Si la inteligencia se hereda genéticamente, o si su nivel y desarrollo dependen de la educación que reciba el niño desde su nacimiento, es algo que se encuentra aún en discusión. No es fácil llegar a una conclusión que deje zanjado el tema, y los rápidos avances de la ciencia genética tienden, actualmente, a revalorizar el peso de la herencia genética a la hora de determinar la inteligencia del nuevo ser.
Los padres observan embelesados a su hijo recién nacido, y quizá les parezca tan desnudo, indefenso y frágil, y, al tiempo, tan desconocido… ¿Cómo será cuando crezca? Pero las dudas tienden a disiparse con la visita de otros miembros de la familia. En sus opiniones y comentarios ofrecen paralelismos y comparaciones que parecen leer en el futuro del recién nacido, como si su historia estuviera ya escrita en las líneas de sus diminutas manos: “Será artista porque se parece al primo concertista de piano”, o “empresario porque es la viva imagen de la tía propietaria de una cadena de supermercados”. Padre y madre han dotado a su hijo de un conjunto único de factores hereditarios (un genotipo). Y, al igual que entre sus rasgos físicos se buscan paralelismos con las sagas de ambas familias, también se establecen sentencias sobre su inteligencia e incluso futura biografía. ¿Es cierto? ¿Está escrita ya la inteligencia en su ADN? ¿Se hereda la inteligencia?
No existe una respuesta unívoca a estas preguntas, porque tampoco existe una definición única y científicamente aceptada de qué es la inteligencia. Por una parte, la inteligencia es un rasgo característico del ser humano, y uno de los factores que nos diferencia del resto de seres vivos. En este sentido, la respuesta a la cuestión planteada es afirmativa: efectivamente, los humanos heredamos la inteligencia. Pero, por otra, si nos referimos a la inteligencia como algo predeterminado y mensurable por razones de historia familiar, sexo, raza o etnia del recién nacido, la respuesta sólo puede ser un rotundo no.
La inteligencia no es un valor cerrado, se desarrolla desde el nacimiento y, en sus aspectos fundamentales, está ligada a la evolución neurobiológica del bebé desde el mismo momento de su nacimiento hasta una vez superada la adolescencia. Una larga maduración psicofísica en la que las relaciones afectivas con el entorno familiar y social definirán su capacidad de aprender, integrarse y cambiar el mundo que le rodea, es decir, su inteligencia.
Cuanto más compleja y evolucionada es una sociedad, más largo será el período de aprendizaje de los individuos que la integran. Como ser social, la relación del niño con sus iguales es tan importante y necesaria como la que recibe del modelo a imitar de los adultos. En este aspecto, no es la herencia, sino el aprendizaje, fruto de la educación y las relaciones que establece el niño en el ambiente sociocultural en que se desenvuelve, lo que conformará las características y etapas de su desarrollo intelectual.
Nuestro hijo nace con un mapa genético único que le hemos transmitido como progenitores, pero es un mapa que sólo dibuja los perfiles de un contorno físico en transformación permanente. Falta por construir y fijar, en una cartografía precisa, los mil caminos, las mejores rutas posibles, que sólo podrán trazarse positivamente a partir de la relación con un entorno afectivo propicio, de la experiencia personal, de la educación y de los valores adquiridos que sepamos transmitirle como padres. En primera instancia, somos el modelo de una cultura y una sociedad complejas en las que el niño deberá integrarse y que podrá modificar para las generaciones venideras. El valor de la herencia en este proceso es importante, pero no determinante para el futuro del nuevo ser.
Un ejemplo ilustrativo del valor combinado de la herencia y la educación podría provenir del deporte. Se admite que algunas características físicas generales de una raza determinada pueden facilitar una actividad deportiva concreta. Así, parece ser que los atletas negros están, por razones genéticas, especialmente dotados para conseguir las mejores marcas en las carreras de velocidad. Sin embargo, este hecho no es excluyente o determinante para el resultado de una competición, y ciertamente hay grandes velocistas que no son de raza negra, porque lo más importante para un atleta, lo único que puede ayudarle a triunfar, sea cual sea su raza, es el mantenimiento de una determinada disciplina (hábitos adquiridos) y de un correcto entrenamiento diferenciado y personal (educación).