El amor puede existir en presencia de la pasión, pero ... cuando se confunde
pasión con amor, el amor se escapa. La pasión y el amor juntos constituyen un
cóctel agridulce que produce alguna alegría pero, casi siempre, termina en
pesar. Cuando uno bebe el amor puro, el gusto por la pasión se pierde en la
dulzura del verdadero sentimiento.
En las almas sinceras brillan gotas de amor, pero solo en el
espíritu se encuentra el océano del amor. Esperar perfección en el amor humano
es una locura, a menos que uno busque perfeccionar ese amor sintiendo, en su
interior, el amor del espíritu. Encuentra, primero, el amor del espíritu;
luego, con su amor, ama lo que quieras o a quien quieras.
No limites tu amor a un
solo ser –por más digno de amor que sea- excluyendo así a todos los demás. En cambio
con el amor que sientas por aquel a quien más amas, ama a todos los seres y
todas las cosas, incluyendo a ese ser amado. Si tratas de aprisionar el Amor
Omnipresente en una sola alma, este escapará y jugará al escondite contigo
hasta que logres encontrarlo en cada alma. Aumenta la intensidad y la calidad
espiritual del amor que sientes por una o varias almas, y prodiga ese amor a
todos. Entonces sabrás en que consiste el Amor.
El
Amor-Sabiduría, también denominado energía crística, varias veces se expresó en
la superficie terrestre por medio de seres elevados. En cada encarnación de
esos seres su presencia fue consolidando la capacidad de unión en la
consciencia del planeta y de aquellos que lo habitan.
Los
centros espirituales, cuando se materializan sobre la faz de la Tierra, tienen,
entre otras funciones, la de manifestar concretamente esa energía cósmica.
Tienen como propósito ser ejemplos vivos del retorno de Cristo al mundo
externo, Cristo cuya presencia ya es claramente perceptible en los niveles
interiores del planeta. Para eso, los individuos que mantienen la expresión
externa de esos centros – y prestan servicios en ellos – deberían suprimir todo
vínculo que los aprisione a su propia naturaleza humana. Además, deberían dejar
de considerarse miembros de determinado centro, y buscar sus raíces en el
cosmos, en la vida inmaterial.
En
la consciencia crística, las tareas asumidas por esos individuos tienen
amplitud cósmica. En la medida de lo posible, deben estar liberados de
conceptos para mantener cristalina y límpida la propia energía y la del
ambiente donde se encuentran. Al desapegarse de perspectivas humanas cada uno
de ellos llegará a reconocer, con mayor facilidad, su integración en el cosmos.
Entonces, podrá erguirse más allá de las ideas que nutre sobre sí mismo,
trascender la identificación con los parámetros del universo material y
sumergirse en una consciencia ilimitada, regente de todos los ciclos, ya que
contiene la esencia de la eternidad.
Es
indescriptible la docilidad y el poder que revisten los estímulos recibidos
cuando se está ante el movimiento de la energía que permite la integración de
los universos. La perfección brota de ese movimiento como simple consecuencia
de ser realizado por amor al Divino, y nada más.
El
hombre debe, un día, llegar a percibir interiormente las necesidades que pueden
ser suplicas por medio de los atributos de los cuales dispone y, sin interponer
obstáculos, ir al encuentro de ellas. Habiendo de su parte amor y donación, lo
que por medio de él se manifieste tendrá perfección y armonía, por haber s ido
realizado en una sincera búsqueda de aproximarse a patrones espirituales. La
intensa presión positiva que ha sido percibida por muchos es una señal de los
tiempos en los que la energía crística estará claramente expresada en esta
humanidad.
La
encarnación de Cristo hace dos mil años estableció un vínculo entre esta
humanidad y los niveles más internos de la regencia del planeta. Ese vínculo
debería profundizase, para posibilitar que los seres que habitan sus estratos
más densos contacten energías sublimes. Par que algún día ese contacto pueda
hacerse efectivo, el Cristo y la Jerarquía estimulan la emersión del núcleo
interno de cada ser, cuna donde se encuentra, casi siempre adormecida, la
chispa de luz que lo une a la Fuente de Vida.
La
nueva exteriorización de Cristo es esencialmente la revelación plena de la
energía del amor cósmico al mundo consciente del reino humano. Siendo el
propósito de esa consciencia llevar a los individuos a polarizarse en los
niveles internos, sería un gran retroceso para la evolución si continuasen
esperando la manifestación de esa energía bajo las vestiduras de un ser, como
sucedió en el pasado. A pesar del grado de inmadurez en el que se encuentra el
hombre de superficie, él ya tiene capacidad para vislumbrar lo Real.
La
materialización de un nuevo tiempo está directamente ligada a la posibilidad de
que la energía interior se exprese en el mundo material. Lo nuevo es por
naturaleza un impulso transformador, que se revela de un modo espontáneo cuando
se contacta el centro de la vida. Por su carácter de total ausencia de
compromisos con lo que ya está establecido, la vibración de ese centro es
renovadora. Proporciona al ser las bases necesarias para que en él puedan ser
purificados los aspectos retrógrados que impiden su ascensión.
Esta
humanidad podrá alcanzar su expresión espiritual cuando, por lo menos parte de
ella, reconozca el amor por la luz y por la verdad que su propia esencia nutre,
y decida abrirse a él. No es el número de individuos, sino la calidad de su
entrega al Supremo lo que promoverá el cambio de polarización de la consciencia
de la humanidad como un todo. Por eso los pensamientos, los sentimientos y las
acciones de aquellos que despertaron, deben estar impregnados de esa entrega,
la cual no sólo mantiene su propia conexión con la Realidad, sino que la
irradia a los semejantes, auxiliándolos para que también la alcancen.
Las
interferencias causadas por la inestabilidad de los cuerpos materiales exigen
un esfuerzo especialmente intenso en ciertos trechos del camino de la
liberación; sin embargo, contribuyen para que el peregrino adquiera
mayor habilidad y destreza. Forman parte de la senda infinita que en cada nueva
etapa revela a la consciencia horizontes más amplios y más bellos, y la lleva a
reconocer su proximidad a la Fuente.