Cuando el tratamiento no basta, hay que revisar la pregunta



Hay un momento especialmente doloroso en la depresión: aquel en que la persona ha hecho lo que se suponía que debía hacer y, aun así, sigue sintiéndose mal.

Consultó. Aceptó el diagnóstico. Tomó medicamentos. Esperó. Cambió de tratamiento. Volvió a esperar. Tal vez hizo psicoterapia. Intentó dormir mejor, recuperar rutinas, trabajar, relacionarse, responder a quienes le dicen que tenga paciencia. Y después de meses —a veces años— descubre que la vida continúa ocurriendo mientras ella apenas logra sostenerse dentro de la vida.

Entonces aparece una expresión clínica que puede ser útil para los profesionales, pero devastadora cuando se interpreta mal: depresión resistente al tratamiento.

La palabra “resistente” parece colocar el problema dentro de la persona. Como si su organismo se negara a colaborar. Como si hubiese algo particularmente defectuoso en ella. Como si los tratamientos hubieran cumplido correctamente su parte y quien estuviera fallando fuera el paciente.

Pero esa conclusión merece ser cuestionada.

Cuando un tratamiento no produce la respuesta esperada, quizá no debamos preguntarnos únicamente por qué la enfermedad se resiste. También necesitamos preguntarnos si estamos comprendiendo suficientemente bien aquello que intentamos tratar.

Esa diferencia cambia mucho más que el lenguaje.

Cambia la manera de decidir.

Resistir no significa fracasar

En términos clínicos, no existe una definición absolutamente uniforme de depresión resistente al tratamiento. Una de las más utilizadas considera que existe resistencia cuando una persona con depresión mayor no responde adecuadamente a por lo menos dos tratamientos antidepresivos administrados en dosis y duración apropiadas. Incluso esa definición continúa siendo objeto de discusión entre especialistas.

Esto importa porque una etiqueta aparentemente precisa puede ocultar situaciones profundamente distintas.

Dos personas pueden aparecer en una historia clínica bajo la misma categoría de “depresión resistente” y estar viviendo realidades completamente diferentes.

Una quizá recibió medicamentos adecuados, durante períodos suficientes, con buena adherencia, después de una evaluación diagnóstica cuidadosa.

Otra pudo abandonar tratamientos por efectos secundarios intolerables.

Otra pudo tomar dosis insuficientes.

Otra tal vez tiene una condición médica que contribuye a sus síntomas.

Otra podría haber sido diagnosticada con depresión cuando existen características clínicas adicionales que requieren un abordaje diferente.

Otra puede estar atravesando violencia, duelo, precariedad económica, aislamiento, agotamiento laboral o una relación destructiva que ningún medicamento puede eliminar por sí solo.

Y otra probablemente reúna varios de esos factores al mismo tiempo.

La literatura médica reconoce incluso lo que algunos investigadores denominan pseudorresistencia: casos en los cuales la falta de respuesta puede estar relacionada con tratamientos inadecuados, dificultades de adherencia u otros factores que hacen parecer resistente una enfermedad que quizá no ha sido abordada todavía en las condiciones correctas.

La distinción no es semántica.

Es humana.

Porque después de varios tratamientos fallidos resulta fácil convertir una dificultad clínica en una identidad:

“Mi depresión no responde.”

Después:

“Nada funciona conmigo.”

Y finalmente:

“Yo no tengo solución.”

Ese desplazamiento puede ser silencioso, pero tiene consecuencias enormes.

La medicina necesita categorías para investigar y decidir. Las personas, en cambio, necesitan evitar convertirse psicológicamente en esas categorías.

Un diagnóstico debería orientar una búsqueda.

Nunca cerrar una posibilidad.

Después del segundo o tercer intento, cambiar solamente el medicamento puede ser insuficiente

Nuestra cultura tiene una relación peculiar con los problemas complejos.

Preferimos encontrar una causa, identificar una solución y esperar un resultado.

En muchas enfermedades ese esquema funciona razonablemente bien.

Pero la depresión puede involucrar biología, historia personal, patrones psicológicos, experiencias traumáticas, relaciones, condiciones sociales, sueño, enfermedades físicas, sustancias, medicamentos, genética, circunstancias laborales y una enorme diversidad de variables que interactúan entre sí.

