Erik Fabián Rico, en su reflexión sobre “nuestro tiempo”, logra tocar un punto neurálgico: la velocidad nos está robando el alma. No porque moverse rápido sea un pecado, sino porque hemos confundido moverse con avanzar. Las sociedades actuales se enorgullecen de la inmediatez, pero la prisa no siempre es sinónimo de progreso. Vivimos actualizando dispositivos, redes, rutinas, sin darnos cuenta de que el sistema también nos actualiza a nosotros. Somos versiones beta de nuestra propia humanidad.
He visto esta realidad tanto en la tecnología como en la empresa. Como ingeniero de sistemas, sé que toda aceleración tiene un costo: la pérdida de estabilidad. Como administrador y mentor, sé que toda productividad sin propósito termina vaciando el alma del proyecto. Y como ser humano, he aprendido que el reloj no se vence con velocidad, sino con presencia.
El tiempo que vivimos no es lineal, es existencial. Y ahí radica el problema: lo hemos convertido en una métrica. Ya no lo sentimos, lo contabilizamos. La cultura digital nos enseñó a medir todo: pasos, calorías, reproducciones, visualizaciones, facturas, incluso emociones. Pero ¿quién mide la serenidad? ¿Quién valora el instante en que un padre escucha sin mirar el celular, o una mujer decide no responder un mensaje para quedarse mirando el atardecer? Esos momentos, invisibles para los algoritmos, son los verdaderos indicadores de una vida consciente.
Desde hace décadas observo cómo la empresa moderna ha perdido el sentido del ritmo natural. La tecnología nos dio el don de la ubicuidad, pero también la carga de estar “en todo”. Las organizaciones buscan agilidad, pero no siempre entienden que la agilidad sin propósito degenera en agotamiento colectivo. Cuando hablo con directivos o emprendedores, suelo recordarles algo que aprendí de la vida y no de un libro: el tiempo no se gestiona, se honra. Y honrarlo implica elegir, detenerse, priorizar y, sobre todo, agradecer.
En mi experiencia, tanto la inteligencia artificial como la espiritualidad comparten una enseñanza similar: todo sistema necesita un espacio de procesamiento. Si no pausamos, colapsamos. Si no reflexionamos, repetimos. Y si no escuchamos, perdemos la esencia. La IA puede calcular millones de combinaciones por segundo, pero no puede darle significado al tiempo; esa sigue siendo una tarea exclusivamente humana.
He vivido lo suficiente para notar que todo lo que realmente vale requiere tiempo: la confianza, la sabiduría, la madurez, el amor. Incluso el aprendizaje tecnológico más complejo necesita paciencia para comprender, para integrar, para aplicar. La inmediatez no sustituye la comprensión. Lo urgente no siempre es lo importante. Y lo veloz no siempre es lo vital. Si algo debemos recuperar como humanidad, es el arte de demorarnos.
Y tal vez, cuando logremos eso, descubramos que no era el tiempo quien pasaba rápido… éramos nosotros los que estábamos ausentes.
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