Los años 80 no eran más simples: nos obligaban a ser distintos

No extrañamos los años 80 porque todo fuera mejor; los extrañamos porque la vida nos obligaba a relacionarnos de otra manera.

La nostalgia suele cometer una injusticia con el pasado: elimina sus dificultades y conserva sus emociones. Recordamos la música, las reuniones, las conversaciones sin teléfonos sobre la mesa, los juegos en la calle, los primeros computadores, las llamadas desde un teléfono fijo y aquella sensación de que algunas cosas importantes tardaban en llegar.

Olvidamos, en cambio, la incertidumbre económica, los conflictos políticos, las limitaciones tecnológicas, las desigualdades, los prejuicios que hoy cuestionamos con razón y un mundo atravesado todavía por la Guerra Fría.

Los años 80 no fueron una década inocente.

Fueron una década de transición.

Mientras el mundo asistía a tensiones geopolíticas profundas, avanzaba una transformación económica que reforzaría durante las décadas siguientes ideas relacionadas con el mercado, la competencia, el consumo y la responsabilidad individual. Al mismo tiempo, la informática personal comenzaba a salir de los laboratorios y las grandes organizaciones para acercarse progresivamente a empresas y hogares.

Pero hay otra transformación menos visible que me parece mucho más interesante.

Cambió nuestra manera de pensar qué significaba progresar.

Y allí comienza una conversación que no pertenece solamente a la historia.

Pertenece a la psicología social.

Porque las sociedades no solamente cambian cuando aparecen nuevas máquinas. Cambian cuando esas máquinas, los modelos económicos, los medios de comunicación, las costumbres y las expectativas empiezan a modificar lo que consideramos normal.

Eso ocurrió entonces.

Y está ocurriendo nuevamente hoy.

Lo que una generación aprendió sin que nadie se lo enseñara

Durante buena parte de los años 80, para millones de personas la espera era una condición normal de la existencia.

Había que esperar una llamada.

Esperar una carta.

Esperar que llegara una película al cine o a la televisión.

Esperar una respuesta comercial.

Esperar el periódico del día siguiente.

Esperar que alguien regresara para poder hablar con él.

Incluso aburrirse formaba parte de la vida.

Parece un detalle menor, pero psicológicamente no lo es.

Cuando una sociedad convive con la espera desarrolla ciertos comportamientos. Aprende a tolerar espacios vacíos. Aprende que no todo deseo obtiene satisfacción inmediata. Aprende a sostener conversaciones sin estímulos paralelos. Aprende que localizar a otra persona puede requerir tiempo.

Aquello no convertía automáticamente a las personas en más pacientes, profundas o responsables.

Sería absurdo idealizarlo.

Pero el entorno entrenaba determinadas capacidades simplemente porque no existían alternativas tecnológicas para evitarlas.

Hoy sucede lo contrario.

Nuestro entorno está diseñado para reducir la espera.

Esperamos respuestas casi inmediatas. Podemos pedir comida, transporte, entretenimiento, información y productos desde una pantalla. Una duda puede resolverse en segundos. Una conversación puede atravesar continentes instantáneamente.

Y ahora la inteligencia artificial está reduciendo otro tipo de espera: la que existía entre una pregunta y la producción de una primera respuesta intelectual.

Eso representa un avance extraordinario.

Pero cada comodidad elimina también algún entrenamiento involuntario.

Cuando una herramienta nos evita hacer algo, conviene preguntarnos qué capacidad utilizábamos mientras lo hacíamos.

Esa pregunta será cada vez más importante.

Pasamos de buscar información a defendernos de ella

En los años 80, uno de los problemas era conseguir información.

Hoy uno de los problemas es sobrevivir intelectualmente a su abundancia.

Son dificultades completamente distintas.

Antes, el acceso estaba limitado por bibliotecas, periódicos, televisión, radio, libros, profesores, especialistas y determinadas redes profesionales. Quien necesitaba investigar algo debía invertir tiempo en encontrar las fuentes adecuadas.

Eso tampoco significaba que la información fuera siempre correcta.

Significaba que era escasa y relativamente costosa de obtener.

Internet invirtió aquella lógica.

Después llegaron los buscadores, las redes sociales, los teléfonos inteligentes y finalmente sistemas capaces de generar contenido de manera prácticamente ilimitada.