Eso no significa que “todo cause depresión”.

Significa que comprenderla requiere resistirse a explicaciones demasiado cómodas.

Cuando una persona no mejora, la tentación puede ser concentrarse exclusivamente en encontrar el siguiente tratamiento.

Pero antes de añadir una nueva intervención existe una pregunta todavía más importante:

¿Qué necesitamos volver a comprender?

Las guías clínicas modernas han comenzado precisamente a ampliar esa mirada. CANMAT, una de las referencias internacionales para el tratamiento de los trastornos del ánimo, señala limitaciones importantes del concepto tradicional de “resistencia”, entre ellas que puede reducir excesivamente el problema a sucesivos ensayos farmacológicos y dejar en segundo plano respuestas parciales, tratamientos psicológicos, estrategias de combinación y neuroestimulación.

La evolución conceptual resulta interesante.

Algunos especialistas prefieren hablar de depresión difícil de tratar.

No porque cambie mágicamente la enfermedad.

Sino porque cambia la pregunta.

“Resistente” concentra nuestra atención en aquello que aparentemente no responde.

“Difícil de tratar” obliga a examinar la complejidad completa del problema.

Y en problemas complejos, comprender mejor puede ser tan importante como intervenir más.

Hay momentos en los que volver al diagnóstico es avanzar

Las personas solemos interpretar volver atrás como retroceder.

En una empresa ocurre constantemente.

Cuando una estrategia lleva meses sin producir resultados, muchas organizaciones continúan invirtiendo porque detenerse implicaría reconocer que las premisas iniciales quizá estaban equivocadas.

Se cambia el presupuesto.

Se cambia el proveedor.

Se cambia la campaña.

Se cambia el software.

Pero nadie quiere regresar a la pregunta original.

¿Estábamos resolviendo el problema correcto?

En salud puede ocurrir algo semejante.

Después de múltiples tratamientos, revisar nuevamente el diagnóstico puede parecer una repetición innecesaria. Sin embargo, precisamente cuando las respuestas esperadas no aparecen, cuestionar las hipótesis iniciales adquiere mayor importancia.

¿El diagnóstico sigue siendo el adecuado?

¿Existen otras condiciones psiquiátricas?

¿Hay enfermedades físicas relevantes?

¿Los medicamentos utilizados previamente tuvieron realmente una dosis y duración adecuadas?

¿Hubo efectos secundarios que impidieron tomarlos consistentemente?

¿Existen consumo de alcohol u otras sustancias que estén interfiriendo?

¿Cómo está durmiendo la persona?

¿Qué está ocurriendo en sus relaciones?

¿Cómo son sus condiciones laborales?

¿Qué pérdidas ha atravesado?

¿Qué acontecimientos traumáticos siguen activos en su vida?

¿Qué tratamientos psicológicos ha recibido y con qué enfoque?

¿Qué mejoró aunque la depresión no desapareciera completamente?

No todas estas preguntas serán relevantes para todas las personas.

Ese es precisamente el punto.

Una persona no debería convertirse en una secuencia de medicamentos.

La medicina ha ampliado las posibilidades, pero una posibilidad no es una promesa

También sería equivocado interpretar la falta de respuesta a tratamientos iniciales como señal de que ya no existen alternativas.

Actualmente pueden considerarse, según las características de cada paciente y bajo evaluación especializada, diferentes estrategias farmacológicas, combinaciones o tratamientos de potenciación, psicoterapias estructuradas, estimulación magnética transcraneal, terapia electroconvulsiva y tratamientos relacionados con ketamina o esketamina, entre otras posibilidades.

La evidencia disponible reconoce la utilidad de varias de estas estrategias en determinados pacientes con depresión difícil de tratar. La estimulación magnética transcraneal repetitiva cuenta con evidencia establecida; la terapia electroconvulsiva continúa siendo una intervención relevante, especialmente en determinados cuadros graves, y los tratamientos basados en ketamina o esketamina han ampliado las alternativas disponibles.

Pero existe una diferencia esencial entre afirmar que una intervención ha demostrado eficacia y convertirla en una nueva promesa individual.

