Hay una violencia silenciosa que casi nadie nombra: tratar a una persona mayor como si ya no tuviera derecho al deseo.
Durante años se instaló una idea peligrosa en muchas familias, en buena parte del sistema de salud y también en la cultura popular: después de cierta edad, la sexualidad deja de importar. No desaparece el cuerpo; desaparece la conversación. No se extingue el deseo; se vuelve incómodo para quienes no saben mirarlo. Y cuando una sociedad deja de reconocer una dimensión humana tan básica, no está protegiendo a sus mayores: los está reduciendo. En Colombia, esa reducción ha operado con una mezcla de paternalismo, vergüenza y una ignorancia disfrazada de respeto.
Por eso resulta tan importante que empiecen a aparecer estudios que obliguen a mirar de frente lo que siempre estuvo ahí. La investigación “Mis canas, mis ganas”, divulgada en marzo de 2026 por Profamilia y la Fundación Saldarriaga Concha, volvió visible algo elemental: la sexualidad en la vejez no se acaba, se transforma. Según los resultados reportados, el 62 % de las personas mayores encuestadas dijo haber tenido relaciones sexuales en los últimos 12 meses. El dato, por sí solo, desmonta una ficción cultural muy arraigada. Pero lo más revelador no es solo que exista actividad sexual, sino la brecha que revela: el 86 % de los hombres reportó actividad sexual reciente, frente al 43 % de las mujeres. Entre quienes no tuvieron relaciones sexuales, el 57 % señaló no tener pareja como razón principal. El estudio se centró en percepciones sobre sexualidad de personas mayores en varias ciudades del país, y se suma a una línea de investigación que Profamilia ya venía desarrollando sobre sexualidad, salud y envejecimiento en Colombia.
Ese contraste entre hombres y mujeres dice mucho más sobre la estructura social que sobre la biología. Cuando una mujer mayor enviuda, muchas veces no solo pierde a su pareja: pierde también legitimidad social para nombrarse deseante. En cambio, al hombre mayor se le tolera, a veces incluso se le celebra, seguir vinculado al erotismo. Ahí no estamos frente a una diferencia “natural”; estamos frente a décadas de educación afectiva desigual, de moral selectiva y de roles aprendidos donde la vida íntima del hombre parece tener permiso, mientras la de la mujer debe volverse discreta, casi invisible. La vejez no crea esa desigualdad. La desnuda.
He visto ese mecanismo muchas veces, incluso fuera del tema sexual. La sociedad suele tratar a la persona mayor como si solo necesitara medicamentos, seguridad y compañía, pero no autonomía, placer, intimidad ni decisión. Es una forma elegante de despojo. Se les ofrece cuidado, sí, pero un cuidado que a veces infantiliza. Se les escucha para asuntos domésticos, pero no para asuntos del cuerpo. Se les reconoce experiencia, pero no presente. Y una vida humana sin presente termina convertida en archivo.
La sexualidad, además, no se reduce al acto sexual. Esa simplificación también ha hecho daño. La Organización Mundial de la Salud define la salud sexual como una parte fundamental del bienestar general y la vincula con la posibilidad de vivir la sexualidad y las relaciones de forma positiva, respetuosa, segura y libre de discriminación o violencia. Dicho de otra manera: hablar de sexualidad en la vejez no es hablar únicamente de frecuencia sexual. Es hablar de identidad, de contacto, de consentimiento, de autoestima, de derecho al placer, de vínculo, de conversación, de salud mental y de dignidad. Cuando el debate se empobrece y todo se reduce a si alguien “todavía tiene relaciones”, se pierde lo esencial.
En Colombia, este asunto adquiere más relevancia porque no estamos frente a un fenómeno marginal. El país envejece, y no como hipótesis lejana. De acuerdo con trabajos citados por Profamilia y con la política pública nacional de envejecimiento y vejez, la proporción de personas mayores viene creciendo y el Estado reconoce la necesidad de garantizar una vejez digna, autónoma, independiente y libre de discriminación. La propia política pública 2022-2031 habla de envejecimiento saludable, participación, eliminación de violencias, acceso a salud integral y fortalecimiento de la autonomía. Es decir, el lenguaje institucional ya entendió algo que el lenguaje cotidiano sigue resistiendo: la persona mayor no es un residuo social; es un ciudadano pleno.
Ahora bien, entre lo que reconocen los documentos y lo que ocurre en la vida real hay una distancia enorme. En muchos consultorios todavía cuesta que un profesional pregunte a una persona de 70 años por su vida sexual sin incomodidad o prejuicio. La investigación previa de Profamilia sobre sexualidad y envejecimiento ya advertía vacíos: poca conversación, ausencia del tema en servicios de salud y una tendencia a que la sexualidad de la vejez aparezca solo cuando se habla de “disfunciones”. Eso es revelador. Mientras la sexualidad joven suele tratarse como prevención, educación y derechos, la sexualidad en la vejez suele tratarse como problema o dejarse en blanco. Y lo que una sociedad calla, termina administrándolo mal.
Hay una escena que resume bien esta contradicción. Un hombre de 68 años entra a una consulta por hipertensión. Toma varios medicamentos, duerme mal y ha empezado a evitar el contacto íntimo con su pareja porque teme “no responder”. Ella, de 66, tampoco dice mucho; hace tiempo aprendió que expresar deseo a su edad puede parecer ridículo o imprudente. El médico controla la presión, ajusta la fórmula y nadie pregunta nada más. La consulta fue técnicamente correcta, pero humanamente incompleta. Lo que quedó sin decir seguirá afectando la relación, la autoestima y quizá la adherencia al tratamiento. Ese vacío clínico no es menor. Es la prueba de que seguimos entendiendo la salud como reparación de órganos, no como lectura integral de la vida.
