El mundo ha cambiado. El hilo
dental -en lugar de evolucionar- ha involucionado. Los diseñadores de moda
inventaron una especie de tanga pudoroso en el que el hilo dental fue
sustituido por una lamentable franja de tela de 2 a 3 centímetros, ¿para qué? ¡Las
tangas brasileñas nunca fueron importantes por su diseño! Este y otros dilemas
en un notable ensayo de tangología.
Mis queridos amigos, no se
preocupen: la tanga volverá algún día por todo lo alto. Es verdad que vivió mejores tiempos,
que los movimientos neoconservadores la han relegado a un plano secundario,
pero eso cambiará. ¡La tanga es la prenda superior por excelencia! ¡La mayor
invención que el mundo de la moda le regaló a la humanidad!Yo fui un espectador
privilegiado del auge y la decadencia de la tanga, en el transcurso de más de veinte
años viví una serie de peripecias que intentaré relatar a continuación.
Todo comenzó durante una madrugada en un
distinguido -y clandestino- centro de estudios del tanga, encubierto bajo la
tapadera de un table-dance. Era la década de 1990 y yo solía visitar ese tipo
de lugares porque estaba un poco perdido en la vida. Odiaba mi trabajo, odiaba
la carrera que había estudiado y las novias que me conseguía estaban más
confundidas que yo, al grado que pensaban que el cometido de un novio era
psicoanalizarlas. Los centros de estudios del
tanga eran frecuentados por eminencias a las que yo admiraba en secreto.
Era un mundo al que quería pertenecer y al que me permitían acceder, pagando un
cover y bebiendo cerveza y tequila a precios estratosféricos.
Aquella noche había pasado las últimas
horas analizando los distintos modelos de la diminuta prenda, cuando la vejiga
me anunció que era hora de despegar la mirada de la pista de baile para visitar
los servicios. Era un lugar con clase: en las paredes del baño, en lugar de
pósteres de fotografías eróticas había pósteres de obras de arte eróticas.
Recuerdo algún Klimt, quizá un
Schiele, pero lo que había seguro era una enorme Venus de Botticelli. Súbitamente irrumpió de manera ruidosa
un individuo bajito que hacía girar una tanga en el dedo índice de su mano
derecha. Era un investigador adscrito al centro, uno de los afortunados que
contaba con plaza fija. El tanga era de color amarillo fosforescente y llevaba
prendidas lentejuelas.
- Qué genio, Carlos Ficcardi!
Se refería al genovés a quien se
atribuye la invención de la miniprenda en los años setenta. Ficcardi vivía en
Brasil y gracias a él, en 1974, aparecieron las primeras tangas en las playas
de Ipanema. La dictadura que gobernaba Brasil se escandalizó y decretó su
prohibición, que mantuvo hasta 1976. Poca broma: usar tanga en Brasil entre
1974 y 1976 era un acto de rebeldía política.
Mi vecino de mingitorio, un profesor de
estética e historia del arte, devaluó el elogio porque le parecía sesgado por
una mirada occidental:
-La tanga, mi amigo, no es otra
cosa que una reformulación fetichista del tradicional taparrabos.
-Evidentemente, la diferencia entre
ambas prendas es que el tanga se inserta en una sociedad de consumo ávida por
sexualizar los espacios públicos -completó uno que se peinaba los bigotes en el
lavamanos, era doctor en sociología.
Miles de dudas se dispararon en mi cabeza, empezando por una fundamental:
Miles de dudas se dispararon en mi cabeza, empezando por una fundamental:
-¿Se dice el tanga o la tanga?
-Buena pregunta -me respondió un
tercero, un semiótico experto en moda y sadomasoquismo-, es un sustantivo
ambiguo, masculino y femenino, desde aquí ya puede verse su dualidad
característica, la dicotomía que constituye su esencia: lo que muestra -mucho-
y lo que oculta -poco-.