La ciencia trabaja con probabilidades.

El sufrimiento humano quiere certezas.

Y entre ambos aparece un terreno especialmente delicado.

Cuando alguien lleva años buscando alivio, cualquier novedad puede convertirse fácilmente en esperanza absoluta. Internet amplifica esa vulnerabilidad. Un tratamiento pasa rápidamente de ser una opción clínica para determinados pacientes a convertirse en “la solución que los médicos tradicionales no quieren contarle”.

Ese lenguaje debería despertar prudencia.

Tomemos la ketamina como ejemplo.

La ketamina tiene aplicaciones médicas aprobadas como anestésico, pero la FDA señala que la ketamina como tal no está aprobada para tratar trastornos psiquiátricos. La esketamina intranasal sí tiene indicaciones aprobadas para determinadas situaciones relacionadas con depresión y requiere condiciones específicas de administración y supervisión debido a riesgos que incluyen sedación, disociación, depresión respiratoria y potencial de abuso.

La diferencia puede parecer técnica.

No lo es.

Cuando la desesperación entra en la conversación, el criterio debe entrar también.

Una persona vulnerable no necesita otra promesa.

Necesita posibilidades evaluadas responsablemente.

El tratamiento no ocurre en un laboratorio: ocurre dentro de una vida

Existe otra dimensión que a veces incomoda porque no cabe fácilmente en una prescripción.

Podemos tratar síntomas mientras determinadas condiciones de vida continúan produciendo sufrimiento.

Pensemos en alguien que cada mañana regresa a un ambiente laboral donde vive humillación constante.

O en quien duerme junto a una persona que le provoca miedo.

O en quien cuida durante años a un familiar dependiente sin apoyo.

O en quien perdió su estabilidad económica y vive permanentemente anticipando la próxima deuda.

O en quien lleva una vida aparentemente exitosa mientras ha perdido prácticamente todos sus vínculos significativos.

Sería irresponsable afirmar que cualquiera de estas circunstancias explica por sí sola una depresión clínica.

También sería irresponsable ignorarlas.

La condición biológica no elimina la realidad existencial.

La realidad existencial tampoco elimina la biología.

Pensar estructuralmente significa aprender a sostener ambas dimensiones sin obligarnos a escoger una.

Ese principio resulta especialmente importante cuando un tratamiento no funciona.

La pregunta deja de ser simplemente:

“¿Qué medicamento sigue?”

Y empieza a incorporar otra:

“¿Qué está ocurriendo alrededor, dentro y a través de esta persona?”

No para culpabilizarla.

Para comprenderla mejor.

La depresión también reorganiza las decisiones

Hay algo más que solemos subestimar.

La depresión no afecta solamente cómo una persona se siente.

Puede afectar cómo interpreta.

Cómo anticipa.

Cómo recuerda.

Cómo decide.

Cómo se relaciona con el futuro.

Una decisión relativamente sencilla para alguien emocionalmente estable puede convertirse en una tarea enorme para quien atraviesa una depresión severa.

Responder un mensaje.

Pedir una cita.

Tomar diariamente un medicamento.

Llamar al seguro médico.

Cambiar de especialista.

Explicar nuevamente una historia dolorosa.

Solicitar ayuda.

Decirle a la familia que el tratamiento no está funcionando.

Investigar una segunda opinión.

Todo consume una capacidad mental que justamente puede encontrarse disminuida.

Por eso hay una paradoja cruel en los sistemas de atención: frecuentemente exigimos mayor capacidad de gestión precisamente a las personas que menos capacidad tienen en ese momento para gestionarse.

Formularios.

Autorizaciones.

Listas de espera.

Especialistas desconectados entre sí.

Medicamentos que cambian.

Historias clínicas fragmentadas.

Costos.

Traslados.

Procesos administrativos.

Desde una perspectiva organizacional, eso debería preocuparnos.

No basta con desarrollar mejores tratamientos si construimos sistemas tan complejos que acceder correctamente a ellos se convierte en otra carga.

La tecnología puede ayudar a coordinar información, seguimiento, acceso y continuidad.

Pero tampoco debemos confundir digitalización con cuidado.

