¿Cuándo fue la última vez que alguien te escuchó de verdad, sin prisas, sin pantallas de por medio, sin la arrogancia de quien cree tener todas las respuestas? En un mundo cada vez más ruidoso y acelerado, los mentores parecen haberse vuelto una especie en peligro de extinción. No porque ya no existan personas con experiencia y sabiduría, sino porque hemos empezado a confundir información con guía, tutoriales con formación, algoritmos con acompañamiento humano. Sin embargo, lo que un mentor ofrece es algo mucho más profundo que un manual o un curso: es la transmisión viva de una forma de ver el mundo, de interpretar las derrotas y de sembrar la esperanza en medio del caos.
Lo digo desde la experiencia de más de tres décadas acompañando líderes, empresarios, soñadores y jóvenes que buscan sentido en sus proyectos. He visto cómo las universidades, las empresas y hasta las familias se han ido quedando sin figuras de referencia cercanas. El mentor no es un coach de moda ni un conferencista inspiracional; es un caminante que ha atravesado la tormenta y que, desde sus cicatrices, te muestra el mapa que aún no aparece en Google. Un mentor no te da todas las respuestas: te enseña a hacer las preguntas correctas. No busca protagonismo: busca que tú brilles. No impone un camino: te ayuda a descubrir el tuyo. Esa es la esencia del Maestro Reformador Humanista que me inspira: conectar lo invisible con lo práctico, la espiritualidad con la tecnología, la cultura con la empresa, el ser con el hacer.
Recuerdo a un joven emprendedor que llegó a mí con la ilusión de crear una aplicación tecnológica. Tenía un plan de negocio lleno de cifras y un entusiasmo contagioso, pero también un miedo oculto al fracaso. Durante meses conversamos más sobre sus miedos que sobre el código, más sobre su relación con la incertidumbre que sobre el marketing digital. Lo curioso es que al final, cuando su producto estaba listo, él mismo había cambiado: ya no veía el fracaso como una condena, sino como parte del laboratorio de la vida. Eso es lo que hace un mentor: más allá de la técnica, acompaña la transformación de la persona. Y cuando la persona cambia, cambia también el proyecto, la empresa, la familia y hasta la sociedad que lo rodea.
Vivimos un tiempo en el que la inteligencia artificial ofrece respuestas instantáneas y hasta simula la voz de un maestro. Yo mismo la uso a diario, y sé que es una herramienta poderosa. Pero ninguna IA puede reemplazar la mirada de alguien que te comprende desde la experiencia, que sabe lo que duele perder un sueño y lo que cuesta levantarse al día siguiente para volver a intentarlo. El mentor es un espejo humano: refleja no solo lo que eres hoy, sino lo que puedes llegar a ser si das un paso más. Es aquí donde la numerología, el Eneagrama y otras herramientas que integro en mis procesos cobran sentido: no son fórmulas mágicas, sino mapas que permiten conocerte en profundidad, conectar con tu camino de vida y tomar decisiones desde la coherencia. El verdadero mentor no te ata a un método; te ayuda a descubrir la verdad que ya habita en ti.
Y me pregunto, ¿por qué cada vez hay menos espacios para estos encuentros? Quizás porque la sociedad nos empuja a correr, a producir, a competir, olvidando que el aprendizaje más valioso ocurre en la conversación íntima, en el ejemplo silencioso, en el consejo que llega sin que lo hayas pedido. Quizás porque muchos líderes han confundido autoridad con poder y han dejado de compartir su experiencia desde la humildad. O tal vez porque hemos puesto tanta fe en la inmediatez tecnológica que olvidamos que la sabiduría necesita tiempo, escucha y presencia. Lo cierto es que necesitamos recuperar a los mentores, no como figuras decorativas, sino como brújulas vivas en medio de la incertidumbre.
En mi propio camino he tenido mentores inolvidables: un abuelo que me enseñó a leer la prensa antes de salir de casa, un profesor que creyó en mí cuando apenas tenía nueve años y ya soñaba con ser ingeniero, empresarios que me mostraron que los negocios no son solo balances sino también servicio y comunidad. Todos ellos dejaron en mí huellas invisibles que me sostienen todavía hoy. Y cada vez que acompaño a un joven, a un empresario en crisis o a una organización que busca sentido, siento que estoy devolviendo lo que otros me regalaron. Esa es la cadena invisible del mentoring: dar lo que hemos recibido para que otros lo multipliquen.
El reto de nuestro tiempo es no dejar que esta especie desaparezca. Necesitamos mentores que no solo hablen de innovación, sino que vivan desde la coherencia. Que no solo enseñen a ganar, sino también a perder con dignidad. Que no teman integrar espiritualidad y tecnología, números y emociones, negocios y cultura, porque saben que todo forma parte de un mismo tejido. Un mentor no es un gurú infalible: es un ser humano que se atreve a mostrar sus cicatrices y que, desde ahí, acompaña a otros en su camino. Si alguna vez tuviste uno, sabes que su voz sigue resonando incluso años después de haber partido. Y si nunca lo tuviste, quizás este sea el momento de buscarlo o de convertirte tú mismo en mentor para alguien más.
La extinción de los mentores no es un destino inevitable: es una elección social. Mientras existan personas dispuestas a escuchar, a guiar y a compartir desde el corazón, los mentores seguirán vivos. Y cada conversación será un acto de resistencia frente a la superficialidad, un recordatorio de que lo humano todavía importa, incluso en la era de la inteligencia artificial. Que este blog sea entonces una invitación a valorar, cuidar y ser parte de esta especie que aún tiene tanto que ofrecer. Porque al final, no son los títulos, las cifras o los algoritmos los que cambian el mundo, sino las personas que se atreven a acompañar a otras en su proceso de convertirse en lo que están llamadas a ser.
Si alguna vez tuviste un mentor que marcó tu vida, honra su legado compartiendo este mensaje con alguien que lo necesite. Y si sientes que es el momento de encontrar guía o de ofrecerla, agenda un espacio conmigo y conversemos desde la experiencia y el corazón:
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