Lo que Spielberg me enseñó sobre el miedo y la parte de nosotros que todavía no entendemos



El miedo no aparece cuando el peligro llega. El miedo aparece cuando algo pone en duda la historia que tenemos sobre nosotros mismos.

Con los años he descubierto que las personas no le temen tanto a perder dinero, ni al fracaso, ni siquiera a la incertidumbre. Lo que verdaderamente las paraliza es la posibilidad de descubrir que la realidad es más grande de lo que habían imaginado y que, para habitar esa nueva realidad, tendrán que convertirse en alguien diferente.

Quizá por eso algunas películas permanecen durante décadas en la memoria colectiva. No porque hablen de extraterrestres, de guerras o de mundos imposibles, sino porque logran tocar un lugar profundamente humano: el instante en el que una persona comprende que el universo no gira alrededor de sus certezas.

Steven Spielberg ha dedicado buena parte de su obra a ese momento.

No importa si la amenaza viene del océano, del espacio, de la historia o de la tecnología. Sus personajes terminan enfrentando la misma experiencia: descubrir que el miedo es menos un enemigo externo y más un espejo interno.

Y eso, curiosamente, también ocurre en la vida empresarial.

He conocido empresarios que perdieron grandes oportunidades no porque el mercado cambiara, sino porque fueron incapaces de aceptar que el mercado ya no se parecía al que ellos habían aprendido a dominar.

He conocido líderes que destruyeron equipos extraordinarios por miedo a parecer vulnerables.

He visto organizaciones invertir millones en tecnología mientras seguían tomando decisiones desde modelos mentales de hace veinte años.

En todos los casos, el problema nunca fue técnico.

El problema fue humano.

Recuerdo una conversación hace algunos años con un empresario que me decía que la inteligencia artificial era una amenaza para la humanidad. Su discurso era sólido, su preocupación parecía razonable y su argumentación estaba llena de datos. Sin embargo, después de varias horas de conversación apareció algo más profundo.

No tenía miedo de la tecnología.

Tenía miedo de dejar de ser indispensable.

Y son dos cosas completamente distintas.

Las personas solemos colocar nombres sofisticados a nuestros temores para evitar mirarlos de frente.

Decimos que nos preocupa la economía.

Decimos que nos inquieta el futuro.

Decimos que nos asusta la competencia.

Pero muchas veces lo que realmente nos aterra es descubrir que el valor que creíamos tener dependía de circunstancias que están cambiando.

Ese es un miedo existencial.

Y la mayoría de nosotros no sabe cómo administrarlo.

Las grandes historias de Spielberg muestran justamente esa tensión. La llegada de algo desconocido provoca una ruptura. Los personajes intentan explicar lo que está ocurriendo con las herramientas mentales que ya poseen. Después intentan negarlo. Más tarde se resisten. Finalmente, si tienen la suficiente honestidad, aceptan que necesitan comprender el mundo desde otra perspectiva.

La catarsis ocurre allí.

No cuando el monstruo desaparece.

No cuando la amenaza termina.

La verdadera transformación sucede cuando el ser humano deja de defender una versión obsoleta de sí mismo.

Pienso que algo semejante está ocurriendo hoy con millones de personas.

Vivimos un momento histórico extraordinario.

La tecnología avanza a una velocidad inédita.

La información es abundante.

La inteligencia artificial está reconfigurando industrias enteras.

La longevidad se extiende.

Las estructuras tradicionales de trabajo se transforman.

Y, sin embargo, las conversaciones más importantes siguen siendo profundamente humanas.

¿Quién soy en este nuevo contexto?

¿Qué valor puedo aportar?

¿Qué parte de mí necesita cambiar?

¿Qué creencias ya no me sirven?

¿Por qué siento ansiedad si aparentemente todo está bien?

Las respuestas no se encuentran en un software.

Tampoco en un algoritmo.

Mucho menos en una aplicación.

Se encuentran en la capacidad de una persona para atravesar una experiencia de autoconocimiento.

El problema es que la mayoría de nosotros hemos sido entrenados para resolver problemas externos y no para comprender nuestras propias reacciones internas.

Por eso confundimos información con comprensión.

Confundimos productividad con propósito.

Confundimos movimiento con dirección.

Y terminamos tomando decisiones importantes desde lugares emocionales que ni siquiera identificamos.

He visto personas renunciar a proyectos extraordinarios porque tenían miedo de sobresalir.

He visto empresarios comprar compañías porque no soportaban la idea de parecer pequeños.

He visto familias destruir relaciones valiosas por miedo a conversar sobre asuntos incómodos.

En apariencia eran decisiones racionales.

En el fondo eran respuestas al miedo.

A veces creemos que las grandes catástrofes nacen de eventos extraordinarios.

