Cuando ser líder se volvió excusa para no ejercer autoridad

Hay empresas que no tienen un problema de liderazgo: tienen un problema de personas que dejaron de ejercer la autoridad por miedo a parecer jefes.

Durante años hemos convertido la conversación sobre dirección de personas en una caricatura demasiado cómoda. De un lado aparece el jefe: autoritario, distante, controlador, obsesionado con horarios, órdenes y resultados. Del otro aparece el líder: cercano, inspirador, empático, capaz de escuchar, desarrollar personas y conseguir que todos quieran seguirlo.

La historia resulta atractiva porque permite identificar rápidamente al bueno y al malo.

También resulta peligrosa.

No porque el autoritarismo haya dejado de existir. Existe. Tampoco porque debamos justificar estilos de dirección que humillan, controlan innecesariamente o destruyen la autonomía de las personas. Hay organizaciones donde todavía se confunde autoridad con superioridad humana, obediencia con compromiso y miedo con disciplina.

Pero reducir el problema a “jefe malo, líder bueno” impide comprender algo mucho más importante: una organización necesita autoridad, gestión y liderazgo. No son conceptos que debamos enfrentar como si uno tuviera que desaparecer para que el otro pueda existir.

Una empresa no puede vivir únicamente de inspiración.

Alguien tiene que decidir.

Alguien tiene que asignar recursos.

Alguien tiene que definir prioridades.

Alguien tiene que decir que no.

Alguien tiene que corregir.

Alguien tiene que evaluar.

Y cuando las circunstancias lo exigen, alguien debe asumir la responsabilidad de tomar una decisión que quizá no agrade a todos.

Ese alguien ejerce una función de autoridad.

El verdadero problema no está en que exista un jefe. Está en cómo una persona comprende y ejerce el poder que recibió.

El cargo no convierte a nadie en una mala persona

Imaginemos una escena frecuente.

Un gerente reúne a su equipo porque un proyecto lleva varias semanas atrasado. Los compromisos no se están cumpliendo, algunos responsables no han entregado información y el cliente comienza a manifestar inconformidad.

El gerente conoce la narrativa contemporánea del liderazgo.

Quiere escuchar.

Quiere ser empático.

Quiere evitar parecer autoritario.

Pregunta qué está ocurriendo. Cada persona explica sus dificultades. Surgen problemas de coordinación, cargas de trabajo, dependencias externas y algunas decisiones que nadie tomó oportunamente.

La reunión termina con comprensión mutua.

Todos se sienten escuchados.

Pero nadie sale con una responsabilidad nueva claramente definida.

No hay una decisión.

No hay una fecha.

No hay una consecuencia.

Dos semanas después el proyecto continúa atrasado.

¿Faltó liderazgo?

Posiblemente.

Pero quizá también faltó algo mucho más elemental: gestión.

Escuchar era necesario. Comprender las causas también. Pero después de escuchar había que decidir.

La empatía que no desemboca en responsabilidad puede terminar protegiendo exactamente aquello que pretendíamos transformar.

Este es uno de los problemas que encuentro en muchas conversaciones modernas sobre liderazgo. Hemos desarrollado una sensibilidad necesaria frente al abuso de autoridad, pero en algunos casos hemos pasado de cuestionar el autoritarismo a sospechar de cualquier manifestación de autoridad.

Y son cosas completamente distintas.

Un jefe puede escuchar y después decidir.

Puede cuidar a las personas y exigir resultados.

Puede comprender una situación personal sin convertir cada compromiso en negociable.

Puede reconocer un error propio y, al mismo tiempo, señalar el error de otro.

Puede generar confianza sin renunciar al control que la organización necesita sobre determinados procesos.

La madurez consiste precisamente en aprender a sostener esas aparentes contradicciones.

Una empresa no es una comunidad sin responsabilidades

En una familia, una amistad o una comunidad voluntaria pueden existir relaciones donde la autoridad formal tenga poca importancia.

En una empresa la situación es diferente.

Hay compromisos económicos, clientes, contratos, obligaciones legales, salarios, proveedores, inversiones, reputación y riesgos.

Cada decisión tiene consecuencias.

Cuando alguien ocupa una posición directiva no recibe únicamente reconocimiento o mejores condiciones económicas. Recibe responsabilidad sobre recursos que no necesariamente le pertenecen y sobre decisiones que pueden afectar la vida profesional de otras personas.

Por eso dirigir no puede reducirse a conseguir que las personas se sientan bien trabajando con nosotros.

Sentirse respetado importa.

Sentirse escuchado importa.

Tener posibilidades de crecer importa.

