Hasta hace muy poco
tiempo, los hombres éramos los reyes del hogar, había pantuflas a nuestros
pies, sopas calientes con una sola mirada, ropa perfectamente planchada en el
armario. El escritor mexicano Juan Pablo Villalobos, finalista del premio de
The Guardian al mejor libro debut por la versión en inglés por su novela Fiesta
en la madriguera, hace una remembranza de esos tiempos felices.
Yo no podía
saberlo, apenas tenía diez, doce, quince años, pero estaba presenciando el fin
de una era, el desmoronamiento de un mundo donde nosotros, los hombres,
gobernábamos con mano firme y sin remordimientos ni culpas de género. Las cosas
eran así y pocos, más bien digamos pocas, se atrevían a cuestionarlas.
En mi limitado
círculo social tenía un catálogo de ejemplares machistas muy variado en sus
expresiones, aunque con un objetivo en común: el control totalitario de la vida
familiar y doméstica, bajo la ideología del capricho y el sinsentido. Eran mis
tíos, mi padre, sus amigos, los padres de mis amigos. Hitlers que mandaban en
chanclas y bata. Pinochets de andar por casa.
(Escucho a mi mujer
que abre la puerta del departamento. Entra en el estudio donde estoy
escribiendo.
Mi mujer: ¿Qué haces?
Yo: Escribo.
Ella: ¿Qué escribes?
Yo: Un texto para una revista.
Ella: ¿Sobre qué?
Yo: Es una fantasía misógina.
Ella: ... [cara de reprobación.]
Yo: Ya sabes, imaginar una vuelta al machismo de antes.
Ella: ... [la cara empeora.]
Yo: Es un juego, una broma.
Ella: ¿Puedo leerlo?
Yo: No, apenas tengo un parráfo. [Cierro el procesador de texto y abro el mail.]
Ella: Pues mucho cuidadito con lo que escribes. Se acerca y me muerde la oreja).
Mi mujer: ¿Qué haces?
Yo: Escribo.
Ella: ¿Qué escribes?
Yo: Un texto para una revista.
Ella: ¿Sobre qué?
Yo: Es una fantasía misógina.
Ella: ... [cara de reprobación.]
Yo: Ya sabes, imaginar una vuelta al machismo de antes.
Ella: ... [la cara empeora.]
Yo: Es un juego, una broma.
Ella: ¿Puedo leerlo?
Yo: No, apenas tengo un parráfo. [Cierro el procesador de texto y abro el mail.]
Ella: Pues mucho cuidadito con lo que escribes. Se acerca y me muerde la oreja).
Empecemos por mi
tío GILBERTO, que ejercía lo que yo llamaría un control pasivo. Sin necesidad
de aspavientos, la palabra del tío GILBERTO era ley en su casa. Era constructor
y se pasaba las mañanas en las obras. Volvía a casa sobre la una y media y sin
mediar palabra se sentaba a una mesa que ya estaba preparada de antemano para
él. Comía en silencio, mientras mi tía le traía tortillas calientes, le llenaba
el vaso de Coca-Cola, le ponía más chile, más sal, lo que fuera. Todo sin
palabras, sin gestos, por el puro milagro de la rutina y la costumbre.
El otro aspecto en
el que se manifestaba la mano de hierro del tío GILBERTO era en su vestimenta.
En realidad debería llamarlo uniforme, ya que siempre vestía igual: botines,
pantalones de mezclilla y camisas a cuadros. Tenía decenas de camisas con el
mismo estampado, solo que en toda la gama de colores.
Durante los años
ochenta fue, sin lugar a dudas, el hombre mejor planchado del mundo. Mi tía se pasaba
las horas planchando, borrando cada pliegue, por minúsculo que fuera, con un
rigor asombroso. El tío GILBERTO estaba siempre impecable, algo absurdo en un
hombre que pasaba las horas en la calle, bajo un sol terrible, trabajando.
Gracias a él descubrí una verdad rotunda: si eres el que manda no te arrugas.
Mi tío GILBERTO era un genio y hoy en día sería tachado de autista, así van las
cosas en el mundo.
(Pasos que se
acercan, salgo del texto y abro el navegador.
Ella: ¿Qué, sigues?
Yo: Sí, tengo que entregarlo mañana.
Ella: ¿Y qué escribías?
Yo: Estaba escribiendo sobre mi tío GILBERTO.
Ella: Tu tío GILBERTO era un patán.
Yo: Oye, más respeto, que ya está muerto.
Ella: Lo muerto no le quita lo patán. De veras que no sé cómo lo aguantó tu tía tantos años).