Una aplicación puede registrar síntomas.

Una inteligencia artificial puede ayudar a organizar información.

Un sistema puede detectar patrones.

Nada de eso sustituye la responsabilidad clínica, el juicio profesional ni la conversación humana donde alguien consigue comprender lo que está viviendo.

La tecnología tiene valor cuando aumenta nuestra capacidad de cuidar.

Pierde sentido cuando simplemente aumenta nuestra capacidad de procesar.

También existe una economía del sufrimiento

La depresión prolongada tiene otra dimensión de la que hablamos poco: el dinero.

No solamente el costo del tratamiento.

También el costo de no poder trabajar igual.

De reducir jornadas.

De abandonar oportunidades.

De perder productividad.

De depender económicamente de alguien.

De pagar consultas sucesivas.

De desplazarse.

De probar tratamientos.

De ausentarse.

De requerir acompañamiento.

De reorganizar una familia alrededor de una enfermedad que nadie sabe cuánto durará.

Ese impacto puede alterar relaciones.

Quien está enfermo puede comenzar a sentirse una carga.

Quien cuida puede comenzar a agotarse.

La pareja puede cambiar de dinámica.

Los hijos perciben aquello que los adultos intentan ocultar.

Los amigos pueden alejarse porque no saben cómo acompañar.

Y con cada nueva intervención que no funciona aparece otra pérdida invisible: la confianza.

No solamente en el médico.

También en el propio futuro.

Por eso hablar responsablemente de depresión difícil de tratar exige mucho más que enumerar tratamientos.

Estamos hablando de vidas reorganizadas alrededor de una incertidumbre.

El acompañamiento tampoco consiste en exigir recuperación

Las personas cercanas suelen quedar atrapadas entre dos extremos.

O minimizan:

“Necesitas poner de tu parte.”

O intentan convertirse en terapeutas:

“Creo que lo que tienes que hacer es…”

Ambas respuestas pueden nacer del afecto.

Ambas pueden hacer daño.

Acompañar no significa tener una solución.

En ocasiones significa ayudar a sostener el proceso para que la persona no tenga que cargar además con la obligación de tranquilizar a quienes la rodean.

También significa comprender que mejoría y recuperación no siempre avanzan en línea recta.

Una persona puede dormir mejor y seguir deprimida.

Puede recuperar concentración antes de recuperar interés.

Puede regresar al trabajo sin sentirse bien.

Puede reír durante una conversación y continuar atravesando una enfermedad seria.

Puede experimentar una mejoría parcial que clínicamente importa aunque todavía esté lejos de sentirse recuperada.

Cuando esperamos una transformación absoluta, podemos dejar de reconocer avances que sí contienen información valiosa para las siguientes decisiones.

La pregunta correcta no siempre es “¿qué falta probar?”

Después de muchos intentos, nuestra mentalidad puede adquirir la lógica de un catálogo.

Probamos A.

Después B.

Después C.

Ahora busquemos D.

Pero acumular tratamientos no equivale necesariamente a construir una estrategia.

Una estrategia requiere una lectura completa del problema.

Qué se ha intentado.

Durante cuánto tiempo.

Con qué dosis.

Qué ocurrió.

Qué efectos aparecieron.

Qué mejoró.

Qué empeoró.

Qué otros diagnósticos fueron considerados.

Qué psicoterapias se realizaron.

Qué circunstancias cambiaron.

Qué barreras existen.

Qué riesgos deben manejarse.

Qué preferencias tiene la persona.

Qué nivel de funcionamiento conserva.

Qué apoyo posee.

Qué puede sostener razonablemente.

La diferencia entre probar tratamientos y construir una estrategia está en la calidad de las preguntas.

Eso vale para la salud, para una empresa, para el dinero y para muchas de las decisiones más importantes de nuestra vida.

Cuando una solución repetida deja de funcionar, insistir más fuerte puede ser menos inteligente que comprender mejor.

No todo depende del paciente, pero el paciente necesita recuperar participación

Hay que evitar dos errores opuestos.

El primero consiste en culpabilizar a la persona:

“Si hicieras ejercicio…”

“Si pensaras positivo…”

“Si quisieras salir adelante…”

La depresión clínica no merece semejante simplificación.

