El arte de nutrir el cuerpo y el alma en tiempos de sobrepeso



¿Alguna vez te has detenido frente al espejo, no solo para mirar tu reflejo físico, sino para cuestionarte qué tanto de lo que cargas pertenece a tu cuerpo y qué tanto a tu alma? Vivimos en una sociedad que convirtió la comida en un refugio, en un premio, en un escape, y a veces en una condena silenciosa. El artículo del médico Agustín Lara Esqueda en El Tiempo sobre dietas, sobrepeso y alimentación sana me despertó una reflexión que va más allá de las calorías y las básculas: se trata de comprender el alimento como lenguaje de vida, como símbolo de cómo nos tratamos a nosotros mismos y de cómo gestionamos nuestras emociones en un mundo que nunca se detiene.

El sobrepeso, más que una cifra en la historia clínica, es un espejo social, cultural y espiritual. No surge solo de comer más de lo debido, sino de no escuchar lo que realmente nos nutre. He acompañado a empresarios, trabajadores y familias que en medio de sus triunfos corporativos o sus dificultades financieras han desarrollado hábitos alimenticios desordenados. No porque ignoren lo que es sano, sino porque han olvidado la raíz emocional y espiritual de la alimentación. Es curioso cómo podemos planear un proyecto empresarial con rigurosidad, diseñar estrategias de marketing digital con precisión, pero dejamos nuestra propia mesa a merced del azar o de la prisa. ¿No es acaso incoherente?

La cultura de las dietas rápidas y de las soluciones mágicas refleja nuestra obsesión contemporánea por los atajos. Nos vendieron la idea de que la salud se consigue en 30 días, con una píldora, un batido o un reto en redes sociales. Sin embargo, así como no construimos una empresa sólida en un mes, tampoco reparamos un cuerpo en ese mismo tiempo. La verdadera transformación requiere paciencia, disciplina y, sobre todo, conciencia. En mi camino he aprendido que el cambio real no se logra desde el miedo a engordar, sino desde el amor por vivir plenamente. Es el mismo principio que aplico en la gestión empresarial: las decisiones sostenibles siempre superan a las decisiones inmediatas.

La alimentación consciente es un puente entre la espiritualidad y la biología. Comer no es solo una necesidad fisiológica: es un acto cultural, un ritual familiar, una forma de agradecer o de castigar. Recuerdo a un colega que, tras años de reuniones interminables y cafés que sustituyeron las comidas, terminó enfrentando una enfermedad metabólica. No le faltaba dinero ni información, le faltaba atención plena a sí mismo. Así como ignoramos las alertas tempranas de un sistema tecnológico hasta que ocurre un colapso, también ignoramos las señales del cuerpo: cansancio, inflamación, ansiedad. Y cuando finalmente nos detenemos, ya el daño está avanzado.

En este punto, no puedo evitar recordar lo que enseña el Eneagrama: cada tipo de personalidad busca compensar sus vacíos de una manera. Algunos llenan su carencia de amor con comida, otros con poder, otros con trabajo sin descanso. Pero el resultado es el mismo: un vacío que nunca se sacia, porque lo que falta no está en la nevera ni en el escritorio, sino en la relación consigo mismo. Y cuando hablamos de camino de vida —como lo señala la numerología del tres, la creatividad y la expresión— encontramos que el desafío es aprender a transformar el alimento en arte, en creación, en energía de servicio. Comer deja de ser llenar un estómago y se convierte en un acto de autoconstrucción.

La obesidad y el sobrepeso en nuestra sociedad actual son también un síntoma de cómo administramos los recursos, tanto personales como colectivos. Países con abundancia alimentaria enfrentan epidemias de obesidad, mientras que regiones enteras viven con hambre. Esa incoherencia global nos recuerda que la forma en que comemos no es solo individual, sino política y empresarial. ¿Qué responsabilidad tienen las compañías que promueven alimentos ultraprocesados en comunidades vulnerables? ¿Qué papel jugamos nosotros como consumidores al elegir lo que llevamos a la mesa? Aquí la empresa y la espiritualidad se encuentran: lo que compro y consumo no solo afecta mi cuerpo, afecta la tierra, el agua, el aire y la vida de otros.

Personalmente, me parece fundamental no caer en la trampa de la “dictadura del cuerpo perfecto”, esa que juzga, excluye y hiere. He conocido personas con cuerpos voluminosos, pero con corazones livianos y mentes despiertas; y también he visto cuerpos atléticos, pero cargados de angustia. La salud verdadera no se mide solo en kilos, sino en la capacidad de vivir con energía, gratitud y paz. Y esto requiere un equilibrio: una mente que no se sabotea, un espíritu que no se condena y un cuerpo que no se abandona.

Hoy la ciencia y la tecnología nos ofrecen herramientas impresionantes para acompañar este proceso. Desde aplicaciones que miden nuestras calorías y pasos diarios hasta inteligencias artificiales que nos recomiendan dietas personalizadas. Sin embargo, ninguna de estas sirve si no tomamos la decisión de escucharnos, de honrarnos, de cuidarnos. La tecnología es un apoyo, no un sustituto de la voluntad ni de la conciencia. Y es ahí donde como ingeniero de sistemas veo el paralelismo perfecto: puedes tener el software más potente, pero si no lo usas con propósito, solo acumulas datos sin transformación.

La alimentación es, en esencia, un proyecto de vida. No se trata de prohibirse todo, ni de seguir modas extremas, sino de encontrar un camino personal, consciente y sostenible. Comer con gratitud, con atención, con creatividad. Permitir que cada plato sea un recordatorio de lo que somos: cuerpo, mente y espíritu en constante diálogo. Y como empresario y ser humano, sé que esta coherencia se refleja también en los negocios: la manera en que cuidas tu salud es la misma en que cuidas tu empresa, tu familia y tu legado.

Hoy quiero invitarte a detenerte un instante. Pregúntate: ¿estás alimentando tu vida o solo llenando vacíos? ¿Tu mesa es un espacio de encuentro y gratitud, o un campo de batalla entre dietas, culpas y excesos? Tal vez la respuesta no sea inmediata, pero cada elección que hagas a partir de ahora marcará la diferencia.

Al final, lo que importa no es la dieta perfecta ni la talla soñada, sino el arte de vivir con conciencia, equilibrio y amor. El alimento puede ser medicina o veneno, puente o muro. Tú decides en qué se convierte. Y en ese acto cotidiano, aparentemente simple, se esconde una de las revoluciones más profundas de nuestro tiempo: reaprender a nutrirnos, no solo para sobrevivir, sino para vivir de verdad.

Si este mensaje resonó contigo, te invito a que lo compartas con alguien que necesite recordar que la alimentación es también un camino de amor propio. Y si deseas profundizar en cómo equilibrar tu vida personal y profesional desde una visión integral, agenda una charla conmigo y sigamos construyendo juntos un camino más humano y consciente.

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Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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