderlo antes de destruir talentos intentando premiarlos.

Porque existe algo peor que no ascender a una persona que lo merece:

ascenderla a un lugar donde dejará de hacer bien aquello que amaba, comenzará a sufrir haciendo aquello para lo cual nunca fue preparada y terminará creyendo que fracasó.

Quizá nunca fracasó.

Quizá simplemente hicimos la pregunta equivocada cuando decidimos su futuro.

Las empresas están llenas de decisiones aparentemente racionales que, observadas con profundidad, revelan problemas de diseño humano.

Esta es una de ellas.

Y por eso, antes del próximo ascenso, conviene detenerse.

No solamente para evaluar a la persona.

También para revisar nuestra propia manera de entender el mérito, el crecimiento y el liderazgo.

Porque dirigir personas no debería ser el premio por haber hecho bien otro trabajo.

Debería ser una responsabilidad confiada a quien comprende que, desde ese momento, su verdadero trabajo consiste en ayudar a otros a hacer mejor el suyo.

Si esta reflexión toca una decisión que hoy está ocurriendo en su empresa, o una transformación que necesita ser pensada con mayor profundidad, podemos conversar:

Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

Mensaje final

Hay reconocimientos que elevan un cargo y disminuyen una persona.
Antes de promover talento, comprendamos hacia dónde quiere —y puede— crecer.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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