Cuando la alegría no acompaña



Hay momentos —y quizá este también lo sea para ti— en los que la alegría simplemente no aparece. No llega. No acompaña. Y no porque algo esté mal, ni porque hayas hecho algo incorrecto, sino porque así es la experiencia humana cuando se vive de verdad.

Este año me dejó muchos momentos que nunca imaginé vivir. Algunos luminosos, otros profundamente silenciosos. Momentos en los que tuve que verme de frente, sin disfraces, sin explicaciones rápidas. Y entendí algo importante: no siempre necesitamos un motivo para sentir tristeza, cansancio o vacío. A veces el cuerpo llega antes que la cabeza.

Vivimos en una cultura que empuja a explicar todo, a justificar todo, a seguir produciendo como si nada pasara. Como si detenerse fuera un error. Como si sentir fuera una falla del sistema. Pero no siempre se puede. Y, más importante aún, no siempre se debe.

Escuchar al cuerpo es un acto de responsabilidad personal. El cuerpo sabe cuándo parar, cuándo bajar el ritmo, cuándo pedir silencio. Ignorarlo no nos hace más fuertes; solo aplaza el costo. Y ese costo siempre llega.

Cuando me siento así, no intento forzar estados que no están disponibles. Hago algo simple, pero honesto: me permito sentir. Sigo mi primer instinto, que suele ser irme a mi “cueva”, ese rincón íntimo donde no hay que demostrar nada. Allí no hablo, no produzco, no resuelvo. Solo estoy. Luego escribo. No para releer, no para analizar, no para compartir. Escribo para soltar, para vaciar, para no cargar de más.

Después, cuando el espacio interno se relaja un poco, vuelvo a lo esencial: compartir con mi familia, habitar lo cotidiano, dejar que el día siga su curso sin exigencias adicionales.

Mi consejo cuando la alegría no acompaña no es buscarla desesperadamente ni fabricarla a la fuerza. Es algo más sencillo y, a la vez, más difícil: entenderte, ser compasivo contigo y seguir con tu día sin castigarte por no estar “bien”.

Tal vez al día siguiente no despiertes al cien por ciento. Quizá solo a un ochenta. Y eso es suficiente. Con eso se puede avanzar. A tu ritmo. Sin épica. Sin discursos grandilocuentes. Sin traicionarte.

Te comparto todo esto porque, si hoy la alegría no te acompaña, no estás fallando. Estás siendo humano. El camino nunca ha sido lineal. Emprender, crear, liderar —la vida misma— está llena de curvas, pausas y tramos en los que no se corre.

Aprender a transitar esos momentos sin forzarte es parte del proceso. Descansar, escucharte, ir más lento cuando es necesario no te quita ambición. Te da sostenibilidad. Te permite seguir.

Si hoy necesitas parar un poco, hazlo.
Si hoy necesitas avanzar lento, también está bien.

La fidelidad más importante que puedes construir no es con una meta, ni con un resultado, ni con una expectativa externa. Es contigo.

El camino es largo.
Y necesita que llegues en buen estado.

Cuídate.
Un abrazo grande.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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