También yo he tenido que desmontar creencias aprendidas. Vengo de una generación que recibió educación técnica para resolver problemas, pero no necesariamente educación humana para nombrar ciertas complejidades sin vergüenza. Y con los años entendí algo fundamental: cuando una sociedad no sabe conversar sobre el deseo, termina tomando malas decisiones en familia, en empresa, en salud y en política pública. Porque el problema nunca es solamente sexual. El problema real es la incapacidad de reconocer a la persona completa.
Aquí aparece un quiebre de creencia que vale la pena asumir con seriedad: no es cierto que la edad apague el deseo; lo que cambia son sus formas, sus ritmos, sus condiciones y sus lenguajes. El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos lo plantea con claridad al explicar que el envejecimiento y ciertas condiciones de salud pueden modificar la vida sexual, pero también abrir nuevas formas de intimidad y de conversación en pareja. En esa idea hay más verdad que en muchos discursos moralistas: la sexualidad madura no es una copia defectuosa de la juventud; es otra etapa de la experiencia humana. Más consciente en algunos casos, más pausada en otros, a veces más libre de presión, a veces más atravesada por pérdidas. Pero sigue siendo sexualidad.
Por eso me parece tan limitada la obsesión contemporánea con medirlo todo en términos de rendimiento. Incluso en la intimidad. Hemos trasladado la lógica de la productividad a la vida afectiva: frecuencia, desempeño, potencia, respuesta, eficacia. Ese lenguaje puede sonar moderno, pero es profundamente empobrecedor. A cierta edad, y en realidad a cualquier edad, una vida íntima sana no se sostiene solo en funcionalidad, sino en presencia, conversación, cuidado mutuo y libertad para redefinir lo que significa compartir el cuerpo. El mercado vende desempeño. La madurez pide sentido.
Además, no se puede hablar de sexualidad en la vejez sin hablar de soledad, viudez, precariedad económica y desigualdad acumulada. En investigaciones previas citadas por Profamilia y en documentos sobre envejecimiento en Colombia aparecen señales claras de vulnerabilidad económica y de trayectorias muy desiguales, especialmente para las mujeres mayores. Eso importa porque el deseo no existe en el vacío. La autonomía íntima también depende de ingresos, vivienda, salud, movilidad, privacidad y redes afectivas. Pretender que la sexualidad es un tema privado desligado de las condiciones materiales de vida es otra ingenuidad cómoda.
Aquí la tecnología puede ser una herramienta útil, pero no un reemplazo de lo humano. Sirve para ampliar acceso a orientación, seguimiento médico, teleconsulta, educación sexual y comunidades de apoyo. Sirve para que una persona mayor encuentre información confiable sin pasar por el filtro del tabú familiar. Sirve para que el sistema de salud incorpore mejores datos y deje de invisibilizar necesidades por edad. Pero también puede agravar el problema cuando se usa desde la lógica fría del formulario o del algoritmo que clasifica sin escuchar. La tecnología dignifica cuando amplía criterio. Deshumaniza cuando sustituye conversación por trámite.
La implicación práctica de todo esto es incómoda, pero sencilla. Las familias necesitan dejar de tratar la sexualidad de sus mayores como una rareza. Los profesionales de salud necesitan preguntar mejor y sin paternalismo. Las instituciones deben incluir esta dimensión en sus programas de envejecimiento saludable, no como añadido exótico sino como parte del bienestar integral. Y las propias personas mayores tienen derecho a dejar de pedir permiso simbólico para nombrar lo que sienten. No para sobreactuar juventud, que sería otro disfraz, sino para habitar su etapa con verdad.
Hay algo más de fondo. Una cultura revela su nivel de madurez por la forma en que trata lo que ya no produce brillo mediático: la infancia, la enfermedad, la discapacidad, la vejez. Si a la vejez solo la aceptamos como memoria, pero no como deseo; como consejo, pero no como cuerpo; como pasado, pero no como presente, entonces no hemos construido una sociedad humanista. Hemos construido una sociedad utilitaria con buenos modales.
Y eso termina alcanzándonos a todos. Porque nadie envejece de un día para otro. Uno va entrando, poco a poco, en la edad que antes miraba desde lejos. Cada burla social contra la sexualidad de las personas mayores es, en realidad, una confesión de miedo colectivo al propio envejecimiento. Nos cuesta reconocer el deseo en el otro porque no sabemos qué hacer con el futuro de nuestro propio cuerpo. El prejuicio, casi siempre, no es superioridad moral: es pánico mal administrado.
Conviene entonces leer este estudio no como una curiosidad estadística, sino como una advertencia cultural. Colombia necesita una conversación más adulta sobre la vejez. Más honesta. Menos higienizada. Menos condescendiente. Porque una cosa es acompañar los cambios naturales del tiempo y otra muy distinta amputar simbólicamente a una persona antes de que la vida termine. La dignidad no consiste en prolongar años vacíos, sino en defender la integridad humana de esos años. Y esa integridad incluye el derecho a seguir sintiendo, el derecho a seguir eligiendo y el derecho a no ser borrado por cumplir más décadas.
La sexualidad no se acaba con la edad. Lo que sí debería acabarse es el prejuicio que convierte la vejez en una sala de espera.