Pero también importa saber qué se espera de nosotros, entender qué decisiones podemos tomar, conocer dónde termina nuestra autonomía y asumir las consecuencias cuando incumplimos un compromiso que estaba bajo nuestro control.

Un entorno laboral sano no es aquel donde nadie experimenta incomodidad.

Es aquel donde la incomodidad no necesita convertirse en humillación.

Esta diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la forma de dirigir.

Hay conversaciones que un responsable debe tener aunque sean incómodas.

Hay desempeños insuficientes que deben señalarse.

Hay comportamientos que no pueden tolerarse.

Hay proyectos que deben cancelarse.

Hay inversiones que deben detenerse.

Hay colaboradores excelentes técnicamente que pueden estar deteriorando las relaciones del equipo.

Hay personas muy queridas que quizá no están preparadas para la responsabilidad que ocupan.

Y también hay jefes que deben aceptar que el principal obstáculo del equipo son ellos mismos.

Eso también es liderazgo.

El problema comienza cuando confundimos poder con abuso

Probablemente muchas personas rechazan la palabra “jefe” porque han sufrido malas experiencias con figuras de autoridad.

Es comprensible.

Un mal jefe puede dejar huellas profundas.

Puede generar inseguridad en personas competentes, destruir iniciativa, convertir errores normales en amenazas, apropiarse del mérito ajeno o crear ambientes donde todo el mundo aprende a protegerse antes que a colaborar.

Pero de esa experiencia no debería desprenderse que la autoridad sea intrínsecamente negativa.

Sería como concluir que administrar dinero es perjudicial porque algunas personas lo administran mal.

El poder amplifica.

Una persona insegura puede utilizarlo para controlar.

Una persona narcisista puede utilizarlo para alimentar su importancia.

Una persona temerosa puede utilizarlo para impedir que otros crezcan.

Pero alguien con criterio también puede utilizarlo para proteger.

Para poner límites.

Para detener una injusticia.

Para distribuir oportunidades.

Para corregir privilegios.

Para asumir decisiones difíciles que otros no están en posición de tomar.

El problema, entonces, no es solamente quién tiene autoridad.

La pregunta más importante es qué sucede dentro de una persona cuando descubre que puede influir sobre el futuro de otras.

Allí comienza una conversación mucho más profunda sobre liderazgo.

El liderazgo no reemplaza la gestión

Existe otra confusión frecuente: pensar que cuanto más evolucionada es una organización, menos gestión necesita.

En realidad, puede ocurrir lo contrario.

Cuando una empresa crece, aumenta la necesidad de coordinación.

Cuando aumenta la autonomía, también debe aumentar la claridad.

Cuando existen equipos distribuidos, trabajo híbrido, automatización, inteligencia artificial y más información disponible, las responsabilidades no desaparecen. Se vuelven más complejas.

La tecnología puede proporcionar datos.

Puede automatizar seguimientos.

Puede anticipar desviaciones.

Puede organizar información que antes tardábamos horas en procesar.

Incluso puede ayudar a preparar escenarios para una decisión.

Pero ninguna herramienta elimina la responsabilidad humana sobre aquello que decidimos hacer con esa información.

Una plataforma puede advertir que un proyecto está atrasado.

No puede asumir moralmente la conversación con las personas involucradas.

Un algoritmo puede identificar patrones de productividad.

No sabe por sí mismo qué significa justicia en un contexto humano concreto.

Un sistema de inteligencia artificial puede sugerir alternativas.

Pero la responsabilidad de decidir qué alternativa es coherente con los valores, las obligaciones y las consecuencias para las personas continúa siendo nuestra.

La tecnología mejora instrumentos de gestión.

No sustituye el criterio.

Y precisamente por eso el directivo del futuro probablemente necesitará más humanidad, no menos.

Pero humanidad no significa permisividad.

Significa comprender que detrás de una decisión empresarial existen personas y que, precisamente por esa razón, debemos decidir con mayor consciencia.

También existe el jefe que quiere parecer líder

Hay otra situación menos comentada.

Personas que han aprendido el lenguaje del liderazgo pero no necesariamente su profundidad.

Hablan de propósito, confianza, empoderamiento, transformación y cultura.

Evitan instrucciones claras porque quieren que el equipo “se apropie” de las decisiones.

Delegan problemas para los cuales las personas todavía no tienen contexto suficiente.

Confunden autonomía con ausencia de acompañamiento.

Evitan corregir porque no quieren deteriorar la relación.

Y cuando el problema finalmente escala, responsabilizan al equipo por no haber demostrado suficiente iniciativa.

Ese comportamiento puede sonar más moderno que el autoritarismo tradicional, pero no necesariamente es más responsable.