Ahora tenemos información suficiente para respaldar casi cualquier prejuicio que queramos conservar.

Ese es uno de los grandes problemas de nuestra época.

Ya no basta con encontrar información.

Necesitamos discernirla.

La escasez anterior exigía búsqueda.

La abundancia actual exige criterio.

Y ambas capacidades son diferentes.

Por eso resulta peligroso creer que una sociedad con mayor acceso a información necesariamente toma mejores decisiones. Tener más datos no garantiza comprenderlos. Tener más opiniones no produce automáticamente sabiduría. Tener una inteligencia artificial disponible tampoco sustituye la responsabilidad de decidir.

La herramienta puede ampliar nuestras capacidades.

No puede asumir las consecuencias de nuestras decisiones.

Antes pertenecíamos a grupos; ahora también pertenecemos a audiencias

Hay otro cambio profundo.

La identidad social estuvo durante siglos vinculada principalmente a grupos relativamente concretos: familia, barrio, colegio, empresa, profesión, iglesia, asociaciones, amistades y comunidades geográficas.

Naturalmente existían medios masivos y personajes públicos.

Pero la mayoría de las personas no vivía permanentemente frente a una audiencia.

Las redes sociales modificaron esa frontera.

Millones de seres humanos dejaron de ser solamente personas relacionándose con otras personas y comenzaron también a convertirse en pequeñas unidades de comunicación pública.

Publicamos.

Comentamos.

Mostramos.

Reaccionamos.

Medimos respuestas.

Observamos quién nos observa.

Y poco a poco una parte de nuestra identidad empieza a construirse frente a personas que posiblemente nunca veremos.

La necesidad humana de reconocimiento no nació con Instagram, TikTok, LinkedIn o cualquier plataforma digital. La comparación social tampoco apareció con Internet.

La tecnología simplemente industrializó algo profundamente humano.

Necesitamos pertenecer.

Queremos ser valorados.

Nos importa nuestra posición dentro del grupo.

Observamos a otros para interpretar nuestro propio desempeño.

La diferencia está en la escala.

Antes podíamos compararnos principalmente con personas relativamente cercanas. Hoy podemos compararnos diariamente con miles de vidas cuidadosamente seleccionadas, editadas y presentadas.

El problema no es solamente tecnológico.

Es psicológico.

Confundimos exposición con importancia, reacción con reconocimiento, visibilidad con influencia y audiencia con comunidad.

Y podemos terminar administrando una representación de nosotros mismos mientras descuidamos la persona que debería sostenerla.

El consumo dejó de resolver únicamente necesidades

Los años 80 también consolidaron transformaciones culturales vinculadas al consumo, la competencia y una mayor centralidad del individuo. Diversos análisis sobre la sociedad de consumo han mostrado cómo los productos fueron adquiriendo significados que iban mucho más allá de su utilidad: podían comunicar posición, identidad, aspiraciones y pertenencia.

Eso continúa ocurriendo.

Solo que hemos sofisticado el mecanismo.

Compramos objetos, pero también experiencias.

Compramos conveniencia.

Compramos acceso.

Compramos símbolos.

Compramos herramientas para sentir que pertenecemos a determinada categoría social o profesional.

Incluso algunas decisiones empresariales aparentemente racionales contienen componentes psicológicos que pocas veces reconocemos.

Una organización puede adquirir tecnología porque la necesita.

Pero también porque teme quedarse atrás.

Puede implementar inteligencia artificial porque existe una oportunidad estratégica.

Pero también porque todos están hablando de ella.

Puede cambiar procesos porque los antiguos dejaron de funcionar.

Pero también porque la novedad transmite sensación de movimiento.

Aquí aparece una distinción fundamental.

Moverse no siempre significa avanzar.

Comprar tecnología no significa transformar una empresa.

Automatizar un proceso deficiente puede producir un proceso deficiente mucho más rápido.

Instalar una plataforma no crea cultura.

Tener información no genera criterio.

Y disponer de inteligencia artificial no convierte automáticamente a una organización en inteligente.

La tecnología potencia sistemas.

Por eso debemos observar cuidadosamente qué sistema estamos potenciando.