Para hablar con precisión y no perdernos
en las profundidades de tan minúsculo tema, resulta imprescindible que
transcriba aquí una serie de clasificaciones elementales para el estudio del
tema: hay tangas de bikini y de ropa interior; tangas de hilo dental y de cola
de ballena; de resorte autoajustable y de nudo; femeninas y masculinas. El común denominador es que la prenda deja
libre, al aire, a la vista, la totalidad del trasero de quien la usa. El ciento
por ciento.
Acabé entablando vínculos académicos con
los participantes de aquella charla. Nuestras discusiones contemplaban temas
como la influencia de la talla de la prenda sobre la percepción del tamaño del
trasero (una cuestión absurda, si lo pensamos seriamente); el cálculo de la
superficie textil que debe tener una prenda para ser considerada una tanga, en
milímetros cuadrados; o la polémica sobre la transparencia: una prenda que deja
ver todo, ¿existe o no existe?, ¿es válido hablar de anti-prendas?
-Sin lugar a dudas el uso del hilo
dental en colores claros es la opción perfecta -argumentaba alguno ante la
visión de una morena que contorsionaba sus noventa y cinco centímetros en la
pista.
-No hay verdades absolutas
-contraatacaba otro mirando a una rubia altísima, casi escandinava, que paseaba
sus exactos noventa centímetros en la pista vecina-, la cola de ballena en
color rojo es muy europea.
-¡Déjense de tonterías!, ¡esto es lo que
vale: tanga en mano! -gritaba un tercero que acababa de atrapar una miniprenda
al vuelo.
En esas estábamos, defendiendo nuestras
tesis y ponencias en diferentes centros de estudios del tanga, cuando llegaron
los primeros años del siglo veintiuno y una nueva moda sacudió los cimientos de
nuestro mundo: la aparición de los
pantalones de tiro bajo.
En realidad se trataba de la
reformulación de los denominados hip-huggers de los años sesenta; sin embargo,
los años sesenta no conocieron la combinación letal que nos tenía preparado el
nuevo siglo: pantalones de tiro bajo con
tangas de cinturilla alta.
De pronto ya no era necesario ir a los
centros de estudios del tanga o a las playas más atrevidas para contemplar la
minúscula prenda: la tanga había tomado la calle. El pantalón dejaba ver la
llamada T de las tangas de hilo dental o el triángulo denominado "cola de
ballena". Las visiones se ampliaban cuando la usuaria realizaba ciertos
movimientos que en otro tiempo eran inocentes, como agacharse o reclinarse. La moda había sido exportada de los Estados
Unidos al mundo entero, sus embajadores eran las estrellas del pop y sus
beneficiarios los fabricantes de vaqueros y ropa interior.
En los espacios públicos, entre
desconocidos, una nueva sociología de las relaciones humanas irrumpió
brutalmente: te invito a imaginarte mi trasero, como tarjeta de presentación.
Llegó nuestro momento: asociaciones de
padres de familia, guardianes de las buenas costumbres, la Iglesia, las
televisoras, todos nos convocaban para explicar el fenómeno. Aprovechábamos
para exponer, sin falsos moralismos, nuestras ideas sobre la mercantilización
de la vida cotidiana, sobre el fetichismo como motor de la sociedad de consumo,
sobre la sexualización de los espacios públicos o sobre las diferencias entre
erotismo y pornografía.
En el auge del escándalo conseguimos una
beca de las Naciones Unidas para realizar un diagnóstico y proponer soluciones.
Es decir: para ir a Brasil. Yo nunca había estado en Brasil, que resultó ser un
país que padecía gigantismo: todo era grande en Brasil, en especial el área del
cuerpo que se supone dejaba al descubierto la prenda que era objeto de nuestro estudio.
En Brasil, como si se tratara de un chiste
fácil, al trasero le llaman "bunda", lo que de inmediato hace pensar
en la abundancia. Allí comenzó y terminó nuestra alegría.
