Tocarlos, acariciarlos, equivale para nosotros a encontrar una puerta abierta a lo demás.
Con mucha frecuencia, las mujeres cuando se miran al espejo acaban preguntándose siempre lo mismo: ¿qué les pasa a los hombres con los senos de las señoras?
Aunque una mujer podría vivir perfectamente sin ellos, la humanidad –y particularmente ellos– no concibe la figura femenina sin este par de redondeces.
Aunque anatómicamente son unas glándulas con la función definida de amamantar, su esencia trasciende esta noble tarea y su solo concepto impacta en los centros más recónditos de la excitación y el placer.
Si bien los estudiosos del tema (que los hay) ligan el gusto principalmente masculino por los senos a la fuerte conexión que desarrollan los bebés con sus mamás durante la lactancia, algunos evolucionistas consideran que inconsciente, pero naturalmente, su cerebro los identifica como un signo de fertilidad y buena salud, sobre todo cuando son generosos...
Algunos van más allá, al punto de creer que el contacto visual o físico con ellos estimula la producción de la hormona oxitocina, relacionada directamente con la excitación, el gusto y el placer.
Hasta aquí los señores tendrían una buena disculpa para clavar sus ojos, como lo hacen, en los escotes... pero dejémonos de bobadas.
No todas sus reacciones frente a los senos (o puchecas, pechugas, lolas y demás, como los llaman en público) se explican tan naturalmente.
Es claro que al encarnar algo prohibido, convertido en algo que se puede ver pero no tocar, acabaron por transformarlos en un elemento erótico, ligado al disfrute, dentro y fuera de la cama.
Basta ver cómo su sola vista entusiasma a los hombres durante el aquello y cómo aseguran que no hay polvo completo si estos no entran en escena.
Tocarlos, acariciarlos, equivale para ellos a encontrar una puerta abierta a lo demás. Mejor dicho, se puede decir sin exagerar que son como la sal: no alimentan, pero sí que le dan sabor a todo.