Cuándo sanar también implica saber soltar? Una reflexión humana sobre el tiempo, la mente y la medicina


¿En qué momento una ayuda se convierte en una muleta permanente?
La pregunta no es cómoda, pero es necesaria. Porque no habla solo de medicamentos, habla de la forma en que enfrentamos el dolor, la tristeza, el cansancio del alma y las heridas invisibles que muchas veces cargamos en silencio mientras seguimos “funcionando”.

Durante años he acompañado líderes, empresarios, profesionales y personas comunes que, por fuera, parecen tenerlo todo bajo control, pero por dentro viven una lucha silenciosa. Algunos llegaron a mí después de años de tomar antidepresivos. Otros estaban considerando iniciar un tratamiento. Y muchos, muchísimos, no sabían siquiera ponerle nombre a lo que sentían.

No escribo desde la teoría. Escribo desde la observación, la escucha profunda y la experiencia real. Desde haber caminado procesos propios y ajenos. Desde entender que la salud mental no es una moda, ni un negocio, ni un eslogan bonito para redes sociales. Es un acto de honestidad con uno mismo.

El debate sobre cuánto tiempo deberían tomarse los antidepresivos no es solo médico. Es profundamente humano, cultural y espiritual. Vivimos en una sociedad que quiere soluciones rápidas para dolores profundos. Pastillas para seguir rindiendo, produciendo, cumpliendo, aparentando. Y no estoy en contra de la medicina. Sería irresponsable. La medicina ha salvado vidas, ha sostenido procesos críticos y ha sido un puente necesario en momentos oscuros. Pero un puente no es una casa.

He visto personas que empezaron un tratamiento como apoyo temporal y, sin darse cuenta, pasaron cinco, diez o más años sin replantearlo. No porque no quisieran sanar, sino porque nadie les enseñó a hacerse la pregunta correcta:
¿esto sigue siendo parte de mi proceso de sanación o se convirtió en una forma de evitar mirar lo que duele?

En el mundo empresarial hablamos mucho de indicadores, de revisiones periódicas, de auditorías, de mejora continua. Revisamos procesos, sistemas, estrategias. Pero ¿cuándo fue la última vez que alguien revisó su proceso emocional con la misma seriedad? ¿Cuándo se sentó a evaluar si lo que le ayudó en una etapa sigue siendo coherente con quien es hoy?

La mente humana no es un sistema aislado. Está profundamente conectada con el cuerpo, la historia personal, la espiritualidad, el entorno laboral, la familia y el sentido de vida. No se puede medicar el vacío existencial. No se puede silenciar indefinidamente una herida que pide ser escuchada. Se puede anestesiar, sí. Pero lo que no se integra, se manifiesta de otra forma.

Recuerdo a un gerente brillante, exitoso, admirado. Llegó agotado, emocionalmente plano. “No estoy triste”, me dijo, “pero tampoco siento alegría”. Llevaba años medicado. Funcionaba perfecto… como una máquina bien programada. Cuando empezamos a trabajar desde la conciencia, desde la historia, desde el sentido, entendió algo clave: el medicamento le ayudó a no hundirse, pero también lo había desconectado de sí mismo. El proceso no fue dejar de golpe nada. Fue recuperar la conversación consigo, con su cuerpo, con su propósito. Fue volver a sentir, incluso lo incómodo.

En nuestra cultura latinoamericana, además, hay un componente fuerte de culpa. Nos enseñaron a ser fuertes, a no parar, a no quejarnos. Y cuando algo se rompe por dentro, preferimos callar. La pastilla se vuelve entonces una solución silenciosa, socialmente aceptada, que no incomoda a nadie. Pero sanar de verdad suele incomodar primero.

Desde una mirada espiritual —no religiosa, sino profundamente humana— el dolor también tiene mensajes. No para romantizarlo, sino para escucharlo. La tristeza prolongada puede estar señalando una vida desconectada de lo que somos. La ansiedad constante puede ser un alma que vive en el futuro porque el presente le pesa. La depresión, en muchos casos, no es falta de fuerza, sino exceso de carga.

La inteligencia emocional nos enseña a reconocer, nombrar y gestionar lo que sentimos. La inteligencia espiritual nos invita a preguntarnos para qué, no solo por qué. Y hoy, incluso la inteligencia artificial nos muestra algo interesante: los sistemas más avanzados no funcionan solo acumulando datos, sino revisando constantemente su estado, aprendiendo, ajustando. ¿Por qué nosotros no?

No se trata de demonizar los antidepresivos ni de idealizar procesos alternativos. Se trata de conciencia. De acompañamiento profesional integral. De entender que el medicamento puede ser parte del camino, pero rara vez es el camino completo. Sanar implica tiempo, verdad, apoyo y decisiones valientes.

He aprendido que muchas personas no necesitan más dosis, sino más permiso para detenerse. Más espacios seguros para hablar. Más coherencia entre lo que hacen y lo que sienten. Más conexión con su propósito. Más humanidad en sus entornos laborales y familiares. Y sí, a veces, menos miedo a revisar lo que ya no tiene sentido sostener.

Como mentor y como ser humano, creo profundamente en los procesos revisados con amor y responsabilidad. Así como en la empresa sabemos cuándo escalar, optimizar o cerrar un ciclo, en la vida emocional también hay momentos para agradecer lo que ayudó… y soltarlo.

Porque sanar no siempre es añadir algo más. A veces es tener el coraje de preguntarse si lo que hoy sostengo sigue honrando la vida que quiero vivir.

Y esa pregunta, cuando se hace con honestidad, ya es parte de la sanación.

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Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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