Pero el segundo error consiste en convertir al paciente en un espectador completamente pasivo de su tratamiento.

Existe una responsabilidad que no es culpa.

Preguntar.

Registrar.

Comunicar efectos secundarios.

Decir cuando un medicamento no se está tomando como fue indicado.

Contar aquello que da vergüenza.

Solicitar explicaciones.

Preguntar qué diagnóstico está siendo tratado.

Comprender por qué se propone una intervención.

Consultar qué alternativas existen.

Buscar una segunda evaluación cuando resulte razonable.

Involucrar a alguien de confianza cuando el proceso se vuelve difícil de gestionar.

La autonomía no significa decidir solo.

Significa participar conscientemente en las decisiones que afectan la propia vida.

Y cuando la depresión reduce temporalmente esa capacidad, necesitamos construir alrededor de la persona una red que ayude a preservarla.

Quizá “resistencia” también sea una invitación a la humildad

La medicina ha transformado millones de vidas.

Y precisamente por respeto a ella debemos permitirle reconocer sus límites.

No comprender completamente por qué una persona no responde a un tratamiento no significa que la ciencia haya fracasado.

Significa que todavía existe complejidad.

En 2026 continuamos investigando qué características pueden ayudar a predecir quién responderá mejor a intervenciones como terapia electroconvulsiva, estimulación magnética transcraneal o tratamientos basados en ketamina. Una revisión sistemática publicada este mismo año refleja precisamente que la búsqueda de predictores clínicamente útiles continúa abierta.

La medicina personalizada promete avanzar en esa dirección.

Pero personalizar no debería significar únicamente encontrar el biomarcador correcto.

También significa reconocer a la persona completa.

Su historia.

Sus decisiones.

Su contexto.

Sus límites.

Sus relaciones.

Sus posibilidades económicas.

Sus preferencias.

Sus temores.

La precisión verdaderamente humana requiere ambas cosas: mejor ciencia y mejor comprensión.

Cuando algo no responde, quizás sea momento de mirar el sistema completo

Quien atraviesa una depresión prolongada probablemente no necesita que alguien le explique que debe seguir intentando.

Ya ha intentado mucho.

Lo que puede necesitar es una conversación diferente.

Una conversación donde la falta de respuesta no se interprete automáticamente como sentencia.

Donde revisar el diagnóstico no sea visto como fracaso.

Donde cambiar de estrategia no signifique improvisar.

Donde los nuevos tratamientos no se conviertan en mercancías de esperanza.

Donde las circunstancias de vida puedan hablarse sin reducir la enfermedad a “problemas emocionales”.

Donde la biología pueda abordarse sin reducir a la persona a química cerebral.

Y donde el paciente pueda volver a sentirse participante de sus decisiones.

La expresión “depresión resistente al tratamiento” seguirá teniendo utilidad clínica.

Pero quizá todos —pacientes, familias, profesionales, organizaciones y sistemas de salud— deberíamos recordar algo cada vez que la pronunciemos:

lo que está fallando no necesariamente es la persona.

Puede estar fallando una intervención.

Puede estar incompleta una explicación.

Puede existir una condición todavía no identificada.

Puede ser necesario otro enfoque.

Puede haber límites reales en el conocimiento disponible.

Y puede existir una complejidad que todavía estamos aprendiendo a comprender.

Eso no garantiza recuperación.

Sería irresponsable prometerla.

Pero sí cambia la posición desde la cual enfrentamos el problema.

En lugar de preguntar únicamente por qué una persona sigue enferma después de tantos tratamientos, podemos formular una pregunta mucho más exigente:

¿Qué necesitamos comprender mejor antes de decidir qué hacemos después?

En esa pregunta hay menos promesa.

Pero hay mucho más criterio.

Si esta reflexión le lleva a revisar cómo está tomando decisiones complejas —en su vida, su familia o su organización— y considera valiosa una conversación estratégica, una conferencia o una masterclass, puede encontrar un espacio para continuarla aquí:

https://t.mtrbio.com/JCMD

Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

Hay problemas que no exigen insistir más.
Exigen descubrir qué estamos dejando fuera de la comprensión.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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