La empresa también es un laboratorio de psicología social

Quien observa una organización únicamente a través de procesos, indicadores y estructuras pierde buena parte de lo que realmente sucede dentro de ella.

Una empresa es también una comunidad humana.

Allí existen expectativas, temores, relaciones de poder, reconocimiento, competencia, confianza, identidad, frustración y necesidad de pertenencia.

Dos organizaciones pueden utilizar prácticamente la misma tecnología y producir resultados profundamente diferentes.

¿Por qué?

Porque la tecnología entra en culturas diferentes.

En una empresa donde existe confianza, una nueva herramienta puede convertirse en capacidad.

En una organización gobernada por el miedo, la misma herramienta puede convertirse en vigilancia.

En una cultura abierta al aprendizaje, la automatización puede liberar personas para actividades de mayor valor.

En otra, puede generar silencio, resistencia y rumores porque nadie explicó qué está ocurriendo.

Durante décadas he observado algo que continúa siendo pertinente: muchas decisiones que parecen técnicas terminan siendo humanas.

Desde 1988, trabajando alrededor de empresas y tecnología, he visto cambiar sistemas, equipos, plataformas y metodologías.

Lo que cambia mucho más lentamente es nuestra naturaleza frente al cambio.

Queremos progresar, pero tememos perder posición.

Pedimos innovación, pero protegemos rutinas.

Deseamos autonomía, pero algunas veces evitamos la responsabilidad que viene con ella.

Solicitamos transparencia, aunque no siempre estamos preparados para escuchar aquello que puede incomodarnos.

Por eso cualquier transformación seria necesita algo más que herramientas.

Necesita comprensión del comportamiento humano.

No éramos mejores; teníamos otros límites

Aquí conviene romper una idea frecuente.

Decir que ciertas condiciones de los años 80 favorecían comportamientos distintos no significa afirmar que aquella sociedad fuera superior.

No lo era.

Existían problemas que hoy hemos aprendido a reconocer mejor.

Había estructuras familiares autoritarias, discriminaciones normalizadas, enormes barreras para muchas mujeres, silencios frente a problemas emocionales y sociales, dificultades para acceder al conocimiento y menor capacidad de participación pública.

Idealizar el pasado es tan peligroso como despreciarlo.

No necesitamos regresar.

Necesitamos comprender.

Cada época entrega capacidades y cobra precios.

La pregunta adulta no es cuál época fue mejor.

Es qué estamos ganando y qué estamos perdiendo mientras avanzamos.

Porque algunas capacidades humanas pueden deteriorarse precisamente cuando dejamos de necesitarlas para sobrevivir.

La memoria empezó a externalizarse en buscadores y dispositivos.

La orientación pasó parcialmente a los sistemas de navegación.

La escritura está comenzando a apoyarse en inteligencia artificial.

La síntesis puede automatizarse.

La traducción también.

Incluso determinadas formas de análisis pueden delegarse.

Nada de eso es necesariamente negativo.

La pregunta importante es otra:

¿qué estamos haciendo con la capacidad humana liberada?

Si una herramienta me ahorra dos horas, pero utilizo esas dos horas únicamente para consumir más estímulos, quizás he ganado productividad sin ganar vida.

Si una empresa automatiza tareas, pero llena inmediatamente ese espacio con más reuniones, probablemente no transformó el trabajo.

Si utilizamos inteligencia artificial para pensar menos en lugar de pensar mejor, habremos desperdiciado una de las tecnologías más poderosas de nuestra generación.

La inteligencia artificial también modificará nuestro comportamiento

Todavía hablamos demasiado sobre lo que la inteligencia artificial puede hacer.

Pronto tendremos que hablar mucho más sobre lo que está haciendo con nosotros.

Cada tecnología relevante modifica comportamientos.

El automóvil modificó ciudades y distancias.

La televisión modificó rutinas familiares y cultura.

Internet cambió el acceso a información.

El teléfono inteligente cambió nuestra relación con el tiempo, la disponibilidad y la atención.

Las redes sociales alteraron la exposición pública y la comparación.

La inteligencia artificial generativa modificará nuestra relación con el esfuerzo cognitivo.

Ese punto merece atención.

Durante años consideramos ciertas actividades intelectuales como evidencia de competencia porque requerían tiempo, conocimiento y práctica.

Redactar.

Traducir.

Programar.

