Quien decide adornarle la frente a su pareja lo hará, con profesión o sin ella, y en sus narices.
No creo, como pretenden hacerlo ver ciertos encuestadores, que uno sea más o menos infiel, según la profesión que escogió para su vida. Me refiero al tema por los resultados de un reciente sondeo según el cual ser médico, profesor o militar también da facilidades para andar de turismo por otras camas.
Si nos atenemos a estas encuestas, los fóbicos de los cachos tendrían que descartar de plano a parejas con estas profesiones. Ah, y los infieles con estos oficios podrían acabar disculpando sus andanzas con el cuento de que “soy médico y sabías, estabas advertida”.
Nada de eso. La infidelidad es un asunto personal, y si bien los magos que relacionan la profesión con los cuernos hablan de las condiciones, los entornos y las oportunidades que la favorecen, no hay tal. Quien decide adornarle la frente a su pareja lo hará, con profesión o sin ella, y en sus narices.
A los factores que determinan una infidelidad no hay que buscarlos por fuera sino por dentro. Ella pega con las emociones, la cultura, la crianza, las costumbres y la valoración que se haga de las relaciones personales.
Insisto: no hay, en ese orden de ideas, profesiones u ocupaciones que blinden contra esos deslices.
La razón es simple: a la infidelidad la movilizan el deseo, las ganas y el apremio del departamento inferior del cuerpo.
En otras palabras, sin la promesa de un polvo, de un buen polvo; sin la perspectiva de experimentar sensaciones nuevas o de subir un par de puntos la marca personal, no hay cuernos. Eso es seguro. No hay profesión, por pacata que sea, capaz de contener eso.
Ni médicos ni profesores ni militares ni abogados ni deportistas ni, claro está, columnistas de periódicos.