A veces detrás de una supuesta autonomía simplemente hay abandono.

Un buen directivo no entrega una responsabilidad para liberarse de ella.

Delegar significa transferir capacidad de acción sin desaparecer de la responsabilidad final.

Es una diferencia fundamental.

Quien dirige debe saber cuándo intervenir y cuándo retirarse.

Cuándo preguntar y cuándo instruir.

Cuándo permitir que alguien descubra una respuesta y cuándo evitar que un error previsible produzca consecuencias innecesarias.

No existe una fórmula universal.

Por eso dirigir personas requiere criterio.

Querer ser querido también puede convertirse en una forma de ego

Hay jefes que necesitan controlar.

Pero también existen jefes que necesitan agradar.

El primer comportamiento suele identificarse con facilidad.

El segundo puede confundirse con liderazgo humano.

Una persona responsable de un equipo puede empezar a medir su calidad como líder por cuánto la quieren sus colaboradores.

Entonces evita conversaciones difíciles.

Tolera incumplimientos.

Concede excepciones sin considerar qué mensaje reciben quienes sí cumplen.

No establece consecuencias porque teme parecer rígida.

Y gradualmente crea una cultura donde las personas descubren que los compromisos dependen de la capacidad de negociación individual.

El problema no es la bondad.

El problema es utilizar la aceptación de otros para proteger nuestra propia imagen.

A veces cuidar realmente a una persona exige decirle algo que preferiría no escuchar.

A veces respetar a un colaborador significa dejar de tratarlo como alguien incapaz de responder por sus decisiones.

A veces proteger al equipo significa retirar a alguien de una función que está afectando a todos.

Y a veces liderar significa aceptar que durante unas horas, unos días o incluso más tiempo, algunas personas pueden estar inconformes con nuestra decisión.

La autoridad madura no necesita ser querida permanentemente.

Necesita ser legítima.

¿De dónde nace la legitimidad?

Un cargo concede autoridad formal.

No necesariamente concede autoridad moral.

Una persona puede tener derecho organizacional para tomar una decisión y, sin embargo, perder progresivamente la confianza de su equipo.

La legitimidad se construye de otra manera.

Aparece cuando las personas observan coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

Cuando los criterios utilizados para evaluar son comprensibles.

Cuando las reglas no cambian dependiendo de quién sea la persona involucrada.

Cuando un directivo asume sus errores con la misma claridad con que exige responsabilidad a los demás.

Cuando la información importante no se manipula para proteger egos.

Cuando las decisiones difíciles pueden explicarse sin esconderse detrás de frases corporativas.

No significa que todos estarán de acuerdo.

Ese es otro error frecuente.

Confianza no equivale a consenso.

Un equipo puede no compartir una decisión y, aun así, reconocer que fue tomada de manera responsable.

Una persona puede sentirse decepcionada por una decisión salarial y entender los criterios utilizados.

Un proyecto puede ser cancelado después de meses de trabajo y quienes participaron pueden reconocer que continuar habría sido peor.

La autoridad legítima permite incluso el desacuerdo.

No necesita silenciarlo.

La palabra líder también merece ser cuestionada

Nos gusta llamar líderes a muchas personas.

A veces basta tener seguidores.

O capacidad de comunicación.

O visibilidad.

Pero alguien puede influir profundamente sobre otros y conducirlos hacia decisiones destructivas.

La influencia, por sí sola, no constituye virtud.

Por eso el liderazgo no debería evaluarse únicamente por la capacidad de movilizar personas.

También debemos preguntar hacia dónde las moviliza.

A qué costo.

Con qué nivel de consciencia.

Y qué ocurre cuando los intereses del líder entran en conflicto con los intereses de quienes confían en él.

Esta pregunta es especialmente relevante en las empresas.

Porque dirigir personas implica una asimetría real de poder.

El gerente conoce información que otros quizá no conocen.

Puede evaluar desempeño.

Puede influir sobre promociones.

Puede asignar proyectos.

Puede intervenir en decisiones salariales.

Puede abrir oportunidades o cerrarlas.

Pretender que esa relación desaparece porque utilizamos un lenguaje más horizontal no elimina la asimetría.

La hace menos visible.

Prefiero una autoridad reconocida y responsable que un poder oculto detrás de discursos de igualdad que desaparecen cuando llega el momento de decidir.

No necesitamos menos jefes; necesitamos mejores adultos en posiciones de autoridad

Tal vez esa sea la conversación que deberíamos estar teniendo.

No cómo reemplazar jefes por líderes.

Sino cómo lograr que quienes reciben autoridad desarrollen la madurez necesaria para ejercerla.