Analizar información.

Construir presentaciones.

Buscar alternativas.

Preparar determinados documentos.

Cuando una máquina puede ayudarnos significativamente en esas actividades, el valor humano comienza a desplazarse.

Ya no bastará con producir.

Habrá que saber qué producir.

No bastará con responder.

Habrá que formular mejores preguntas.

No bastará con crear opciones.

Habrá que decidir entre ellas.

No bastará con obtener información.

Habrá que comprender consecuencias.

Y probablemente el criterio será más importante precisamente porque producir contenidos, argumentos y alternativas será cada vez más barato.

La paradoja es poderosa.

Cuanta más inteligencia podamos externalizar hacia las máquinas, mayor responsabilidad tendremos sobre aquello que decidamos conservar como juicio propio.

El verdadero riesgo es renunciar silenciosamente al criterio

No creo que debamos defendernos de la tecnología.

Debemos defender nuestra capacidad de utilizarla conscientemente.

Hay una diferencia enorme.

Cada generación recibe herramientas que la generación anterior no tuvo.

El error comienza cuando confundimos capacidad tecnológica con progreso humano.

Podemos comunicarnos instantáneamente y comprendernos menos.

Podemos acceder a miles de personas y sentirnos solos.

Podemos producir más y experimentar que nunca alcanza.

Podemos automatizar decisiones y dejar de preguntarnos qué estamos decidiendo.

Podemos tener respuestas inmediatas y perder la costumbre de sostener preguntas importantes.

Ahí está, posiblemente, una de las lecciones más interesantes que podemos extraer de los años 80 sin convertirlos en una postal nostálgica.

Las condiciones importan.

Los entornos educan.

Las herramientas modifican hábitos.

Las economías producen comportamientos.

Las empresas crean culturas.

Y las tecnologías terminan influyendo no solamente en lo que hacemos, sino también en aquello que consideramos normal.

La psicología social no ocurre únicamente en universidades o investigaciones.

Sucede cada mañana cuando alguien mira su teléfono antes de hablar con la persona que duerme a su lado.

Sucede cuando un profesional mide su valor mediante la comparación con otros.

Sucede cuando una empresa adopta una herramienta porque teme parecer atrasada.

Sucede cuando confundimos estar disponibles con estar presentes.

Sucede cuando una generación empieza a considerar intolerable esperar treinta segundos por algo que anteriormente requería varios días.

Y sucede cuando delegamos una decisión porque una máquina produjo una respuesta convincente.

Tal vez el progreso necesite una definición más exigente

No necesitamos volver a los años 80.

Sería imposible y, además, innecesario.

Necesitamos algo más difícil.

Conservar conscientemente algunas capacidades que antes el entorno nos obligaba a ejercitar.

Atención.

Paciencia.

Conversación.

Profundidad.

Discernimiento.

Responsabilidad.

Capacidad de estar con otros sin convertir cada experiencia en contenido.

Y, especialmente, criterio para decidir qué debe hacer una herramienta y qué debemos seguir haciendo nosotros.

Quizás dentro de algunos años observaremos este momento con la misma distancia con la que hoy contemplamos una oficina llena de archivadores, teléfonos con cable y computadores que parecían enormes.

Sonreiremos ante nuestras primeras conversaciones con inteligencia artificial.

Nos parecerán primitivas.

Pero la pregunta importante no será cuánto avanzaron las máquinas.

Será qué ocurrió con nosotros mientras avanzaban.

Porque una sociedad no se transforma verdaderamente cuando cambia de tecnología.

Se transforma cuando cambian sus hábitos, sus expectativas, sus relaciones y su manera de comprender qué significa vivir bien.

Los años 80 quedaron atrás.

La psicología humana no.

Y precisamente por eso entender nuestro pasado puede ayudarnos a tomar decisiones mucho más responsables frente al futuro que estamos construyendo.

Si esta reflexión toca decisiones que hoy estás enfrentando en tu vida, tu empresa o tu manera de relacionarte con la tecnología, podemos continuar la conversación desde una mirada estratégica y humanista:

https://t.mtrbio.com/JCMD

Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

Mensaje final

El futuro no comienza cuando aparece una nueva tecnología.
Comienza cuando decidimos qué parte de nosotros estamos dispuestos a delegarle.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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