Hay preguntas que no nacen de la curiosidad superficial, sino del silencio acumulado. Preguntas que muchas personas cargan durante años, escondidas detrás del pudor, la vergüenza aprendida o el miedo al juicio social. Una de ellas, que he escuchado más veces de las que imaginas en conversaciones íntimas, mentorías, charlas empresariales y espacios espirituales, es esta: ¿por qué algo tan humano como la sexualidad sigue siendo tratado como si fuera algo prohibido?
Hace algunos días leí un artículo que hablaba, de manera sencilla y directa, sobre qué se vende en una sex shop y cómo entrar a una sin pena. Más allá del titular, lo que me llamó la atención no fue el inventario de productos, sino lo que el tema revela de nosotros como sociedad. Porque una sex shop no es solo un local comercial. Es un espejo. Un reflejo de nuestras contradicciones culturales, de nuestras heridas emocionales no resueltas, de nuestra relación con el cuerpo, el placer, el deseo, la intimidad y, sobre todo, con nosotros mismos.
He acompañado líderes, empresarios, emprendedores, matrimonios y jóvenes durante más de tres décadas. Personas brillantes en lo profesional, disciplinadas, responsables, exitosas incluso, pero profundamente desconectadas de su mundo emocional y corporal. Y en muchos de esos casos, la raíz no estaba en una mala estrategia de negocio, ni en la falta de tecnología, ni en la ausencia de conocimiento técnico. Estaba en una educación emocional fragmentada, en una espiritualidad mal entendida y en una sexualidad reprimida o distorsionada.
Crecimos, en gran parte de Latinoamérica, con mensajes contradictorios. Por un lado, una cultura hipersexualizada en la publicidad, la música y los medios. Por otro, una educación familiar y religiosa que nos enseñó a callar, a sentir culpa, a asociar el placer con el pecado o el peligro. El resultado es una generación de adultos que sabe producir, competir y sobrevivir, pero que no sabe habitar su cuerpo con conciencia ni vivir su intimidad con respeto y plenitud.
Cuando una persona siente vergüenza de entrar a una sex shop, en realidad no está reaccionando al lugar. Está reaccionando a su propia historia. A lo que le dijeron cuando era niño o niña. A las miradas de desaprobación. A las palabras no dichas. A las preguntas nunca respondidas. Y eso, créeme, tiene un impacto directo en la forma como lidera, ama, toma decisiones y se relaciona con los demás.
Desde la psicología, desde la espiritualidad consciente y desde la experiencia empresarial, he aprendido que lo que negamos no desaparece. Se desplaza. Se manifiesta en forma de ansiedad, de relaciones rotas, de dobles discursos, de adicciones silenciosas o de vidas aparentemente correctas, pero internamente vacías. Por eso, hablar de sexualidad con madurez no es una frivolidad. Es un acto de responsabilidad humana.
Una sex shop, bien entendida, no debería ser un templo del morbo, sino un espacio de educación, de autoconocimiento y de diálogo. Así como aprendimos a usar herramientas tecnológicas para potenciar nuestras empresas, también necesitamos aprender a conocer nuestro cuerpo, nuestros límites, nuestros ritmos y nuestras emociones. El problema no es el objeto que se vende, sino la conciencia con la que se usa. La tecnología no es buena ni mala por sí misma; lo mismo ocurre con cualquier herramienta relacionada con la intimidad humana.
He visto parejas que salvaron su relación cuando se atrevieron a hablar sin máscaras. He visto personas mayores reconciliarse con su cuerpo después de décadas de culpa. He visto jóvenes encontrar respuestas sanas cuando alguien, por fin, les habló con respeto y claridad. Y también he visto los estragos de la desinformación, del silencio y de la burla.
Desde el Eneagrama, por ejemplo, entendemos que cada personalidad vive la sexualidad de forma distinta. Algunos la reprimen, otros la intelectualizan, otros la exageran y otros la evitan. No hay una forma única, pero sí hay una constante: cuando no hay conciencia, hay sufrimiento. Desde la numerología, el Camino de Vida 3 nos recuerda la importancia de la expresión auténtica, de la comunicación honesta y del gozo creativo. Negar esa energía vital termina apagando otras áreas de la vida.
Incluso desde la empresa y la tecnología, este tema tiene implicaciones profundas. Equipos de trabajo con líderes emocionalmente reprimidos suelen reproducir culturas de control, miedo y desconexión. Organizaciones que no entienden la dimensión humana terminan tratando a las personas como recursos y no como seres vivos. Y no es casualidad que muchas crisis empresariales tengan su origen en conflictos personales no resueltos.
No estoy invitando a nadie a hacer nada que no quiera. Estoy invitando a algo mucho más profundo: a revisar nuestras creencias, a cuestionar los tabúes heredados y a recuperar una mirada más humana, más compasiva y más consciente sobre lo que somos. La sexualidad no es un enemigo de la espiritualidad. Cuando se vive con respeto, es una de sus expresiones más profundas. El cuerpo no es un obstáculo para la evolución; es el territorio donde ocurre.
Si este tema te incomoda, no lo rechaces de inmediato. Escucha esa incomodidad. Pregúntate de dónde viene. Qué historia está tocando. Qué conversación pendiente está pidiendo espacio. A veces, el crecimiento no llega por donde esperábamos, sino por donde más lo evitamos.
Vivimos tiempos de transformación profunda. Así como estamos replanteando la forma de trabajar, de educar, de usar la inteligencia artificial y de construir empresa, también necesitamos replantear la forma como habitamos nuestro cuerpo y nuestras relaciones. No para irnos a los extremos, sino para encontrar equilibrio, coherencia y verdad.
La madurez no consiste en saberlo todo, sino en poder hablar de todo sin perder la dignidad. Y la verdadera evolución no ocurre cuando acumulamos información, sino cuando integramos lo humano, lo espiritual y lo práctico en una misma vida.
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