El conocimiento que nadie hace suyo termina siendo inútil


Una organización puede invertir durante años en conocimiento, tecnología y formación, y continuar tomando las mismas decisiones equivocadas.

La contradicción parece difícil de aceptar. Disponemos de más información que en cualquier otro momento de nuestra historia, tenemos acceso a herramientas que antes estaban reservadas a grandes instituciones y podemos aprender, prácticamente desde cualquier lugar, sobre asuntos que hace unas décadas exigían desplazamientos, bibliotecas especializadas y largos procesos de investigación.

Sin embargo, disponer de conocimiento no significa comprenderlo. Comprenderlo tampoco garantiza que sepamos utilizarlo. Y utilizarlo una vez no significa que se haya convertido en parte de nuestra manera de pensar, trabajar o decidir.

Aquí aparece una diferencia que considero fundamental: el verdadero valor del conocimiento no está en quien lo entrega, sino en la capacidad de quien lo recibe para apropiárselo, cuestionarlo y convertirlo en criterio propio.

Es una reflexión que trasciende la educación. Tiene consecuencias profundas en las empresas, las familias, las relaciones humanas, el liderazgo y, particularmente, en la manera como estamos incorporando la inteligencia artificial a nuestras vidas.

Después de una trayectoria profesional iniciada en 1988, vinculada a la tecnología, la administración y el funcionamiento de las organizaciones, he llegado a considerar que uno de los mayores obstáculos para transformar una realidad no es necesariamente la ausencia de soluciones.

Muchas veces es nuestra incapacidad para hacer propias las soluciones que ya conocemos.

La diferencia entre recibir información y transformar el pensamiento

Podemos escuchar una conferencia extraordinaria y regresar al día siguiente a trabajar exactamente igual.

Podemos participar en un programa de formación empresarial, comprender los conceptos presentados, reconocer nuestras deficiencias y, semanas después, descubrir que nada significativo ha cambiado.

Podemos adquirir una herramienta tecnológica, capacitar a nuestros colaboradores y comprobar que, después de algunos meses, continúan utilizando procedimientos anteriores porque les resultan más familiares.

Estas situaciones tienen algo en común: confundimos la exposición al conocimiento con su incorporación real.

Cuando una persona escucha una explicación, recibe información. Cuando consigue relacionarla con lo que ya sabe, comienza a comprenderla. Pero solamente cuando es capaz de examinarla críticamente, utilizarla en circunstancias diferentes y asumir las consecuencias de sus decisiones podemos hablar de una apropiación significativa.

Esta distinción no es meramente académica.

Determina si una inversión educativa produce capacidades o solamente certificados. Si una implementación tecnológica modifica procesos o simplemente incorpora costos. Si un líder desarrolla autonomía en su equipo o mantiene personas que dependen permanentemente de sus instrucciones.

He conocido, a lo largo de mi trayectoria, suficientes transformaciones tecnológicas para reconocer un patrón: las herramientas cambian con mucha mayor rapidez que los hábitos de quienes deben utilizarlas.

Y mientras no entendamos esa diferencia, seguiremos creyendo que el problema se resuelve adquiriendo algo nuevo.

El problema de enseñar sin comprobar que alguien aprendió

Durante mucho tiempo hemos organizado la enseñanza alrededor de lo que el instructor transmite.

Diseñamos contenidos, establecemos horarios, desarrollamos presentaciones y evaluamos la asistencia. En muchos casos, consideramos que el proceso ha terminado cuando el contenido fue expuesto.

Pero existe una pregunta que debería acompañar cualquier esfuerzo de formación:

¿Qué puede comprender, explicar y hacer ahora esta persona que antes no podía?

La pregunta modifica por completo nuestra responsabilidad.

Ya no basta con demostrar que enseñamos. Necesitamos comprender si aquello que compartimos encontró condiciones para convertirse en aprendizaje.

Y esas condiciones no son iguales para todos.

Cada persona llega con una historia, unas experiencias, unas limitaciones y unas formas particulares de interpretar el mundo. Algunos necesitan comprender primero el propósito de una actividad. Otros requieren experimentar. Otros necesitan equivocarse, revisar sus conclusiones y descubrir por qué un procedimiento funciona de determinada manera.

Cuando ignoramos estas diferencias, podemos producir procesos educativos formalmente impecables y humanamente ineficaces.

Esto también sucede en las organizaciones.

Un empresario puede contratar un programa de capacitación sobre liderazgo y recibir herramientas valiosas. Sin embargo, si la estructura de su empresa castiga cualquier iniciativa, concentra todas las decisiones y no permite reconocer los errores, difícilmente surgirá una cultura de liderazgo autónomo.

No porque los participantes sean incapaces de aprender.

Sino porque el entorno no permite ejercer lo aprendido.

La apropiación del conocimiento requiere algo más que disposición individual. Necesita condiciones organizacionales que permitan utilizarlo.

Una empresa no aprende porque sus empleados asistan a capacitaciones

Esta afirmación puede resultar incómoda para quienes administran presupuestos de formación.

Con frecuencia, los indicadores utilizados para evaluar la capacitación empresarial son cuantitativos: número de participantes, horas impartidas, cursos realizados y certificaciones obtenidas.

Todos pueden aportar información administrativa. Ninguno demuestra, por sí solo, que la organización haya desarrollado nuevas capacidades.

Imaginemos una empresa que capacita a sus trabajadores en herramientas digitales para mejorar la gestión documental.

Finalizada la capacitación, todos reciben sus certificados.

Sin embargo, los documentos continúan duplicados, los archivos carecen de responsables definidos, las versiones se confunden y las decisiones importantes siguen dependiendo de información dispersa.

¿Fracasó la capacitación?

No necesariamente. Puede haber cumplido perfectamente su propósito educativo inmediato.

Lo que probablemente falló fue la articulación entre el aprendizaje y la realidad operativa de la organización.

Tal vez nunca se definió cómo debía circular la información. Quizás nadie estableció responsabilidades. Puede que las herramientas utilizadas no correspondieran a las necesidades reales. O, sencillamente, la dirección no modificó sus propias prácticas.

Este ejemplo permite comprender algo esencial: la apropiación del conocimiento no puede depender exclusivamente del esfuerzo del trabajador cuando la estructura organizacional continúa funcionando en sentido contrario.

Una organización aprende cuando consigue incorporar nuevas capacidades a sus procesos, decisiones, relaciones y mecanismos de evaluación.

No cuando acumula diplomas.

Y eso exige liderazgo.

Pero no un liderazgo entendido como autoridad para ordenar, sino como responsabilidad para crear condiciones en las cuales otras personas puedan comprender, participar y actuar con mayor autonomía.

El conocimiento que no se cuestiona puede convertirse en obediencia

Existe otro riesgo menos evidente.

Una persona puede aprender a ejecutar perfectamente una instrucción sin comprender su fundamento.

Puede dominar un procedimiento, memorizar sus pasos y repetirlo durante años, incluso cuando las condiciones que justificaban su existencia han desaparecido.

Desde afuera, ese comportamiento puede parecer competencia.

En realidad, puede ser dependencia.

Lo mismo ocurre con ciertas formas de liderazgo. Algunos directivos consideran que han formado adecuadamente a sus colaboradores cuando estos cumplen las instrucciones sin cuestionarlas.

Pero la ausencia de preguntas no siempre representa comprensión.

En ocasiones refleja temor, resignación o falta de oportunidades para participar.

Una organización que únicamente enseña a obedecer termina debilitando su propia capacidad de adaptación.

Cuando cambia el entorno, las personas esperan nuevas instrucciones porque nunca desarrollaron el criterio necesario para interpretar situaciones distintas.

Aquí conviene distinguir dos conceptos que suelen confundirse: cuestionar y desobedecer.

Cuestionar responsablemente significa examinar los fundamentos de una decisión, identificar sus consecuencias y buscar alternativas cuando existen razones suficientes para hacerlo.

No supone desconocer la autoridad ni rechazar toda norma.

Por el contrario, permite construir una obediencia consciente cuando corresponde y una capacidad crítica cuando las circunstancias exigen revisar lo establecido.

He sostenido durante años que la tecnología debe responder a la funcionalidad y no convertirse en un fin en sí misma.

Esa misma lógica puede aplicarse al conocimiento.

No estudiamos únicamente para acumular respuestas. Estudiamos para comprender mejor los problemas y desarrollar capacidades que nos permitan actuar sobre ellos.

La inteligencia artificial está haciendo visible una debilidad anterior

La llegada de herramientas de inteligencia artificial generativa ha introducido una transformación particularmente interesante.

Hoy podemos solicitar explicaciones, documentos, análisis, propuestas, comparaciones y desarrollos conceptuales en tiempos que anteriormente habrían resultado difíciles de imaginar.

Pero esta facilidad plantea una contradicción.

Nunca había sido tan sencillo producir una respuesta y, al mismo tiempo, tan necesario preguntarnos si realmente la comprendemos.

Una persona puede presentar un informe elaborado con inteligencia artificial sin dominar los conceptos que contiene.

Un directivo puede aprobar una propuesta porque está redactada con aparente rigor técnico, aunque no haya examinado sus supuestos.

Un estudiante puede entregar un trabajo impecable sin haber desarrollado las capacidades intelectuales que justificaban su realización.

Y una empresa puede automatizar decisiones sin haber comprendido previamente el proceso que pretende mejorar.

La herramienta puede acelerar la producción de información. No garantiza que esa información sea correcta, pertinente o suficiente.

Tampoco garantiza que quien la utiliza haya desarrollado criterio.

Aquí surge una pregunta que considero especialmente importante para nuestra época:

¿Estamos utilizando la inteligencia artificial para ampliar nuestra capacidad de comprender o para evitar el esfuerzo de comprender?

No son propósitos equivalentes.

Cuando la inteligencia artificial nos ayuda a explorar alternativas, contrastar argumentos, identificar contradicciones y profundizar en asuntos complejos, puede convertirse en una herramienta extraordinaria de aprendizaje.

Pero cuando delegamos en ella nuestras preguntas, nuestras interpretaciones y nuestras decisiones sin verificar sus fundamentos, corremos el riesgo de confundir productividad aparente con desarrollo intelectual.

Podemos producir más documentos y comprender menos.

Podemos responder más rápido y decidir peor.

Podemos automatizar actividades y perder progresivamente la capacidad de explicar por qué las realizamos.

No es una consecuencia inevitable de la inteligencia artificial.

Es una consecuencia posible de utilizarla sin una arquitectura clara de responsabilidades, capacidades y criterios de evaluación.

El peligro de confundir velocidad con madurez

En el mundo empresarial existe una presión constante por hacer más en menos tiempo.

La velocidad se ha convertido en una característica valorada en casi cualquier actividad. Se espera que las organizaciones respondan rápidamente, incorporen nuevas tecnologías y adapten sus operaciones a un entorno cambiante.

Esa presión tiene fundamentos reales.

Una empresa que no consigue responder a las transformaciones de su entorno puede perder competitividad.

Pero existe una diferencia entre actuar con agilidad y actuar sin comprensión.

Cuando una organización adopta herramientas antes de definir sus procesos, puede terminar automatizando errores.

Cuando incorpora inteligencia artificial sin establecer responsabilidades, puede generar resultados cuya autoría, validación y trazabilidad resulten difíciles de determinar.

Cuando busca reducir tiempos sin examinar las necesidades de sus clientes y trabajadores, puede deteriorar precisamente aquello que pretendía mejorar.

El problema no es la velocidad.

Es la ausencia de criterio para determinar cuándo acelerar, cuándo revisar y cuándo detener una decisión hasta disponer de mejores elementos.

La madurez organizacional no debería medirse exclusivamente por la cantidad de tecnologías utilizadas.

También debería examinarse a partir de la capacidad para comprenderlas, gobernarlas, evaluar sus efectos y corregir sus resultados.

Una empresa tecnológicamente avanzada puede ser organizacionalmente inmadura.

Y una empresa con recursos limitados puede demostrar una notable madurez cuando conoce sus procesos, comprende sus responsabilidades y toma decisiones coherentes con sus posibilidades.

Esta distinción es especialmente relevante para las pequeñas y medianas empresas, donde cada inversión puede comprometer recursos que resultan difíciles de recuperar.

Antes de adquirir una solución, conviene preguntarse qué capacidad necesitamos desarrollar.

Antes de automatizar una actividad, necesitamos comprender por qué existe.

Antes de delegar una decisión en una herramienta, debemos establecer quién responderá por sus consecuencias.

La apropiación comienza cuando dejamos de preguntar solamente qué puede hacer una tecnología y empezamos a comprender qué debemos ser capaces de hacer nosotros con ella.

Apropiarse del conocimiento también exige renunciar a ciertas certezas

Existe una dimensión humana que pocas veces consideramos cuando hablamos de transformación.

Aprender algo nuevo puede obligarnos a reconocer que llevábamos años interpretando incorrectamente una situación.

Y esa aceptación no siempre resulta sencilla.

Un empresario que ha construido su organización alrededor de decisiones centralizadas puede descubrir que su presencia permanente está limitando el desarrollo de sus colaboradores.

Un profesional experimentado puede encontrar que algunos procedimientos que dominaba han perdido pertinencia.

Un padre puede reconocer que ciertas formas de educar, aunque surgieron de buenas intenciones, no están favoreciendo la autonomía de sus hijos.

Estas situaciones no se resuelven únicamente con información.

Exigen revisar nuestra relación con la autoridad, la experiencia y la necesidad de tener razón.

La experiencia tiene un valor extraordinario cuando nos permite reconocer patrones, anticipar consecuencias y comprender situaciones complejas.

Pero puede convertirse en una limitación cuando la utilizamos como argumento para no escuchar perspectivas diferentes.

Llevar muchos años realizando una actividad no demuestra automáticamente que la estemos realizando de la mejor manera posible.

Demuestra que hemos tenido oportunidades para aprender de ella.

Lo que hicimos con esas oportunidades es otra cuestión.

En mi propia manera de entender la vida profesional, considero indispensable mantener abierta esa posibilidad de revisión.

No porque todo conocimiento anterior deba descartarse.

Sino porque el valor de la experiencia depende, en buena medida, de nuestra capacidad para interpretarla nuevamente cuando cambian las circunstancias.

Aprender requiere incorporar conocimientos.

Madurar exige también reconocer cuándo debemos modificar algunas de nuestras convicciones.

La responsabilidad de quien entrega conocimiento

Hasta aquí hemos examinado principalmente a quien recibe información.

Pero sería incompleto dejar toda la responsabilidad en sus manos.

Quienes enseñamos, dirigimos, acompañamos procesos o desarrollamos soluciones también debemos revisar nuestras prácticas.

En ocasiones, entregamos respuestas demasiado elaboradas para problemas que todavía no hemos comprendido suficientemente.

Presentamos metodologías complejas a personas que necesitan primero identificar qué está ocurriendo en su realidad.

Ofrecemos herramientas sin construir el lenguaje común que permitiría utilizarlas.

Y podemos llegar a confundir nuestra capacidad para explicar un asunto con la capacidad de otra persona para apropiárselo.

La diferencia es decisiva.

Quien comparte conocimiento debería preguntarse si está facilitando la comprensión o fortaleciendo una dependencia.

Un acompañamiento profesional puede ser técnicamente correcto y, sin embargo, dejar a la organización sin capacidad para continuar cuando termina la intervención externa.

Un mentor puede ofrecer respuestas valiosas, pero si nunca permite que la otra persona construya sus propias conclusiones, quizá esté desarrollando admiración en lugar de autonomía.

Un líder puede resolver permanentemente los problemas de su equipo y terminar convirtiéndose en el principal obstáculo para su crecimiento.

Por eso considero que una de las mayores responsabilidades de quien posee conocimiento consiste en hacerlo comprensible, discutible y utilizable por otras personas.

No significa simplificar artificialmente asuntos complejos.

Significa construir caminos para que otros puedan aproximarse a esa complejidad sin depender indefinidamente de nosotros.

El conocimiento compartido adquiere una dimensión verdaderamente humana cuando aumenta la capacidad de decisión de quien lo recibe.

La apropiación no ocurre en un solo momento

Otro error frecuente consiste en considerar el aprendizaje como un acontecimiento puntual.

Asistimos a una conferencia, terminamos un curso, implementamos una herramienta y damos por concluido el proceso.

Sin embargo, las capacidades se consolidan mediante su utilización, revisión y adaptación a situaciones reales.

Una persona puede comprender conceptualmente la importancia de documentar procesos. Pero cuando intenta hacerlo en su organización, descubre excepciones, responsabilidades ambiguas y actividades que nadie había definido con precisión.

Ese encuentro con la realidad no demuestra que el conocimiento inicial fuera inútil.

Representa una oportunidad para profundizarlo.

Lo mismo sucede con el liderazgo.

Comprender la importancia de delegar es relativamente sencillo. Delegar cuando existen riesgos financieros, compromisos contractuales o consecuencias sobre otras personas requiere un nivel de madurez mucho mayor.

No basta con conocer el concepto.

Es necesario desarrollar criterios para decidir qué delegar, a quién, bajo qué condiciones y con cuáles mecanismos de seguimiento.

En este punto, el aprendizaje deja de ser una actividad separada del trabajo y se convierte en parte de la manera como la organización funciona.

Las reuniones pueden servir para revisar decisiones y no solamente para distribuir tareas.

Los errores pueden examinarse para identificar causas y no únicamente para señalar responsables.

Los resultados pueden convertirse en oportunidades para comprender qué funcionó, qué no funcionó y cuáles supuestos necesitan revisarse.

Así, el conocimiento comienza a integrarse en la cultura organizacional.

Y cuando esa integración ocurre, la empresa deja de depender exclusivamente de individuos que saben hacer determinadas actividades.

Empieza a construir capacidades que pueden compartirse, mantenerse y perfeccionarse.

También las familias necesitan apropiarse de lo que aprenden

Aunque esta reflexión tiene importantes consecuencias empresariales, limitarla a las organizaciones sería desconocer su dimensión humana.

En las familias también transmitimos conocimientos, valores, experiencias y advertencias.

Los padres intentan evitar que sus hijos cometan errores que ellos mismos experimentaron.

Los adultos mayores comparten aprendizajes construidos durante décadas.

Las nuevas generaciones introducen perspectivas, herramientas y formas diferentes de relacionarse con el mundo.

Pero transmitir una experiencia no garantiza que otra persona pueda comprenderla desde su propia realidad.

Un consejo puede ser acertado y resultar inútil si quien lo recibe no consigue relacionarlo con sus circunstancias.

Una advertencia puede surgir del afecto y provocar resistencia cuando se expresa como una imposición.

Una enseñanza puede conservar su valor durante generaciones, pero necesitar explicaciones distintas para continuar siendo comprendida.

Esto plantea una responsabilidad compartida.

Quien transmite debe reconocer que su experiencia no sustituye la experiencia que el otro necesita construir.

Y quien recibe debería comprender que la autonomía no exige rechazar automáticamente aquello que otros aprendieron antes.

La verdadera apropiación ocurre cuando conseguimos dialogar con el conocimiento recibido, reconocer sus fundamentos y decidir conscientemente cómo aplicarlo.

No se trata de repetir la vida de nuestros padres.

Tampoco de considerar inútil todo lo que pertenece al pasado.

Se trata de comprender que cada generación tiene la responsabilidad de examinar lo heredado y decidir qué merece conservarse, transformarse o abandonarse.

Una pregunta diferente para quienes toman decisiones

Si aceptamos que el valor del conocimiento depende de su apropiación, necesitamos modificar algunas de las preguntas que formulamos habitualmente.

En lugar de preguntar únicamente cuántas personas fueron capacitadas, deberíamos examinar qué capacidades nuevas pueden demostrar.

En lugar de celebrar la adquisición de una plataforma, convendría verificar qué problema resolvió y cómo cambió la forma de trabajar.

En lugar de evaluar a un colaborador solamente por su cumplimiento, sería útil comprender si está desarrollando autonomía y capacidad de juicio.

Y antes de incorporar inteligencia artificial a un proceso, tendríamos que identificar qué conocimientos necesita conservar y desarrollar la organización para supervisar responsablemente sus resultados.

Esto no significa convertir cada actividad en un ejercicio interminable de evaluación.

Significa introducir una preocupación que con frecuencia desaparece bajo la presión de los indicadores: comprender si las personas están creciendo en su capacidad para actuar.

Una forma práctica de comenzar consiste en examinar tres dimensiones.

La primera es la comprensión. ¿La persona puede explicar con sus propias palabras qué está haciendo, por qué lo hace y cuáles son sus implicaciones?

La segunda es la aplicación. ¿Puede utilizar lo aprendido frente a un problema real, incluso cuando las circunstancias no coinciden exactamente con los ejemplos recibidos?

La tercera es la autonomía responsable. ¿Puede identificar límites, reconocer incertidumbres, solicitar ayuda cuando corresponde y asumir las consecuencias de sus decisiones?

Estas dimensiones no reemplazan las evaluaciones técnicas ni los indicadores de desempeño.

Permiten complementarlos con una pregunta más profunda sobre el desarrollo de capacidades humanas.

Porque una organización puede mejorar temporalmente sus resultados mediante controles estrictos, supervisión permanente o dependencia de especialistas externos.

Pero si no desarrolla comprensión y autonomía en sus integrantes, su capacidad para sostener esas mejoras seguirá siendo vulnerable.

El conocimiento solo se completa cuando transforma nuestra relación con la realidad

Quisiera terminar con una distinción que considero fundamental.

No todo conocimiento debe producir una aplicación inmediata.

Existen aprendizajes cuyo valor consiste en ampliar nuestra sensibilidad, enriquecer nuestra comprensión del mundo o permitirnos formular preguntas que antes no habíamos considerado.

La filosofía, la historia, el arte y muchas formas de investigación no necesitan justificar su existencia mediante resultados empresariales.

Sería un error reducir el conocimiento humano a su rentabilidad económica.

Pero incluso en estos campos, apropiarse de lo aprendido implica establecer una relación consciente con ello.

Una idea filosófica puede ayudarnos a revisar nuestras convicciones.

Una experiencia histórica puede modificar nuestra interpretación del presente.

Una obra artística puede permitirnos reconocer realidades humanas que antes ignorábamos.

Y una herramienta tecnológica puede ampliar nuestras posibilidades de actuar, siempre que conservemos la capacidad para comprender su alcance.

En todos estos casos, el conocimiento deja de ser algo exterior que simplemente almacenamos.

Comienza a formar parte de nuestra manera de interpretar la realidad.

Por eso no considero suficiente hablar de transferencia de conocimiento como si las ideas fueran objetos que pasan intactos de una persona a otra.

El conocimiento necesita ser interpretado, contrastado y reconstruido por quien lo recibe.

Esa reconstrucción no siempre produce las mismas conclusiones de quien enseñó.

Y precisamente allí puede encontrarse una parte importante de su valor.

Una sociedad que únicamente reproduce respuestas corre el riesgo de conservar también sus errores.

Una sociedad que desarrolla capacidades para comprender y cuestionar responsablemente puede revisar sus decisiones sin perder necesariamente el valor de su experiencia acumulada.

Lo mismo ocurre con las empresas.

Su futuro no depende exclusivamente de la información que poseen, las tecnologías que adquieren o los especialistas que contratan.

Depende también de la capacidad de sus integrantes para convertir todo ello en comprensión compartida, decisiones responsables y aprendizaje permanente.

Después de tantos años observando la relación entre personas, empresas y tecnología, continúo encontrando una pregunta que merece acompañar cualquier proceso de transformación:

Cuando desaparezca quien nos explicó, diseñó o implementó la solución, ¿seremos capaces de comprenderla, utilizarla y mejorarla por nosotros mismos?

Si la respuesta es negativa, posiblemente hayamos recibido un servicio, una herramienta o una explicación valiosa.

Pero todavía no hemos terminado de apropiarnos del conocimiento.

Y esa diferencia puede determinar cuánto perdura realmente una transformación.

Si estas reflexiones le llevan a cuestionar cómo se construye el conocimiento, cómo se desarrollan las capacidades humanas o cómo deberían transformarse las organizaciones en tiempos de inteligencia artificial, podemos continuar esta conversación en un espacio de reflexión estratégica, conferencia o masterclass.

https://t.mtrbio.com/JCMD

Julio César Moreno Duque Pensador – Consultor – Mentor Humanista Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

Una enseñanza puede permanecer durante años en nuestra memoria sin cambiar una sola decisión. Su verdadero alcance comienza cuando dejamos de repetirla y asumimos la responsabilidad de pensar con ella.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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