Todo el mundo tiene
secretos en la cama; unos prefieren la compañía de animales, otros usan
juguetes extraños y algunos adoran las orgías. Hago un recorrido muy personal por mis propios tabúes. El resultado es
escandaloso. me confieso que no soy un hombre de orgías.
Una vez me acosté
con una chica francesa que sólo podía tener un orgasmo si durante el coito
acariciaba a su gato. Ya la había olvidado, o casi olvidado. Pero hace poco me
mandó un correo electrónico, en el que me saludaba después de tantos años, y de
inmediato recordé la imagen de ella, desnuda, boca arriba, un brazo estirado,
acariciando a su gato.
Yo era muy joven
entonces, y no me importó tanto que una de sus manos no estuviera acariciándome
a mí, sobándome a mí, aferrada a mi cuerpo, sino bien metida entre el pelaje de
aquel gato grisáceo y enorme y semidormido en la cama. No recuerdo si era
macho o hembra. Tampoco recuerdo su nombre. Supongo que, por definición, es lo
más cerca que he estado a un ménage à trois.
Hoy no me interesa
tanto su imprevisto correo electrónico surgido del pasado, ni aquel gato
grisáceo ronroneando en la cama, ni tampoco la necesidad de una chica francesa
de acariciarlo durante el sexo. Me interesa más esto: por qué, en tantos años
de actividad erótica, ha sido aquel -si se me permite continuar la ligera
hipérbole- mi único conato de trío o grupo sexual.
No es que no me
guste la idea de orgías. Tampoco es que no me guste ver orgías, o saber de
orgías, o leer sobre orgías, tan mojigato o puritano o tan concentrado en cosas
más serias, como el escritor Isaac Asimov: "Podrías hacer una orgía en
mi oficina y yo no subiría la mirada. Bueno, quizás una vez." Al
contrario. Muchas de mis escenas favoritas, tanto en películas como en
literatura, son de tríos, cuartetos, orgías y bacanales.
No olvido a la
hermosa Jeanne Moreau entre Jules y Jim; el ménage à trois bíblico de Abraham,
y el ménage à cinque de Jacob; la orgía durante el famoso banquete de
Trimalción, en El satiricón (su supuesto autor, Petronius, fue un
famoso organizador de orgías en la corte de Nerón); el "orgy porgy"
de Aldous Huxley en Un mundo feliz; la orgía de mendigos en Viridiana,
de Luis Buñuel; la orgía de un pueblo entero -más comunal que erótica- al final
de El perfume; las orgías tétricas, escatológicas, de Salò,
la última película de Pier Paolo Pasolini; las orgías intelectuales de Roland
Barthes; la orgía privada, de máscaras y disfraces, en Ojos bien cerrados,
de Stanley Kubrick; el trío sexual en alta velocidad de Alex con dos chicas, en
su dormitorio, con su pitón merodeando en algún lado y la obertura de Guillermo
Tell como música de fondo, en La naranja mecánica, también de
Stanley Kubrick; el trío lúdico de Thomas y dos jóvenes modelos, entre el papel
de fondo de su estudio fotográfico, en Blow-Up, de Michelangelo
Antonioni; el trío en la playa, narrado tan eróticamente por la bella Liv
Ullman, en Persona, de Ingmar Bergman; y mi favorita, claro, la
orgía de sólo ancianos a bordo del barco Anubis, en El arcoíris de la
gravedad, de Thomas Pynchon.
¿Es que acaso no se
me ha presentado la ocasión de participar en un grupo sexual? ¿O es que yo no
la he buscado, que no la busco, que la evito, que opto por un sexo más
tradicional y misionero, de tú a tú? ¿O es más bien que yo, como Seinfeld,
simplemente no estoy listo para el estilo de vida de un hombre de tríos y
orgías?
"¿No entiendes
lo que significa volverse un hombre de orgías?", le dijo alguna vez Jerry
Seinfeld a Kramer. "Cambia todo. Tendría que vestirme distinto. Tendría que actuar
distinto. Tendría que dejarme crecer un bigote y comprar todo tipo de batas y
lociones y necesitaría un nuevo edredón y nuevas cortinas y tendría que
conseguir alfombras gruesas y lámparas raras. Tendría que buscar nuevos amigos.
Tendría que buscar amigos de orgía. No, no estoy listo para todo eso."
Quizás yo tampoco.
Quizás me da miedo lo desconocido. Quizás soy muy inseguro. Quizás prefiero
con la luz apagada. Quizás es demasiado bajo mi umbral para los tabús del
sexo: animales, agujeros, sogas, látigos, enanos, frutas, verduras, juguetes,
electrodomésticos, acrobacias, columpios.
No los entiendo,
que es un eufemismo para decir que soy demasiado tradicional, que a su vez es
un eufemismo para decir que soy demasiado cobarde. Nuestro umbral para el
sexo es inversamente proporcional a nuestra culpa.
Tras leer el correo
electrónico de la chica francesa, y sin pensarlo dos veces, inmediatamente lo
borré. Mejor así.