La experiencia me ha mostrado algo distinto.

Las verdaderas crisis suelen originarse en pequeños temores que se ignoran durante demasiado tiempo.

Una conversación aplazada.

Una verdad evitada.

Una pregunta que nadie quiere hacer.

Una sensación de vacío que se intenta llenar con más trabajo, más dinero o más reconocimiento.

El miedo tiene una capacidad extraordinaria para disfrazarse de lógica.

Y cuando eso ocurre, el daño puede durar años.

Quizá una de las lecciones más poderosas que he encontrado en las historias que exploran el encuentro con lo desconocido es que el ser humano posee una tendencia permanente a reducir la complejidad de la realidad para sentirse seguro.

Queremos respuestas simples.

Etiquetas.

Explicaciones definitivas.

Enemigos claramente identificables.

Sin embargo, la vida rara vez funciona así.

Las organizaciones tampoco.

Las personas son contradictorias.

Los mercados son impredecibles.

La tecnología produce beneficios y riesgos al mismo tiempo.

El progreso crea oportunidades y también nuevas incertidumbres.

Aprender a vivir en medio de esa complejidad se ha convertido en una habilidad estratégica.

No solamente para los líderes.

Para cualquier ser humano.

Porque la incapacidad de convivir con la incertidumbre genera decisiones impulsivas.

Y las decisiones impulsivas producen consecuencias acumulativas.

Un gerente puede despedir talento valioso por miedo a perder control.

Un padre puede romper la confianza de un hijo por miedo a no tener autoridad.

Un profesional puede permanecer años en un lugar donde ya no crece por miedo a redefinir su identidad.

Cada una de esas decisiones parece pequeña.

Pero terminan construyendo una vida.

Existe una escena que se repite constantemente en la experiencia humana: el instante en el que comprendemos que el mundo es más grande de lo que imaginábamos y que nosotros también somos más complejos de lo que creíamos.

Ese instante puede ser profundamente incómodo.

Porque obliga a revisar creencias.

Exige humildad.

Invita a reconocer ignorancias.

Nos enfrenta con la posibilidad de haber estado equivocados.

Y pocas cosas resultan más difíciles para el ego humano.

Sin embargo, también es allí donde comienza la verdadera transformación.

La catarsis no es una explosión emocional.

Es una reorganización del significado.

Es comprender algo esencial que antes permanecía oculto.

Es ver con claridad una relación que no habíamos identificado.

Es aceptar que el miedo puede ser un maestro incómodo, pero extraordinariamente útil.

Yo también he vivido momentos así.

Momentos en los que una conversación, un libro, una experiencia empresarial o un acontecimiento inesperado me obligaron a admitir que estaba intentando resolver problemas nuevos con versiones antiguas de mí mismo.

No siempre fue agradable.

Algunas veces fue profundamente incómodo.

Pero en retrospectiva, los mayores aprendizajes de mi vida surgieron precisamente de esos encuentros con lo desconocido.

Por eso pienso que el verdadero desafío de nuestra época no consiste en entender la tecnología.

Consiste en entender al ser humano que utilizará esa tecnología.

No consiste únicamente en desarrollar inteligencia artificial.

Consiste en desarrollar criterio humano.

No consiste en acumular más información.

Consiste en ampliar nuestra capacidad de interpretación.

Porque la diferencia entre una herramienta que libera y una herramienta que destruye suele depender menos de la tecnología y más de las decisiones de quien la utiliza.

Y las decisiones nacen de la forma en que entendemos nuestros miedos.

Tal vez eso explica por qué ciertas historias siguen tocándonos después de tantos años.

Porque nos recuerdan algo esencial.

Que el ser humano es una criatura extraña.

Capaz de crear maravillas y al mismo tiempo de sabotearse.

Capaz de explorar el universo mientras evita explorar su propio interior.

Capaz de construir máquinas extraordinarias y, sin embargo, incapaz de responder preguntas aparentemente simples sobre el sentido de su propia existencia.

Quizá la verdadera revelación no sea descubrir que hay algo desconocido allá afuera.

Quizá la verdadera revelación sea comprender que todavía conocemos muy poco de nosotros mismos.

Y mientras esa conversación permanezca pendiente, seguiremos llamando crisis a lo que muchas veces es simplemente un encuentro inevitable con nuestras propias limitaciones.

Para quienes ya comenzaron a reconocer estas preguntas en su vida, en su empresa o en sus decisiones, quizá resulte útil abrir espacios de conversación más profundos y estratégicos.

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Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

El futuro no siempre llega como una amenaza.
A veces llega para mostrar que la identidad desde la que decidimos ya no alcanza para comprender la realidad que estamos viviendo.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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