Para nuestra inmensa decepción, habíamos
llegado tarde, más o menos treinta años tarde. La tanga había nacido como una
prenda en su mínima expresión, impidiendo cualquier tipo de progreso. Más allá
del tanga solo quedaba el nudismo. En consecuencia, la evolución que la prenda
siguió fue un retroceso. Las brasileñas habían decidido violar la sacrosanta
regla según la cual una tanga solo es tanga al descubrir la totalidad del
trasero.
Los diseñadores habían inventado el
tanga pudoroso, en el que el hilo dental era sustituido por una franja de tela
de 2 a 3 centímetros. Con la nueva prenda, la superficie al descubierto
alcanzaba como máximo 90%, viéndose reducida en ocasiones hasta 70 u 80%. Traidores. Aun estaba lejos del moralista
bikini popular en el resto del mundo, el cual invertía las proporciones:
20-30-40% al descubierto y 60-70-80% bajo la tela. Pero el
tanga verdadero, el de hilo dental, estaba en franca extinción.
Cuestionadas al respecto -invitadas
formalmente a participar de nuestro estudio-, las brasileñas se ofendían y nos
hablaban de los falsos estereotipos que hay en el mundo sobre la mujer
brasileña. Nos decían que las únicas que seguían usando esas tangas eran las
"gostosonas" de turno, las típicas obsesivas de gimnasio y las que
habían optado por la cirugía estética.
Esos comentarios me hicieron recordar a
algunas tías y a algunas novias, para las cuales todas las mujeres guapas
estaban operadas o eran moralmente reprobables (por decirlo de manera
elegante). En el colmo, nos recomendaban que si queríamos ver esas prendas
minúsculas tendríamos que acudir a los centros de estudios del tanga locales.
¡Pero nosotros no habíamos recorrido miles de kilómetros para acabar repitiendo
escenarios!
Al mismo tiempo, comenzó a surgir
y a expandirse por el mundo entero una ola de desaprobación de la moda de los
pantalones de tiro bajo. Los medios de comunicación que antes la habían popularizado
ahora se apresuraban a calificarla de vulgar, de mal gusto o directamente de
anacrónica. Comenzaba la decadencia de la tanga. El efecto fue tan devastador
que hasta la playa de Ipanema nos llegó un telegrama de las Naciones Unidas en
el que se nos anunciaba la cancelación de nuestro proyecto y la consecuente
suspensión de fondos. Nos dejaban incluso sin el boleto de avión de regreso.
Aprovechamos la coyuntura para formar,
junto con un grupo de nostálgicos cariocas, el Frente Panamericano en Defensa
de la Tanga. Nuestra primera acción, simbólica y necesaria, fue hacer un
calendario donde los miembros posábamos en tanga. Las ganancias fueron
destinadas a la compra de nuestros pasajes.
Han transcurrido cinco años y desde
entonces la tanga ha sufrido sus altas y sus bajas. Algún día bueno cuando un
paparazzi caza a la estrellita de turno vistiendo un hilo dental en toda regla
y provoca una fugaz moda. Algún fabricante osado que apuesta por la prenda
auténtica arriesgándose a pérdidas millonarias, pero con la conciencia limpia
por saber que está haciendo lo correcto.
Muchos días malos por culpa del auge de
la derecha conservadora. Hay momentos de desaliento feroz, sobre todo por culpa
de la moda de estéticas inocentes que incitan a las mujeres a vestir prendas
enormes, propias del siglo diecinueve.
Pero no se preocupen, mis amigos:
la tanga volverá para no abandonarnos nunca. Aunque sea necesaria la vuelta de
regímenes totalitarios que la prohíban y de esta manera propicien su auge. No
escatimaremos medios. Un golpe de Estado mundial nos parece poco.
¡Tanga o muerte!
¡Tanga para todos!
¡Tanga para todos!