Según Lust, la pornografía, puede ser
"bonita e inspiradora", siempre y cuando "se haga bien".
Érika Lust habló sobre el
secreto del éxito de sus filmes.
Son las 10 de la mañana en Barcelona. Érika Lust tiene el pelo desordenado y
no lleva maquillaje. Hace apenas dos horas salió el sol y el frío del invierno
aún no cede. No hay rastro de los labios rojos ni de esa mirada un poco felina
que exhibe en las fotos de su web. Así, al natural, pocos imaginarían que esta
politóloga especializada en feminismo y madre de dos niñas se gane la vida
filmando porno. Primer estereotipo derribado; y caerán unos cuantos más a lo
largo de la conversación.
Nacida en Suecia, en 1977, Lust es conocida en la industria del cine
erótico como la pionera del porno para mujeres, con filmes en los que la
narrativa feminista protagoniza la escena. Ha hecho cuatro
largometrajes y cuatro cortos, muchos de los cuales han sido premiados en
festivales del género en Nueva York, Berlín y Barcelona.
Su ideología podría resumirse en la frase de la estadounidense Annie
Sprinkle, estrella del cine erótico que con el tiempo derivó en sexóloga: “La
respuesta al mal porno no es el no-porno, sino tratar de hacer un mejor
porno”.
Radicada desde hace más de 10 años en Barcelona, su español es tan correcto
que le ha dado para escribir cuatro libros de ensayos y uno de ficción, todos
sobre sexo. Sin embargo, no pierde la fuerza en la pronunciación que el acento
sueco les imprime a sus palabras. Conversamos a través de una pantalla de
computador, de la misma manera como suele hacer las audiciones para seleccionar
a algunos de los protagonistas de sus películas.
Y la primera pregunta es obligada: ¿en qué se diferencia la pornografía
convencional de la hecha por y para mujeres? “Surge de la necesidad de
cambiar los conceptos y papeles de feminidad y masculinidad. Quiero que tengamos
más opciones de ser putas y madonas a la vez, para tener un poco más de espacio
y ser nosotras mismas”, afirma en un tono casi académico.
“Ser nosotras mismas” lo traduce en escenas eróticas, sin planos explícitos
de los genitales. Un poco más de besos y caricias para resaltar la intimidad de
la sexualidad, no solo el fin último de la penetración. A la vez, agrega
detalles evidentemente cuidados, como el vestuario, el maquillaje y la
ambientación. Más música y menos gemidos falsos. Sexo con estilo, donde
la mujer no solo es proveedora de placer, sino protagonista de la
satisfacción.
“El porno es una de las herramientas que usamos casi todos para aprender
sobre el sexo y faltan visiones diversas, porque es muy fácil acceder a valores
violentos –explica–. El que se exhibe hoy en día no es un porno positivo y
muchas generaciones se están acercando al sexo desde esa perspectiva. Si eso es
lo que los jóvenes ven en las imágenes, ¿cómo van a saber qué buscar de la
sexualidad? Yo quiero ofrecer alternativas para que las mujeres y los hombres
puedan disfrutar de una película, ponerse ‘calientes’ sin sentirse agredidos. La
idea del porno es bastante buena, vale la pena; pero el porno que hay es un asco
y quiero que las mujeres den su visión, con sus emociones. El sexo es muy
importante para dejarlo en manos solo de personajes como Nacho Vidal (la
estrella del porno español).”
Redefiniendo el
género
Su interés por el cine X comenzó en su adolescencia, concretamente el día en
que su novio de la época la invitó a ver una película porno. Su cuerpo
reaccionó, sus instintos despertaron, pero sus emociones no lograron conectarse
por culpa de las imágenes, que le parecieron grotescas. Supo entonces que podía
hacer algo más por el género. “No podemos fiarnos de los hombres, que
son quienes hacen las películas”, dice.
Tras licenciarse en Ciencias Políticas en Suecia, Lust se mudó a
Barcelona en el 2000, con el fin de buscar algún trabajo relacionado con la
política en esta ciudad. Aunque llegó con un buen dominio del español, su
desconocimiento del catalán le impidió ingresar al sector público.
Entonces, echó mano de su gusto por las artes –que traía desde la infancia– y
aprendió a hacer cine preparando cafés en las producciones y recogiendo a
actores en el aeropuerto. Mientras tanto, tomaba cursos sobre cinematografía en
sus ratos libres.
Esta experiencia –combinada con sus estudios sobre feminismo– la materializó
en su primer filme: el cortometraje The Good Girl (2007), la historia de una una
joven ejecutiva, con muchas fantasías pero tímida en el sexo, hasta que un día,
aconsejada por una amiga, decide hacer con el repartidor de pizza “lo que una
chica buena nunca haría”, según reza la sinopsis de la cinta.
