El Camino se recorre a la plena luz del día,
proyectada por Aquéllos que saben y guían.
Nada puede ocultarse, y en cada vuelta el hombre
debe enfrentarse a sí mismo.
En el Camino lo oculto es revelado. Cada uno ve y
conoce la villanía del otro.
Sin embargo, a pesar de esa gran revelación, no
es posible volver atrás,
despreciar a los demás ni vacilar en el Camino.
El Camino va hacia el día.
Ese Camino se recorre solo. No hay prisa ni
apremio.
No hay tiempo que perder. Cada peregrino,
sabiéndolo, apresura
sus pasos y se encuentra rodeado por sus
semejantes.
Algunos logran pasar adelante, él los sigue.
Otros caminan detrás,
él marca el paso. Camina solo.
Cada peregrino en el Camino debe llevar consigo
lo necesario:
un brasero para dar calor a sus semejantes;
una lámpara para iluminar su corazón y mostrar a
sus semejantes la naturaleza de su vida oculta;
una talega con oro que no ha de esparcir por el
Camino, sino
compartirlo con los demás;
una vasija cerrada donde guarda todas sus
aspiraciones para
arrojarlas a los pies de Aquél que espera en el
portal
para darle la bienvenida.
A medida que el peregrino recorre el Camino debe
tener el oído atento,
la mano dadivosa, la lengua silenciosa, el
corazón casto,
la voz áurea, el pie ligero y el ojo, que ve en
la luz, abierto.
Él sabe que no camina solo.