Resulta
inquietante que investigadores como Kristina Dzara, de la Southern Illinois
University, tengan que encuestar a mil parejas para establecer qué tan
importante es el sexo para los matrimonios.
Pues sin leer los resultados les tengo la respuesta: ¡Vital! ¡Indispensable! En ese ámbito, señores y señoras, pueden faltar el dinero, los lujos y hasta ciertas comodidades, pero los polvos, que son la sal de las uniones de pareja, jamás.
Y voy más allá: a esos matrimonios que convierten la cama en un simple mueble para dormir, trabajar y ver televisión habría que cambiarles el nombre, porque ya han dejado de serlo. Así de simple. En estas relaciones, que suelen pasar al plano de lo fraternal, el sexo languidece colgado en una percha, detrás la puerta.
Bueno... concedo que habrá parejas que simplemente aceptan que las vibraciones en el departamento inferior del cuerpo queden confinadas al cuarto de San Alejo, y que optan por vivir de esa manera. Sin embargo, me atrevo a decir que son la minoría.
Nadie dice que sea una obligación de las parejas vivir siempre dedicadas al aquello o que tengan que hacerlo por cumplir. Nada de eso, pero sí insisto en que a este indispensable espacio de intimidad hay que darle la importancia debida.
El sexo, ya lo he dicho, es para las personas una función tan vital como respirar; cada quien, valga la claridad, le otorga un significado; así las cosas, mientras para unos es la más clara demostración de amor, para otros es simplemente la forma de satisfacer un deseo, de liberar tensiones y hasta de reafirmarse. Y eso no lo hace más o menos válido.
El sexo en pareja, como todo en la vida, tiende a desgastarse si no se reinventa y alimenta debidamente, y esa es una tarea que compete claramente a los dos. El deseo por el otro se cultiva espantando la rutina, hablando sin tapujos de gustos y disgustos, esforzándose por seducir y hacerse deseable y, por encima de todo, protegiendo ese espacio íntimo que es de y para los dos.
Pregúntenme a mí, que sin mucha ciencia he descubierto que no hay nada mejor en la vida que ese íntimo abrazo con mi pareja, en el que no cabe nada ni nadie más.
Pues sin leer los resultados les tengo la respuesta: ¡Vital! ¡Indispensable! En ese ámbito, señores y señoras, pueden faltar el dinero, los lujos y hasta ciertas comodidades, pero los polvos, que son la sal de las uniones de pareja, jamás.
Y voy más allá: a esos matrimonios que convierten la cama en un simple mueble para dormir, trabajar y ver televisión habría que cambiarles el nombre, porque ya han dejado de serlo. Así de simple. En estas relaciones, que suelen pasar al plano de lo fraternal, el sexo languidece colgado en una percha, detrás la puerta.
Bueno... concedo que habrá parejas que simplemente aceptan que las vibraciones en el departamento inferior del cuerpo queden confinadas al cuarto de San Alejo, y que optan por vivir de esa manera. Sin embargo, me atrevo a decir que son la minoría.
Nadie dice que sea una obligación de las parejas vivir siempre dedicadas al aquello o que tengan que hacerlo por cumplir. Nada de eso, pero sí insisto en que a este indispensable espacio de intimidad hay que darle la importancia debida.
El sexo, ya lo he dicho, es para las personas una función tan vital como respirar; cada quien, valga la claridad, le otorga un significado; así las cosas, mientras para unos es la más clara demostración de amor, para otros es simplemente la forma de satisfacer un deseo, de liberar tensiones y hasta de reafirmarse. Y eso no lo hace más o menos válido.
El sexo en pareja, como todo en la vida, tiende a desgastarse si no se reinventa y alimenta debidamente, y esa es una tarea que compete claramente a los dos. El deseo por el otro se cultiva espantando la rutina, hablando sin tapujos de gustos y disgustos, esforzándose por seducir y hacerse deseable y, por encima de todo, protegiendo ese espacio íntimo que es de y para los dos.
Pregúntenme a mí, que sin mucha ciencia he descubierto que no hay nada mejor en la vida que ese íntimo abrazo con mi pareja, en el que no cabe nada ni nadie más.