“El argumento suena conocido, pero quería demostrar que no necesariamente hay
que romper con los clichés; que la diferencia está en cómo se cuenta, cómo lo
explicas, porque si le das personalidad, emociones, sensaciones y
discurso al personaje, puedes crear algo. Aunque, por otro lado, sí que
intento romper el estereotipo con historias de gente más normal que hay a mi
alrededor –como vecinos o compañeros de trabajo– y huir de la bailarina de
striptease o la enfermera de minifalda y liguero”, explica.
En esa lucha para no caer en el lugar común, también ha tenido que lidiar con
los actores. “Se me ocurrió darles diálogos, pero no contaba con que las
estrellas del porno no actúan y con que los actores no tienen relaciones
sexuales ante una cámara –afirma–. Además, en las audiciones, las mujeres casi
siempre se menosprecian, dicen que no saben actuar, y cuando hacen las pruebas
son 50 por ciento mejores que lo que dijeron. En cambio, los hombres tienen
seguridad al venderse, pero luego hacen 50 por ciento menos.”
Hoy, Lust es catalogada por la crítica y los diferentes festivales en
los que ha participado como pionera del género; suma ya varios reconocimientos,
como el Premio Ninfa al mejor corto en el Festival Erótico de Barcelona; mejor
película en el Festival Venus, de Berlín; mención de honor en el CineKink, de
Nueva York, y película del año en los Premios Porno Feministas de Canadá, entre
otros.
Sus producciones han nacido bajo el sello Lust Films, creado en el 2004, y
tienen una amplia aceptación entre el público aficionado al cine adulto, que
ella traduce en ventas. “España lleva algunos años en crisis, pero eso no se
refleja en mi negocio, que crece 30 o 40 por ciento al año”, cuenta. Y, como si
fuera poco, comercializa juguetes sexuales a través de su página web
(www.erikalust.com), plataforma desde la que también distribuye sus cintas.
También en
librerías
Entre la venta de sus productos y la escritura de un nuevo guion, la
directora porno ahora explora otra faceta sin abandonar su línea: la literatura
erótica. La canción de Nora (Planeta), su primera novela, ya está en las
librerías españolas compartiendo estantería con otros títulos del género que
popularizó Cincuenta sombras de Grey, aunque a Lust la novela de E. L. James le
parece “más de lo mismo”.
“Llevo años trabajando en el sector erótico, tratando de conseguir que
algunas cosas cambien, como la manera en la que se ve la sexualidad femenina.
Por eso, Cincuenta sombras de Grey me decepcionó mucho. Cae en lo de siempre: la
protagonista es una mujer débil, elegantemente sumisa, insegura, muy joven,
inocente, con el objetivo clásico de las historias de Disney: transformar el
lado oscuro de los hombres. Esa idea me cansa”, dice.
Y Nora, la protagonista de su novela, sabe cómo romper con ese molde: a los
24 años enfrenta las complejidades de mantener una relación con dos hombres al
mismo tiempo. El libro contiene demasiadas referencias personales como
para no pensar que Nora es la misma Lust en buena parte de la trama. Al
igual que la autora, Nora es sueca, estudió cine, se mudó a Barcelona, se
enamoró de un argentino y su vida se guía por las mismas inquietudes frente a la
sexualidad femenina que mueven a Lust. “Ya quisiera yo poder inspirarme en mis
vivencias personales, pero quizás soy más aburrida en la cama de lo que muchos
piensan”, dice como para despistar al enemigo.
Las casi 300 páginas de La canción de Nora son una secuencia de escenas
sexuales decoradas con un encaje que funge como historia, no muy diferente de
las películas de este género, pero ella se defiende. “Cuando las mujeres
escribimos sobre sexo, nuestros libros son como ‘literatura arlequín’, barata.
Pero cuando los hombres escriben literatura erótica –como lo hizo Henry Miller–,
ni siquiera se la llama así, sino simplemente literatura”,
argumenta.
Y aunque no descarta hacer cintas distintas del género para adultos, su
principal motivación siempre será la de presentar una mirada femenina del mundo,
aunque sienta que a la par debe ir destruyendo estereotipos. “Todo el tiempo
parece que queremos justificarnos: ‘Yo hago películas porno, pero no tan
fuertes; yo soy feminista, pero no tan radical...’. A veces quisiera meter estos
dos conceptos en la lavadora y exprimirlos hasta que salieran limpios, con un
significado nuevo, completamente diferente”, concluye.