Empieza el año y, casi sin darnos cuenta, el mundo nos empuja a bajar los pies a la tierra con una fuerza brutal. Hay listas de objetivos, metas trimestrales, indicadores, presupuestos, proyecciones y esa presión silenciosa —pero constante— de “aterrizar”. De producir. De demostrar. De cumplir. Y, sin embargo, hay personas que arrancan el año con la mirada perdida en el cielo, con la mente viajando más allá de lo inmediato, con el corazón haciendo preguntas que no caben en un Excel. ¿Y si eso que llamamos estar distraídos, soñadores o poco prácticos fuera, en realidad, una forma más elevada de conciencia?
Lo digo desde la vivencia, no desde la teoría. Llevo más de tres décadas acompañando procesos empresariales, tecnológicos y humanos. He fundado empresas, he cometido errores, he cerrado ciclos, he vuelto a empezar. Y si algo he aprendido en este recorrido es que las grandes decisiones no nacen del ruido, sino del silencio; no de la prisa, sino de la contemplación; no del miedo a fallar, sino de la valentía de imaginar.
En nuestra cultura latinoamericana —y particularmente en la colombiana— se nos ha enseñado a desconfiar de quien sueña demasiado. “Aterriza”, “madura”, “sé realista”, “eso no da plata”, “eso no sirve”. Yo mismo escuché esas frases muchas veces, incluso cuando decidí fundar Todo En Uno.Net en los años noventa, cuando hablar de integración tecnológica, visión sistémica y pensamiento estratégico era casi ciencia ficción. Pero hubo algo más fuerte que el miedo: una intuición profunda, una certeza silenciosa de que el futuro no se construye solo con los pies firmes en el suelo, sino también con la cabeza en las estrellas.
Mirar al cielo no es escapar de la realidad. Es tomar distancia para verla completa. Cuando un líder, un empresario o un ser humano se permite ese espacio interior, algo cambia. Aparece la perspectiva. Se ordenan las prioridades. Se caen los egos innecesarios. Y surge una pregunta mucho más poderosa que “¿cuánto voy a ganar?”: “¿para qué estoy aquí haciendo lo que hago?”.
He visto empresas fracasar por estar demasiado ocupadas ejecutando sin pensar. He visto personas exitosas por fuera, pero vacías por dentro. Y también he visto proyectos pequeños, casi invisibles, transformarse en referentes porque alguien se atrevió a imaginar un camino distinto. La imaginación consciente no es fantasía; es visión. Y la visión es el primer acto de responsabilidad.
Desde la psicología —en especial desde la neuropsicología y la psicología cognitiva— sabemos que el cerebro necesita espacios de divagación para integrar información compleja, para crear conexiones nuevas, para resolver problemas que la lógica lineal no alcanza. Desde la espiritualidad, entendemos que el ser humano no es solo acción, sino intención. Y desde la tecnología, especialmente hoy con la inteligencia artificial, confirmamos algo fascinante: las máquinas pueden procesar datos, pero la dirección, el sentido y el criterio siguen siendo profundamente humanos.
Por eso me preocupa cuando veo a personas usando la IA sin conciencia, sin propósito, sin reflexión. Automatizan tareas, sí. Aceleran procesos, también. Pero si no hay una visión elevada detrás, lo único que hacen es correr más rápido… hacia ninguna parte. La verdadera transformación no ocurre cuando incorporamos tecnología, sino cuando redefinimos nuestra forma de pensar, sentir y decidir.
En numerología, mi Camino de Vida es el 3, asociado a la expresión, la creatividad y la comunicación consciente. Durante años no entendí por qué, incluso en entornos altamente técnicos o financieros, siempre terminaba hablando de sentido, de propósito, de humanidad. Hoy lo comprendo: no vine a este mundo solo a construir empresas, sino a ayudar a integrar lo humano con lo técnico, lo espiritual con lo estratégico, lo invisible con lo operativo.
Mirar la luna, simbólicamente, es recordar que no todo lo valioso se mide. Que hay decisiones que se sienten antes de entenderse. Que hay ciclos que necesitan cerrarse aunque “no sea el mejor momento”. Que hay silencios que enseñan más que mil conferencias. Y que empezar el año soñando no es una debilidad, sino un acto de coraje en un mundo obsesionado con la productividad.
Recuerdo una conversación con un empresario que llegó a consultoría agotado, con su empresa creciendo en ingresos pero cayendo en alma. Tenía todo “en orden”, pero algo no encajaba. Le pregunté algo simple: “¿Cuándo fue la última vez que te permitiste pensar sin agenda?”. Se quedó en silencio. Ese silencio fue el inicio de su transformación. Redefinió su modelo de negocio, ajustó su equipo, cambió su relación con el tiempo y, paradójicamente, su empresa se volvió más rentable cuando dejó de perseguir solo resultados y empezó a honrar el sentido.
En mis espacios de escritura personal, como en https://juliocmd.blogspot.com/ o en reflexiones más espirituales compartidas en https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/, he insistido en una idea que hoy reafirmo: no hay liderazgo consciente sin introspección. No hay estrategia sólida sin visión elevada. Y no hay futuro sostenible si seguimos negando nuestra dimensión interior.
Empezar el año con la cabeza en la luna es permitirnos soñar con criterio. Es mirar el negocio, la vida y la tecnología desde un lugar más amplio. Es preguntarnos qué tipo de humanidad estamos construyendo con cada decisión. Es entender que la eficiencia sin conciencia termina siendo violencia silenciosa. Y que el verdadero progreso integra alma, mente y acción.
No se trata de vivir desconectados de la realidad, sino profundamente conectados con lo esencial. Porque cuando uno se alinea internamente, las decisiones externas fluyen con mayor coherencia. Cuando el propósito está claro, la estrategia se ordena. Y cuando hay sentido, incluso los errores se convierten en maestros.
Este año no te invito a correr más rápido. Te invito a mirar más alto. A darte permiso de pensar diferente. A reconciliarte con esa parte tuya que sueña, que intuye, que siente. A usar la tecnología como aliada, no como muleta. Y a recordar que ninguna empresa, ningún proyecto y ninguna vida florecen sin una visión que trascienda lo inmediato.
Tal vez hoy, más que nunca, necesitamos líderes con la cabeza en la luna y los pies en la tierra. Personas capaces de imaginar futuros más humanos y tener el coraje de construirlos, paso a paso, decisión a decisión, con conciencia plena.
Porque al final, no es la luna la que nos aleja de la realidad. Es el miedo a mirar hacia adentro lo que nos mantiene perdidos.
Si este texto resonó contigo, tal vez no sea casualidad. A veces una reflexión llega justo cuando estamos listos para escucharla. Si sientes que este año necesitas replantear tu rumbo personal, empresarial o profesional desde un lugar más consciente y humano, te invito a agendar una charla conmigo, o a compartir este mensaje con alguien que hoy necesite volver a soñar con sentido.
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A veces, el primer paso no es hacer… es mirar al cielo y recordar quién eres.
