Las mujeres buscamos que sigan siendo, tras la faena, los románticos que nos arrastraron a la cama.
Por: ESTHER BALAC |
1:46 a.m. | 3 de mayo de 2015
Es inevitable que justo después de una faena en la cama, y mientras el silencio va apagando los jadeos, ellos y ellas se pregunten: ¿En qué estará pensando?
Algunos estudios se atreven a especular que, en general, la mente masculina tiende a quedarse en blanco y en un máximo estado de relajación, condicionado por el inexorable orgasmo que en ellos marca el final de esta actividad.
Con ellas no siempre ocurre lo mismo. Con mucha frecuencia son asaltadas por pensamientos que van desde lo más sublime y romántico hasta lo meramente práctico y hasta fuera de contexto.
Algunos curiosos se han dado a la tarea de recoger esos pensamientos, que difieren mucho entre hombres y mujeres.
Mientras dormitan, justo antes de caer vencidos por el sueño, los señores tienden a cuestionar su desempeño sexual, sobre todo si la pareja es nueva y les interesa.
“¿Habrá sido suficiente? ¿Le habrá gustado? ¿Será que lo intento de nuevo?” Y hasta ahí la autorreflexión.Se desmadejan con tanta facilidad, que lo romántico se esfuma; no importa qué tanto hayan luchado por lograr ese polvo.
Cumplido el objetivo la pareja pasa a un segundísimo plano; quieren dormir y no moverse, dan la vida porque ella sea tan liberal y autodeterminada que se lance a llamar un taxi solita, buscar las llaves del apartamento e irse sin despedirse y sin ganas de recriminar al otro día por ese final tan lavado. Así de simple.
Si la pareja es estable, el complique se reduce y lo que ocurre se traduce en una escena universalmente conocida: él se da la vuelta y se duerme. Los pensamientos se transforman en nada, en cero.
Las mujeres somos infinitamente más complejas que eso. La mayoría de las veces estamos conscientes de lo que hacemos, enredamos el afecto y esperamos, casi siempre, del otro: una actitud romántica, un piropo, que celebren lo bien que nos vemos, que nos digan que los enloquecemos, y que dejen salir una frase melosa, así sepamos en el fondo que refleja lo que piensa.
Mejor dicho: que sigan siendo, tras la faena, los románticos que nos arrastraron a la cama. Ahí viene el problema.
Como los señores caen en la inconciencia y el mutismo, nos llenamos de preguntas: “¿Qué estará pensando? ¿De verdad le gusto? Si le importo un poquito, ¿por qué le da lo mismo que me vaya en taxi? ¡Él solo quería era puro catre!”.
Ahora: si la pareja es estable, no sólo después del polvo sino durante él la mente femenina divagará entre lo bien o lo mal que la hace sentir él en ese momento, y los problemas más triviales: “Hay que pintar el techo”, “mañana toca pagar la administración”, “esas cortinas son horribles”.
Nadie puede adivinar qué piensa el otro, entonces ¿por qué amargarse? ¿Por qué mejor no hablar antes de? Así ambos se duermen tranquilos después, y felices los dos. ¡Hasta luego!
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO