Caminar rápido no siempre es eficiencia: a veces es una forma de huir



Hay personas que nunca parecen caminar. Parecen ir persiguiendo algo que nadie más puede ver.

Suben escaleras con prisa, atraviesan pasillos aceleradamente, terminan las conversaciones antes de que concluyan y sienten una extraña incomodidad cuando se ven obligadas a esperar. Desde afuera suelen recibir elogios. Se les considera ágiles, productivas, diligentes y resolutivas. Pero la velocidad física, en muchas ocasiones, es apenas la manifestación visible de algo mucho más profundo.

La psicología lleva décadas observando que nuestros movimientos corporales no son hechos aislados. El cuerpo suele expresar aquello que la mente intenta administrar en silencio. Y la forma de caminar, especialmente cuando la rapidez se vuelve constante y casi automática, puede revelar patrones emocionales, cognitivos y conductuales que la propia persona no ha identificado con claridad.

No significa que toda persona que camina rápido tenga un problema emocional. Sería una simplificación irresponsable. Existen factores de personalidad, exigencias laborales, hábitos adquiridos y hasta condiciones culturales que influyen en el ritmo de desplazamiento. Sin embargo, cuando la prisa se convierte en una manera permanente de existir, vale la pena hacerse algunas preguntas incómodas.

Porque hay personas que no caminan rápido porque tienen mucho que hacer.

Caminan rápido porque no saben estar quietas.

Y ambas cosas son completamente distintas.

Recuerdo haber conocido empresarios que parecían vivir con un cronómetro interno. Contestaban mensajes mientras hablaban, miraban el reloj durante las reuniones y caminaban de un lugar a otro como si cada minuto perdido fuera una amenaza. Eran admirados por su capacidad de ejecución. Pero después de algunas conversaciones más profundas aparecía otra realidad.

Muchos de ellos no sabían descansar.

No sabían esperar.

No sabían estar presentes.

La velocidad se había convertido en su estado natural porque la quietud los obligaba a encontrarse con pensamientos que preferían evitar.

La psicología ha relacionado la conducta de caminar constantemente rápido con niveles elevados de activación mental, estados de alerta, ansiedad, presión interna, necesidad de control e incluso una percepción permanente de urgencia. El cerebro aprende a funcionar bajo la idea de que siempre hay algo pendiente, algo por resolver o algo que podría salir mal si no se actúa inmediatamente.

La consecuencia es que el cuerpo termina viviendo en un modo de funcionamiento que debería ser temporal, pero que acaba convirtiéndose en permanente.

Y el cuerpo paga esa factura.

También la mente.

Y muchas veces la empresa.

Porque una persona que vive acelerada suele tomar decisiones aceleradas.

Interrumpe procesos.

Escucha menos.

Reflexiona menos.

Tolera peor la incertidumbre.

Tiene dificultades para delegar.

Confunde movimiento con progreso.

Y ese error, aunque parece pequeño, puede terminar afectando el dinero, las relaciones y el rumbo completo de una organización.

La prisa constante genera la ilusión de productividad.

Pero la productividad real no depende únicamente de la velocidad.

Depende de la calidad del criterio.

Una decisión equivocada tomada rápidamente sigue siendo una decisión equivocada.

En algunas ocasiones, la rapidez al caminar también está asociada con rasgos de personalidad orientados al logro. Personas altamente competitivas, autoexigentes y con gran orientación a resultados tienden a desarrollar ritmos de vida más acelerados. Son individuos que suelen sentir que el tiempo nunca alcanza y que siempre podrían estar haciendo algo más.

Desde ciertos contextos empresariales, este comportamiento incluso se celebra.

Pero pocas veces se habla de sus costos invisibles.

Porque la autoexigencia sostenida sin espacios de regulación emocional puede convertirse en agotamiento crónico.

La mente comienza a vivir en permanente anticipación.

El cuerpo se mantiene en estado de tensión.

La capacidad de disfrutar disminuye.

Las relaciones se vuelven funcionales y no humanas.

Y aparece una paradoja muy interesante.

La persona trabaja más para vivir mejor.

Pero termina viviendo menos mientras trabaja más.

He visto este fenómeno desde hace años.

Personas extraordinariamente inteligentes que toman decisiones brillantes para sus empresas, pero profundamente equivocadas para su propia vida.

Personas que aprendieron a resolver problemas complejos, pero olvidaron cómo permanecer en calma.

Personas que desarrollaron capacidad financiera, pero perdieron capacidad de presencia.

Y en muchos casos todo comienza con cosas aparentemente insignificantes.

La manera de comer.

La manera de responder mensajes.

La forma de conducir.

La forma de caminar.

La velocidad con la que se vive.

La psicología contemporánea entiende que los comportamientos automáticos son puertas de entrada hacia estados internos más profundos. Nuestro cuerpo desarrolla hábitos que, con el tiempo, dejan de ser conscientes. Por eso alguien puede decir: “Yo siempre he caminado así”.

Y probablemente sea cierto.

Pero la pregunta importante no es desde cuándo camina rápido.

La pregunta importante es por qué necesita vivir rápido.

Son preguntas diferentes.

Y las respuestas también lo son.

Porque, en algunos casos, la velocidad se convierte en un mecanismo de regulación emocional.

La actividad permanente evita el silencio.

La ocupación permanente evita la reflexión.

La agenda llena evita el encuentro con ciertas emociones.

La prisa se transforma en una forma elegante de escapar.

No de los demás.

De uno mismo.

Eso explica por qué algunas personas se sienten incómodas durante las vacaciones, los fines de semana o los espacios de descanso. La quietud elimina el ruido que normalmente mantiene ocupada la mente. Entonces aparecen preguntas que llevaban años esperando.

¿Estoy donde quiero estar?

¿Esta vida tiene sentido para mí?

¿Estoy construyendo algo que realmente deseo o solamente estoy respondiendo a expectativas externas?

¿Hace cuánto no me detengo a pensar?

No todas las personas están preparadas para esas preguntas.

Por eso algunas prefieren seguir caminando rápido.

Seguir haciendo.

Seguir resolviendo.

Seguir produciendo.

Seguir ocupadas.

Porque detenerse implica mirar.

Y mirar implica comprender.

Y comprender, en ocasiones, obliga a cambiar.

Desde la experiencia empresarial he aprendido algo que pocas veces se enseña en las escuelas de negocios: el problema de muchas organizaciones no es la falta de velocidad.

Es la incapacidad de detenerse a pensar.

Las empresas toman decisiones de contratación rápidamente.

Implementan tecnología rápidamente.

Abren nuevas líneas de negocio rápidamente.

Lanzan proyectos rápidamente.

Pero no siempre comprenden por qué lo hacen.

Y cuando el criterio es débil, la velocidad simplemente acelera el error.

Algo similar ocurre con las personas.

La rapidez al caminar puede ser perfectamente normal.

Puede responder a un estilo de personalidad activo y orientado a la acción.

Puede incluso asociarse con niveles altos de energía y motivación.

Pero cuando se convierte en una constante acompañada de ansiedad, impaciencia, irritabilidad, incapacidad para desconectarse y sensación permanente de urgencia, deja de ser un simple hábito de locomoción.

Se convierte en una señal.

Una pequeña señal.

Pero las grandes transformaciones casi siempre comienzan prestando atención a señales pequeñas.

Porque el cuerpo habla.

Siempre ha hablado.

La pregunta es si hemos aprendido a escucharlo.

Resulta interesante observar que las personas más conscientes de sí mismas suelen desarrollar la capacidad de modular su velocidad. Saben cuándo acelerar y cuándo desacelerar. Saben cuándo actuar y cuándo esperar. Comprenden que la eficiencia no consiste en vivir permanentemente al límite.

La verdadera madurez consiste en administrar la energía, no únicamente el tiempo.

Y eso cambia completamente la forma de entender la productividad.

La velocidad tiene valor.

La rapidez tiene utilidad.

La acción es indispensable.

Pero ninguna de ellas puede reemplazar la capacidad de reflexión.

En la vida y en la empresa, muchas decisiones equivocadas nacen de una sensación interna de urgencia que realmente no existe.

Queremos respuestas inmediatas.

Resultados inmediatos.

Reconocimiento inmediato.

Crecimiento inmediato.

Y esa relación enfermiza con la velocidad termina contaminando la manera de pensar.

Por eso la pregunta que plantea la psicología alrededor de quienes caminan rápido todo el tiempo no es una curiosidad menor.

Es una invitación a observar la relación que tenemos con nuestra propia vida.

Porque la manera en que nos movemos suele revelar la manera en que estamos habitando el mundo.

Quizá caminamos rápido porque estamos motivados.

Quizá porque somos personas de acción.

Quizá porque desarrollamos hábitos eficientes.

O quizá porque llevamos demasiado tiempo corriendo detrás de algo que nunca nos hemos detenido a definir.

Las respuestas son personales.

Pero la pregunta merece ser formulada.

¿Qué me está empujando a vivir siempre con prisa?

La respuesta puede explicar mucho más que la velocidad de sus pasos.

Puede explicar su nivel de ansiedad.

Su manera de liderar.

La calidad de sus decisiones.

Su relación con el tiempo.

Su relación con el éxito.

Y, en algunos casos, la relación que ha construido consigo mismo.

Porque no todo el que camina rápido está huyendo.

Pero algunas personas descubren, después de muchos años, que llevaban décadas corriendo sin saber exactamente hacia dónde iban.

Si esta reflexión le hizo reconocer comportamientos, decisiones o patrones que nunca había observado con claridad, quizá sea momento de profundizar la conversación y entender cómo pequeños hábitos terminan moldeando el rumbo de la vida y de las organizaciones.

https://t.mtrbio.com/JCMD

Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

A veces el problema no es la velocidad con la que avanzamos.
Es que la prisa nos impide notar que llevamos tiempo caminando en una dirección que nunca elegimos conscientemente.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente