Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de conocer a alguien y, al mismo tiempo, tanta facilidad para considerar reemplazable a quien tenemos al lado.
Esa contradicción me parece mucho más importante que discutir si las aplicaciones de citas son buenas o malas.
Porque el problema de fondo no está en una aplicación.
Está en lo que ocurre cuando empezamos a trasladar la lógica de las aplicaciones a nuestra manera de relacionarnos con otros seres humanos.
Deslizar.
Comparar.
Seleccionar.
Descartar.
Volver a buscar.
Esperar una opción mejor.
Y quizá, sin darnos cuenta, hemos comenzado a incorporar esa misma lógica en relaciones que ni siquiera nacieron en una plataforma digital.
El artículo que motivó esta reflexión hablaba del amor, el romance, la infidelidad y las aplicaciones. No quiero repetir sus argumentos. Me interesa algo distinto: qué nos está ocurriendo como seres humanos cuando sentimos permanentemente que detrás de la persona que tenemos enfrente puede existir alguien mejor.
Porque esa posibilidad siempre ha existido.
Lo verdaderamente nuevo es llevarla permanentemente en el bolsillo.
El amor siempre tuvo incertidumbre
Enamorarse nunca ha sido una decisión completamente racional.
Podemos intentar explicar por qué alguien nos atrae. Podemos hablar de personalidad, valores, apariencia, inteligencia, afinidad, educación, proyectos de vida o sexualidad.
Pero siempre queda una parte difícil de explicar.
Algo ocurre.
Y cuando ocurre de verdad, aceptamos algo profundamente incómodo: no tenemos control absoluto sobre el otro.
Amar implica vulnerabilidad.
Implica confiar sabiendo que podemos ser decepcionados.
Implica construir sin tener garantía de permanencia.
Implica aceptar imperfecciones.
Y posiblemente allí comienza una de las tensiones de nuestra época.
Nos hemos acostumbrado a tecnologías diseñadas para reducir incertidumbre.
Podemos comparar hoteles antes de viajar.
Comparar restaurantes antes de comer.
Comparar precios antes de comprar.
Comparar automóviles.
Comparar universidades.
Comparar proveedores.
Comparar prácticamente cualquier producto o servicio.
Eso tiene enormes ventajas.
El problema aparece cuando trasladamos esa misma arquitectura mental a las personas.
Porque una persona no es un producto que pueda evaluarse únicamente mediante atributos.
La ilusión de que siempre existe alguien mejor
Las aplicaciones de citas ampliaron extraordinariamente nuestras posibilidades de encuentro.
Eso no es necesariamente negativo.
Personas que probablemente jamás se habrían conocido pueden encontrarse gracias a ellas. Alguien puede conocer personas fuera de su círculo laboral, familiar, académico o geográfico.
La tecnología amplió el territorio del encuentro humano.
Pero junto con esa posibilidad apareció otra sensación mucho más compleja:
la percepción de abundancia infinita.
Si una conversación no funciona, aparece otra.
Si alguien tiene una característica que incomoda, podemos seguir buscando.
Si después de algunas citas descubrimos defectos, volvemos al catálogo.
Y lentamente puede instalarse una pregunta peligrosa:
¿para qué aceptar esto si posiblemente existe alguien mejor?
Investigaciones y análisis recientes sobre aplicaciones de citas vienen señalando precisamente esta paradoja: mientras las plataformas multiplican las oportunidades para conocer personas, también pueden aumentar la percepción de que siempre existe otra alternativa disponible.
El problema no es buscar una relación adecuada.
Por supuesto que debemos hacerlo.
Nadie debería permanecer en una relación destructiva, abusiva, incompatible o profundamente infeliz simplemente para demostrar compromiso.
Estoy hablando de algo diferente.
De nuestra tolerancia cada vez menor hacia la imperfección normal de otro ser humano.
Ninguna relación real puede competir contra una posibilidad imaginaria
Aquí aparece una trampa psicológica extraordinaria.
La persona con quien convivimos es real.
La conocemos cansada.
La vemos preocupada.
Conocemos sus defectos.
Sabemos cuándo se equivoca.
La hemos visto enferma.
Conocemos sus inseguridades.
Sabemos cuáles historias repite demasiado.
Conocemos algunas de sus contradicciones.
En cambio, la persona potencial que aparece detrás de una pantalla todavía es una posibilidad.
Y las posibilidades casi siempre son perfectas.
Porque todavía no han tenido tiempo de decepcionarnos.
Entonces ocurre una comparación profundamente injusta:
comparamos la realidad imperfecta de alguien conocido con la versión idealizada de alguien desconocido.
La persona real casi siempre pierde esa competencia.
No porque sea peor.
Sino porque compite contra nuestra imaginación.
Las plataformas digitales además nos permiten construir perfiles cuidadosamente seleccionados. Fotografías, viajes, aficiones, frases y momentos felices terminan convirtiéndose en una especie de vitrina afectiva. Algunos análisis recientes describen precisamente cómo los perfiles pueden transformar nuestra identidad sentimental en algo parecido a un producto que debe resultar atractivo rápidamente.
Y esto no ocurre únicamente en las aplicaciones de citas.
También sucede en Instagram.
En Facebook.
En TikTok.
Incluso en LinkedIn, aunque allí adopte otras formas.
Estamos permanentemente observando versiones editadas de otras vidas.
Después regresamos a nuestra realidad cotidiana.
Y la realidad nunca tiene filtros.
Entonces aparece la infidelidad
Hablar de infidelidad exige prudencia.
No todas las personas son infieles por las mismas razones.
No todas las relaciones tienen los mismos acuerdos.
No toda infidelidad significa ausencia de amor.
Y tampoco deberíamos convertir una conducta humana extremadamente compleja en una explicación tecnológica simplista.
La tecnología no inventó la infidelidad.
Existía mucho antes del teléfono móvil.
Pero sí modificó algo importante:
redujo enormemente la fricción necesaria para establecer contacto.
Antes, determinadas oportunidades requerían coincidencia física, espacios compartidos, tiempo y cierto riesgo social.
Hoy una conversación puede comenzar mientras estamos sentados al lado de nuestra pareja.
Un mensaje.
Una reacción.
Un comentario.
Una conversación aparentemente inocente.
Después otra.
La frontera entre amistad, intimidad emocional, coqueteo e infidelidad puede volverse progresivamente borrosa.
De hecho, la psicología contemporánea está teniendo que reconsiderar qué entendemos por infidelidad precisamente porque las redes sociales, las aplicaciones y los espacios digitales multiplicaron las formas de intimidad y complicaron los límites tradicionales entre lo emocional, sexual y digital.
Pero sería demasiado cómodo culpar al teléfono.
El teléfono facilita.
La persona decide.
Y esa diferencia es fundamental.
La tecnología amplifica lo que ya somos
Esta idea la he defendido durante muchos años en el mundo empresarial y considero que también sirve para comprender nuestras relaciones personales.
La tecnología rara vez resuelve por sí sola un problema humano estructural.
Muchas veces lo amplifica.
Una empresa desorganizada puede digitalizar su desorganización.
Una organización sin criterio puede automatizar decisiones equivocadas.
Una persona insegura puede encontrar en las redes sociales infinitas posibilidades para alimentar su inseguridad.
Una persona que necesita validación puede recibir pequeñas dosis permanentes de reconocimiento.
Un corazón insatisfecho puede descubrir cientos de posibilidades aparentes.
Una persona incapaz de poner límites puede encontrar nuevas oportunidades para cruzarlos.
Por eso me preocupa cuando reducimos estos debates a:
“Las aplicaciones destruyeron el amor”.
No.
Sería demasiado sencillo.
Las aplicaciones encontraron seres humanos que ya tenían deseos, inseguridades, soledad, miedo, necesidad de reconocimiento, curiosidad, frustraciones y contradicciones.
Después les dieron una herramienta extraordinariamente poderosa.
La pregunta importante entonces no es qué puede hacer la tecnología.
Es:
¿qué hacemos nosotros cuando la tecnología amplifica nuestras posibilidades?
El problema quizás no sea encontrar a alguien
Durante mucho tiempo pensamos que el gran problema sentimental era encontrar pareja.
Hoy podríamos estar enfrentando otro.
Aprender a permanecer cuando tenemos infinitas posibilidades aparentes de marcharnos.
Permanecer no significa soportarlo todo.
Quiero insistir en esto.
Hay relaciones que deben terminar.
Hay relaciones donde permanecer destruye.
Hay personas incompatibles.
Hay vínculos donde desaparecieron el respeto, la confianza o el proyecto común.
Madurar también significa saber terminar.
Pero existe otra clase de relación.
Aquella que simplemente entró en la vida real.
Ya no tiene la intensidad inicial.
Llegaron las cuentas.
El trabajo.
Los hijos.
Las responsabilidades.
Las enfermedades.
Los padres envejeciendo.
Las diferencias.
Los silencios.
Las preocupaciones económicas.
Las rutinas.
Y entonces podemos cometer un error extraordinariamente humano:
confundir la desaparición de la novedad con la desaparición del amor.
Mientras tanto, el teléfono continúa mostrándonos novedades.
Personas nuevas.
Historias nuevas.
Rostros nuevos.
Posibilidades nuevas.
La relación estable tiene que competir entonces contra una maquinaria permanente de novedad.
Y la novedad tiene una ventaja enorme:
todavía no tiene historia.
Tal vez hemos confundido libertad con ausencia de compromiso
La libertad es uno de los grandes logros humanos.
Poder elegir con quién estar.
Poder terminar una relación.
Poder reconstruir nuestra vida.
Poder rechazar relaciones impuestas por familia, religión, economía o presión social.
Todo eso representa avances importantes.
Pero existe una pregunta incómoda:
¿qué ocurre cuando llevamos la libertad hasta convertir cualquier compromiso en una amenaza contra nuestra autonomía?
Toda relación profunda limita algunas posibilidades.
Cuando elegimos algo importante, renunciamos necesariamente a otras opciones.
Sucede con una profesión.
Con una empresa.
Con una ciudad.
Con una inversión.
Con un proyecto.
Y también con una pareja.
Elegir significa cerrar algunas puertas.
Nuestra época, sin embargo, parece fascinada con mantener todas las puertas abiertas.
Queremos compromiso sin renuncia.
Intimidad sin vulnerabilidad.
Compañía sin dependencia.
Libertad sin consecuencias.
Amor sin dolor.
Relaciones sin conflicto.
Y quizás estamos pidiendo algo que simplemente no existe.
El algoritmo tampoco sabe amar por nosotros
Estamos entrando además en una etapa todavía más compleja.
La inteligencia artificial comienza a intervenir en territorios emocionales que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanos.
Ya existen personas dispuestas a considerar vínculos románticos con sistemas de inteligencia artificial, y estudios recientes en Colombia muestran una apertura sorprendente hacia esa posibilidad.
No me interesa ridiculizar a quienes encuentran compañía en estas tecnologías.
La soledad es real.
La necesidad de ser escuchados también.
Y sería irresponsable juzgar superficialmente experiencias humanas que pueden tener detrás dolor, aislamiento o dificultades afectivas profundas.
Pero sí deberíamos preguntarnos algo.
¿Qué ocurrirá cuando podamos relacionarnos con sistemas diseñados para escucharnos permanentemente?
Que no se cansan.
Que recuerdan nuestros gustos.
Que responden cuando queremos.
Que pueden adaptarse a nuestras preferencias.
Que quizás nunca nos contradigan de una manera verdaderamente incómoda.
Porque entonces el desafío ya no será solamente comparar nuestra pareja con otras personas.
Podríamos empezar a compararla con una experiencia artificial diseñada alrededor de nosotros.
Y ningún ser humano puede competir con alguien programado para complacernos.
Porque los seres humanos tienen voluntad propia.
Y precisamente allí está una parte fundamental del amor.
El otro no existe para satisfacer nuestras expectativas.
Amar también es aceptar que el otro no fue diseñado para nosotros
Esta quizá sea una de las ideas que más necesitamos recuperar.
Una pareja no es una aplicación personalizada.
No llega configurada según nuestras preferencias.
No tiene obligación de pensar igual.
No responde siempre cuando queremos.
No entiende automáticamente nuestras emociones.
No comparte necesariamente todos nuestros intereses.
No está disponible permanentemente.
Tiene historia.
Tiene heridas.
Tiene deseos propios.
Tiene contradicciones.
Tiene límites.
Y nosotros también.
Por eso construir una relación exige algo que ningún algoritmo puede garantizar:
negociar dos libertades.
Ahí comienza el verdadero trabajo humano.
Conversar.
Poner límites.
Revisar acuerdos.
Reconocer errores.
Pedir perdón.
Perdonar cuando corresponde.
Marcharse cuando sea necesario.
Quedarse cuando todavía exista algo digno de construir.
Nada de eso puede resolverse deslizando el dedo hacia un lado.
Quizá necesitamos menos opciones y más criterio
No creo que debamos regresar a una época anterior.
No idealizo el pasado.
También existieron matrimonios profundamente infelices que permanecieron juntos porque las personas —especialmente las mujeres— no tenían posibilidades económicas, jurídicas o sociales para marcharse.
No deberíamos confundir duración con calidad.
Pero tampoco deberíamos confundir cantidad de opciones con libertad.
Porque demasiadas opciones también pueden paralizarnos.
El problema de nuestra época posiblemente no sea que tenemos demasiadas posibilidades.
Es que necesitamos mucho más criterio para administrarlas.
Criterio para distinguir deseo de decisión.
Novedad de compatibilidad.
Atracción de proyecto.
Atención de afecto.
Intensidad de profundidad.
Conexión digital de intimidad.
Libertad de irresponsabilidad.
Y oportunidad de traición.
La tecnología seguirá avanzando.
Las aplicaciones serán mejores.
Los algoritmos conocerán mejor nuestras preferencias.
La inteligencia artificial podrá conversar con nosotros de maneras cada vez más convincentes.
Nada de eso debería asustarnos necesariamente.
Pero sí debería obligarnos a desarrollar algo que ninguna tecnología puede hacer por nosotros:
decidir qué clase de seres humanos queremos ser cuando nadie nos obliga a elegir bien.
Porque quizá allí está la verdadera discusión sobre el amor contemporáneo.
No en cuántas personas podemos conocer.
Sino en qué hacemos después de conocerlas.
No en cuántas alternativas tenemos.
Sino en nuestra capacidad para reconocer cuándo una relación merece ser construida.
No en si una aplicación puede facilitarnos una infidelidad.
Sino en quiénes somos cuando tenemos la oportunidad de ser infieles.
Y tampoco en encontrar a la persona perfecta.
Tal vez la madurez comienza cuando entendemos que esa persona probablemente no existe.
Existe otra cosa.
Mucho más difícil.
Dos seres humanos imperfectos intentando decidir, cada día, si todavía vale la pena construir algo juntos.
Una conversación que quizá vale la pena tener
Si estas reflexiones conectan con preguntas que también estás haciendo sobre tecnología, decisiones, relaciones humanas, empresa o la manera como estamos construyendo nuestro futuro, podemos continuar la conversación aquí:
Conversar con Julio César Moreno Duque
Mensaje final