Ella: ¿Qué, sigues?
Yo: Sí, tengo que entregarlo mañana.
Ella: ¿Y qué escribías?
Yo: Estaba escribiendo sobre mi tío GILBERTO.
Ella: Tu tío GILBERTO era un patán.
Yo: Oye, más respeto, que ya está muerto.
Ella: Lo muerto no le quita lo patán. De veras que no sé cómo lo aguantó tu tía tantos años).
Con todas sus
virtudes, el tío GILBERTO empequeñecía ante la monstruosa perfección del tío
CARLOS. Si tuviéramos que condensar todo el espíritu de una época machista en
América Latina, el resultado sería ÉL. Era político y tenía una empresa que
se dedicaba a hacer "proyectos con el gobierno".
Pasaba breves y
fructíferas temporadas de frenética actividad, seguidas por largas fases en la
desocupación más feliz. Si mi tío GILBERTO gobernaba con la rutina, lo que
hacía suponer una primera etapa en la que se habrían sentado las bases mediante
reglas y explicaciones, el tío CARLOS mandaba con las cejas y con las miradas.
Dos de la tarde,
dos con quince máximo. El tío CARLOS hace su aparición en el comedor y se
sienta en su lugar, en la cabecera norte, la más alejada de la cocina. Espera
que mi tía le traiga el aperitivo: su caballito de tequila, un platito con
limón y sal y otro con cacahuates. Un minuto de tolerancia. De lo
contrario: resoplidos y miradas fulminantes hacia la cocina, donde debería
estar mi tía. Aparece mi tía y viene tropezándose y pidiendo disculpas, perdón,
mi amor, estaba colgando la ropa, o algo por el estilo.
El tío CARLOS: cejas
en tensión, la asesina con la mirada. De manera sangrienta. Cuando termina el
aperitivo, llega el primer plato: crema de zanahoria. Mi tío mira la sopa solo
un instante y devuelve la mirada a la cocina, donde mi tía trajina de espaldas
preparando el segundo plato. La sopa comienza a enfriarse. Mi tía por fin se
entera de la no ingestión de la sopa. Se acerca, ¿falta algo, mi amor?, ¿no te
gustó?
El tío CARLOS: hace
un ruidito con la lengua, mira la sopa, mira a mi tía, alza las cejas en ademán
de gritar: OBVIO. Mi tía, ay, perdón, el parmesano, te gusta con parmesano. Se va a la
cocina y vuelve con el parmesano. Mi tío no se mueve, mira a un punto por
detrás de mi tía, hacia la ventana que da a la calle. ¿No quieres?, ¿te traigo
otra cosa?, ay, es que ya se enfrió, claro, espera que te la caliente. Cuando
se va de vuelta a la cocina, el tío CARLOS aprovecha para levantarse de la mesa
con un estrepitoso arrastrar la silla. Se larga a la calle y se va a comer solo
a un restaurante de lujo. Más tarde, este episodio le costará caro a mi tía,
ignoro el qué, prefiero no saberlo. El tío CARLOS, un terrorista magnífico.
En contraste estaba
mi tío BERNANRDO. Era dueño de una mercería en la que mi tía tenía prohibido
entrar, según esto porque lo desconcentraba. No fuera a perder la cuenta de los
metros de listón. En realidad, lo que pasaba era que la mercería era el
escenario de los escarceos amorosos del tío BERNARDO.
En la trastienda
había instalado un sofacama, una televisión y una videocasetera. Lo que le
gustaba a mi tío era ver porno con sus clientas. Mi tía tenía la obligación de
llamarlo si quería salir de casa, pedirle permiso e informarle los lugares que
visitaría, las razones, los horarios.
Y mi tío la mandaba
por teléfono y a gritos. Cuando estaba en casa era lo mismo: se aplastaba
frente al televisor y desde allí comunicaba a gritos sus demandas. ¡Una
cerveza! ¡Algo para comer! ¡Otra cerveza! ¡Tráeme una aspirina! ¡Quítame a los
niños de encima!
Tanta indiscreción
acabó hundiéndolo. El colmo fue su romance con una de las empleadas de la
mercería. La falta de estilo del tío BERNARDO es un anuncio del final de esta
época. Como era de esperarse, mi tía lo abandonó y mi tío se convirtió en una
piltrafa que se arrastraba pidiéndole perdón, afirmando que cambiaría y
suplicando que volviera a casa.
(Ella: ¿Ya
acabaste?
Yo: No, todavía no.
Ella: ¿Sigues con tu tío GILBERTO?
Yo: No, también hablo del tío CARLOS y de BERNARDO.