Porque dirigir personas nos enfrenta con nuestras propias carencias.

La necesidad de reconocimiento.

El miedo al conflicto.

La inseguridad frente a personas más capaces que nosotros.

La dificultad para aceptar que no sabemos.

El impulso de controlar aquello que no comprendemos.

La tentación de atribuirnos los éxitos y distribuir las culpas.

Ningún curso de liderazgo resuelve automáticamente estos asuntos.

Podemos aprender metodologías.

Podemos dominar técnicas de conversación.

Podemos conocer modelos de gestión.

Todo ayuda.

Pero llega un momento en que dirigir deja de ser un problema técnico y se convierte en una pregunta personal:

¿Qué hago con el poder que tengo cuando nadie puede obligarme a utilizarlo bien?

Esa pregunta incomoda porque nos devuelve la responsabilidad.

Ya no podemos escondernos detrás del cargo.

Pero tampoco detrás de la palabra líder.

La verdadera evolución no elimina la autoridad

Una organización madura no necesita convertir a sus jefes en personajes autoritarios.

Tampoco necesita convertirlos en animadores emocionales.

Necesita personas capaces de combinar dirección y escucha, firmeza y humanidad, resultados y consciencia.

Personas que entiendan que gestionar es necesario porque los recursos son limitados.

Que liderar es necesario porque las personas no son recursos.

Esa diferencia debería acompañarnos cada vez que tomamos una decisión.

Los presupuestos se administran.

Los procesos se organizan.

Los indicadores se miden.

Las tecnologías se implementan.

Pero las personas interpretan, sienten, recuerdan, aprenden, se frustran, crean confianza y también la pierden.

Dirigir consiste en habitar ambos mundos.

Quien solamente comprende los números puede terminar dañando aquello que produce los números.

Quien solamente comprende las emociones puede terminar evitando las decisiones que permiten que la organización continúe existiendo.

No necesitamos elegir entre esas dos dimensiones.

Necesitamos integrarlas.

Quizá la pregunta estaba mal formulada

La discusión “jefe versus líder” resulta atractiva porque nos ahorra pensar.

Clasificamos personas.

Aplaudimos al líder.

Condenamos al jefe.

Y seguimos adelante.

Pero la realidad organizacional es mucho menos cómoda.

Una misma persona puede ejercer un liderazgo extraordinario en una situación y comportarse de manera autoritaria en otra.

Puede ser cercana con su equipo y profundamente injusta al distribuir oportunidades.

Puede hablar de autonomía mientras centraliza las decisiones importantes.

Puede defender el bienestar de las personas y evitar conversaciones que terminarían protegiendo precisamente ese bienestar.

Por eso no me interesa demasiado saber si alguien se considera jefe o líder.

Me interesa saber cómo decide cuando existe presión.

Cómo utiliza información que otros no poseen.

Cómo reacciona cuando alguien lo contradice.

Qué hace cuando uno de sus mejores colaboradores comete un error.

Cómo trata a una persona de la que ya no necesita nada.

Qué ocurre cuando debe elegir entre proteger su imagen o reconocer públicamente una equivocación.

Allí aparece la verdadera calidad de la autoridad.

No en una definición.

No en una infografía.

No en una etiqueta colocada debajo del cargo.

Aparece en las decisiones.

Y quizá por eso esta conversación debería dejar de preguntarnos si queremos ser jefes o líderes.

La pregunta más difícil es otra:

¿Qué clase de persona nos estamos convirtiendo mientras ejercemos autoridad sobre otros?

Porque el cargo algún día termina.

La influencia también puede terminar.

Pero la manera como utilizamos el poder deja consecuencias en personas, relaciones, organizaciones y decisiones que continúan mucho después de que abandonamos una oficina.

Comprender eso cambia la forma de dirigir.

No elimina la exigencia.

La vuelve más consciente.

No elimina la autoridad.

La vuelve más responsable.

Y no convierte al jefe en enemigo del liderazgo.

Lo obliga a comprender que ocupar una posición desde la cual puede decidir sobre otros no es un privilegio para demostrar importancia.

Es una responsabilidad que revela, probablemente mejor que muchas otras situaciones, la calidad de nuestro criterio.

Si esta reflexión toca una decisión que hoy necesita ser revisada en su empresa, en su equipo o en su manera de ejercer autoridad, podemos continuar esa conversación estratégica, en una conferencia o en una masterclass:

https://t.mtrbio.com/JCMD

Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

Mensaje final

El poder no revela cuánto manda una persona.
Revela qué hace cuando tiene la posibilidad de decidir por otros.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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