Escuché hace poco, de la boca de un señor, que cambiaría veinte polvos malos por uno de buena calidad. Y eso me lleva a preguntarme, ¿qué caracteriza a los buenos y a los malos? Pues déjenme decirles que eso no está, y espero que así se quede, estandarizado.
La sexualidad es tan personal que lo que puede ser bueno para unos, para
otros no lo es. Por ejemplo: una faena sin quitarse la ropa y tras una puerta
apenas llega, para unos, a rapidito insulso, pero otros insisten en clasificarlo
como un evento memorable.
Lo que llaman buena calidad, eso lo sé por experiencia, no está determinado
ni por el sitio, ni por la pose, ni por el tiempo dedicado ni por lo ruidosa que
resulte la pareja. Es el resultado de un cúmulo de cosas que constituyen los
ingredientes con los que se elabora una receta única para cada vez.
Ahí está la gracia, y no en esas puestísimas escenas de velas, música,
penumbra, champaña, aromas y ropa interior sugestiva, con las que unos pretenden
atraer a los otros y arrastrarlos al aquello sin fórmula de juicio.
Sin ánimo de desencantarlos debo decirles que eso no siempre acaba bien.
¿Quién garantiza que el sujeto de la seductora encerrona se motive con estas
cosas? ¿Y si por tratar de cumplir, de ponerse a la altura, acaba enredado en
una pobre, deslucida y gris faena? Señores y señoras, ¡que viva la
espontaneidad!
Esos mismos protagonistas, con las solas ganas de por medio, bien podrían
lograr un desenlace apoteósico, digno de una medalla de oro, si se dejaran de la
bobada de poner en escena estas cosas y dieran rienda suelta a lo que sienten,
incluso con la estufa al fondo como única utilería.
En este punto repito la pregunta, ¿qué es un polvo de buena calidad? Y yo
insisto en que no hay recetas efectivas, pero sí ingredientes básicos, como
estos dos: hacerlo con ganas y no por compromiso, y siempre que pueda uno
sentirse deseado y hacer sentir deseado al otro. ¡Ah!, uno más: si hay afecto
siempre es mucho mejor. Así, y tal y como dijo aquel señor, hay más
posibilidades de lograr un polvo de buena calidad, en lugar de veinte malos.