Desde que mi hijo nació y durante sus 9 años de vida ha sido más pequeño y
delgado que el promedio de las niños de su edad. Es muy deportista y saludable.
Por eso, no podía creer cuando hace poco me dijo: “No quiero comer más porque
estoy gordo y feo”.
Inmediatamente le dije que estaba loco y, como si me hubieran puesto play,
entré en mi sermón sobre el tema de la belleza. Aunque el me lo ha escuchado
mil veces, le tocó una vez más oírme explicarle que la belleza interior es la
importante y que la exterior es efímera. Le enfaticé en que nunca debe sentirse
esclavizado por los estereotipos de perfección de la sociedad ni de sus amigos y
concluí con una pregunta contundente: “Si yo fuera gordo, ¿me dejarías de
querer?”.
Sé que dije lo que un papa “responsable” debería decir, pero confieso que
esta vez ni yo quedé convencido con mis palabras. Me pregunté de dónde saca mi
hijo esta idea de que está gordo, pero, peor aún, de dónde saca que es tan grave
serlo.
Les podría echar la culpa a las revistas de moda, a los concursos de belleza
o a la televisión, pero resulta que me tocó enfrentarme a la dura realidad de
que no hay nadie más “culpable” que yo. El mismo papa que predica sobre la sana
autoestima, la que le dice que los sentimientos y los valores son lo fundamental
en las personas, le ha dado ejemplo, precisamente, de lo opuesto.
Hace poco, mi cuerpo cambió radicalmente y por primera vez me vi pasadito de
kilos. Confieso que jamás me miré en el espejo, y me dije: “Lo importante es tu
personalidad”; “No te afanes, eres un hombre rodeado de amor”; “No importan los
kilos, lo importante es tu inteligencia y buen sentido del humor”. Todos los
posibles mensajes positivos se fueron disminuyendo a medida que los numeritos de
la pesa iban aumentando.
Mi hijo no vio a su papa reírse de sí mismo y decir que el peso no importa.
Al contrario, me vio traumatizado por la cola que no cabía en los jeans, me vio
buscando dietas y acudiendo a mis amigos por una solución fácil e inmediata.
Como a muchos papas, se me olvidó que para enseñarle a mi hijo la importancia
del amor propio y de tener un cuerpo sano, no tengo que andar con una cartelera
diciéndole que el es maravilloso por ser el. Debo darle ejemplo y sentirme
maravilloso por ser yo. No puedo esperar que el se sienta cómodo en su propia
piel si yo no estoy en la mía. No puedo sermonearlo sobre las virtudes de la
belleza interior si yo considero que la mía es inexistente. . Para que mi hijo
de verdad se quiera a el mismo, el que se tiene que preguntar y contestar “¿tú
me seguirías queriendo si estoy gordo?” soy yo.