Ella: O sea, puro pinche impresentable.
Yo: No te pases.
Ella: Aguas con lo que escribes, no se vayan a sentir en tu familia, ya ves cómo son.
Yo: Me vale madres.
Ella: No te vale madres, no es cierto. Seguro les has cambiado los nombres y les has inventado cosas, o se las has mezclado.
Yo: Claro que no: el tío GILBERTO se llama tío GILBERTO, CARLOS CARLOS, y BERNARDO BERNARDO. Y son como son, o como eran.
Ella: Pues no me lo creo. ¿Y ya le pusiste título?
Yo: Ajá.
Ella: ¿Cómo se llama?
Yo: No quieres saberlo, de veras).
Yo: No, todavía no.
Ella: ¿Sigues con tu tío GILBERTO?
Yo: No, también hablo del tío CARLOS y de BERNARDO.
Ella: O sea, puro pinche impresentable.
Yo: No te pases.
Ella: Aguas con lo que escribes, no se vayan a sentir en tu familia, ya ves cómo son.
Yo: Me vale madres.
Ella: No te vale madres, no es cierto. Seguro les has cambiado los nombres y les has inventado cosas, o se las has mezclado.
Yo: Claro que no: el tío GILBERTO se llama tío GILBERTO, CARLOS CARLOS, y BERNARDO BERNARDO. Y son como son, o como eran.
Ella: Pues no me lo creo. ¿Y ya le pusiste título?
Yo: Ajá.
Ella: ¿Cómo se llama?
Yo: No quieres saberlo, de veras).
Quienes nacimos en
los años setenta en América Latina, quizá incluso quienes nacieron en los
sesenta, heredamos un fardo de hartazgo femenino del tamaño del Everest. Si
somos rigurosos, deberíamos exigir responsabilidades a las generaciones que nos
precedieron, por no cuidar el Imperio Masculino.
Ellos, los
superhéroes, fueron quienes se regodearon en su fantasía omnipotente, gastando
un modelo perfecto, condenándolo a la extinción. Y ahora nosotros tenemos que
aprender a compartir las tareas del hogar, cambiar pañales, ir al súper, tender
la ropa, y, por si fuera poco, ¡escuchar a nuestras mujeres!
El resultado es
lógico: divorcios, familias disfuncionales, hijos que no se enteran de nada, el
reino de la confusión. El caos es tan grande que hay días en que tengo la
fantasía inversa, que algunos amigos también me han confesado: quedarme yo en
casa, a cuidar a los niños, a preparar la comida, a lavar la ropa. Que sea ella
quien sale al mundo para buscar el sustento. Que sea ella quien se mate a
empujones en los peldaños del éxito profesional. Que sea ella quien aprenda
cómo ejercer la codicia, la hipocresía, la traición, todas esas virtudes que
hemos conquistado los hombres para triunfar en la calle.
Que sea ella quien
dedique sus mejores horas a asuntos que en verdad le importan un reverendo
pito. Mientras tanto, yo estaré en casa, escuchando la radio deportiva y
lavando la vajilla, leyendo el periódico cuando espero que termine la lavadora.
Saldré al parque con los niños, donde me encontraré con los colegas del barrio.
Dejaremos a nuestros hijos batiéndose en el barro para ir a tomar una cerveza
en el bar de enfrente y fumar un cigarrillo.
Sin embargo, no nos
engañemos: eso tampoco va a funcionar. Genéticamente estamos programados para
salir de la caverna, para perseguir mamuts, pechos y caderas. Yo lo que
quisiera es adquirir, como por arte de magia, todos esos superpoderes que
tenían nuestros ancestros. La invisibilidad, que nos permitía ir por allí
haciendo cosas sin ser descubiertos.
La telepatía, con
la que nuestras mujeres detectaban nuestros deseos sin necesidad de recurrir a
la palabra. El poder legislativo, para dictar leyes absurdas por puro capricho.
Me fascinaría que mis cejas hablaran, que lo que mis dedos señalaran viniera a
mí como teletransportado, que cuando dijera no fuera no y cuando dijera que sí,
pues sí. Quisiera entrar en casa y ponerme mi uniforme de superhéroe: las
chanclas, un short y mi camiseta del Atlas. Y entonces ZAS, convertirme en un
Franco, en un Mussolini, en un Videla.
¿Qué hacer para que
éste, nuestro mundo, vuelva? ¿Cómo reinstaurar nuestra dictadura, nuestro
reinado? Yo no lo sé y no tengo tiempo para seguir pensando. Tengo que irme. Me
toca planchar la ropa.