He visto cómo la verborragia, ese fluir incesante de palabras, puede nacer del miedo a la soledad, del impulso de llenar un vacío interno o de aliviar la ansiedad que palpita detrás de cada frase. No lo digo desde un juicio, sino desde quien ha sentido su propia voz llenar el silencio del alma y ha hallado allí una sombra que pedía ser reconocida. La verborragia —o logorrea— no es una habla generosa ni una mente brillante; es un mecanismo que manifiesta inseguridad, ansiedad o necesidad de conexión inmediata.
Culturalmente vivimos en una era de ruido. Nos detenemos menos. Se junta lo urgente con lo superficial. Hablar se volvió plataforma, y escuchar, un arte perdido. Hay estudios que muestran que callar con intención incrementa nuestro poder, que el silencio es puente de confianza y que quienes hablan menos —pero con sentido— empatizan más y lideran con fuerza. Yo he comprobado esa verdad desde mis días como ingeniero y mentor: el silencio bien elegido sostiene presencia, da espacio al otro, transforma la energía de la interacción.
En mis primeros años emprendiendo, alimenté mi propia verborragia tecnológica: hablando por hablar, detallando cada proceso, saturando mis reuniones de datos. Pero descubrí que el verdadero impacto no nace del ruido, sino de la claridad que permanece después del silencio. La tecnología más avanzada no reemplaza el poder de una pausa consciente, de una escucha que responde desde el fondo, no desde el exceso.
En lo espiritual, las palabras sin pausa son como el agua que fluye sin cauce—bombardean, inundan, ahogan. En cambio, el silencio, bien nutrido, es como un río profundo, sereno, que sostiene vida. Donde lo invisible se encuentra con lo práctico, el líder no monopólica la palabra: abre espacio para que otros habiten la conversación. Esa es la sabiduría del líder-coach que busca transformar desde la presencia, no desde el ruido.
He visto personas lograr milagros cuando empezaron a entrenar el silencio: una empresaria que introdujo la pausa consciente en sus reuniones, permitiendo mejores decisiones; un líder comunitario que, al callar, escuchó las voces invisibles de su gente y construyó consenso real. En el fondo, callar con intención no es menos participación, es participación más profunda y generativa.
Vivimos en una cultura donde se premia hablar, hablar más rápido, hablar más fuerte. Pero el verdadero desafío es aprender a callar para recibir, a callar para crear, a callar para que emerja la voz que realmente importa. Entrenar el silencio es entrenar el poder de la presencia. Es invitar a que cada palabra que digas tenga eco, no solo sonoridad.
Hoy te invito a reflexionar desde esa mirada humanista: ¿qué pasaría si hablaras menos y escuchases más—aunque solo fuera cinco minutos al día? No para agradar a los demás, sino para dar espacio a ti, para que tu voz interior encuentre su cauce real. Porque la verborragia no es un defecto; es una señal de vida clamando por ser reconocida y transformada.
Si sientes que el ruido verbal te aleja de ti mismo o de los demás, hablemos. No se trata de silenciarte sin propósito, sino de cultivar el silencio que sustenta la palabra verdadera. Juntos podemos entrenar esa presencia que transforma con profundidad.
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