La
virtud del discernimiento es necesaria en el camino del aspirante. Él necesita
saber distinguir lo verdadero de lo falso, lo eterno de lo efímero, las débiles
llamas de la existencia material del puro fuego de vida. Al principio lleva
consigo mucho equipaje. Deberá ir liberándose de él durante el camino. En eso
será ayudado, pues no hay peregrino que no cuente con el auxilio de
consciencias con más experiencias para guiarlo.
Sin
embargo, no le faltarán invitaciones que astutamente intentarán desviarlo de la
meta; ni mensajeros que, con blancas vestiduras, intentarán pasar por
portavoces de la verdad. Habrán de infundirle deseos y reacciones, y sutilmente
colocarán en su mente gérmenes de pensamientos que podrán hacerlo retornar
sobre sus pasos; en él estimularán el apego al pasado, a las vivencias
positivas, intentarán confundirlo con promesas de recompensas. Usarán de sus
buenas intenciones y de aspectos aún oscuros de su naturaleza humana para
llevarlo por rumbos equivocados. Por eso, para él es fundamental la necesidad
de perenne vigilancia y entrega.
El
estado en el cual el ser ya no vive personalmente, sino que es vivido por
energías mayores, cósmicas, celestiales, no puede ser fabricado con el querer
humano. El querer tiene que estar presente sólo para mantener tensas las
cuerdas del sagrado instrumento que sonará cuando, de modo sobrenatural, fuere
tocado por las manos invisibles del verdadero músico.
¿Vuestras ilusiones? Arrojadlas al fuego que arde en el corazón.
¿Vuestros deseos de servir al Creador? También estos debéis entregar. Con esas
capas recubriéndoos, ¿cómo podrá la esencia reflejarse en vuestro ser?
Lo que está hecho de materia pertenece al mundo. Renunciad a lo que
os prende y caminad rumbo a la luz.
Cuando
la decisión está afirmada, el pasado ya no atrae al peregrino. Aunque se le
acerquen recuerdos traicioneros, ya reconoció el “secreto de la Medusa” y no se
dejará engañar. Sus pasos son firmes; su fe, imperturbable. Su respiración es
profunda, pues el aliento del cosmos lo sustenta. Nada pide para sí, nada
espera de la vida. Sólo sigue cumpliendo lo que, desde lo Alto, le es indicado
en el silencio.